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Por fin lo dijo el gobierno: “No se puede gastar más”. Sonó al alcohólico que, ya pasado, reconoce que no puede seguir bebiendo. Pero, como en el caso del borracho, vamos a ver si para de gastar.

El gasto público viene subiendo desde hace dos gobiernos, pero se disparó de 2011 a 2012. El último empujón fue el absurdo despilfarro del “espacio fiscal”, maldito concepto que representa los recursos adicionales a generarse porque el Producto Bruto Interno, y automáticamente la recaudación, crecen más que las proyecciones utilizadas al armar el presupuesto nacional.

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Se ha gastado en exceso en un momento en que toda la sabiduría económica recomienda acciones contra cíclicas; ¿para qué acelerar el consumo interno cuando el sector privado avanza bien gracias al viento de cola que viene de afuera? Pero gastar y gastar es como una droga a la que el adicto no se puede resistir.

No consigue el gobierno ni ahorrar ni invertir, lo que la sensatez más básica manda hacer en un momento de bonanza excepcional. En vez de esas acciones lógicas y razonables, el gobierno gasta y gasta y gasta, a golpes de un déficit fiscal que se disparó y de subas de impuestos que nunca alcanzan... y lo peor es que el gasto no se hace cuidando su calidad y sus resultados. Jamás la Educación Publica consiguió estos niveles de recursos, del orden de tres veces lo disponible en la época de Germán Rama. ¿Y los resultados? ¿Alguien se pone de pie para decir que son buenos y hacerse responsable de esas palabras? Nadie. Algo similar pasa con la seguridad pública. Los recursos crecieron enormemente y del mismo modo aumentaron con justicia los sueldos de los policías. ¿Y los resultados? ¿Alguien se pone de pie para decir que son buenos? Nadie.

Tenemos una tasa de homicidios cada 100.000 habitantes al doble que San Pablo. Pero no alcanza. Hay que subir más impuestos para gastar todavía más, no importa cómo, para de esa forma parecer más de izquierda. De la izquierda vieja y equivocada, no de la izquierda moderna y profesional a la Felipe González. Parece que a un núcleo fuerte dentro del gobierno la marcha presente y futura de la economía no les preocupa... parece que las prioridades fueran otras, como castigar económicamente a la clase social odiada y repartir mucha plata allí donde se concentran sus votos, para poder perpetuarse en el poder y atacar al capitalismo “mordiéndolo de a poco”, según expresión bien ilustrativa del presidente.

Un gobierno, especialmente con mayorías parlamentarias como el actual, en realidad puede gastar todo lo que quiere. Pero “no hay almuerzos gratis”, dijera Milton Friedman; ese gasto excesivo trae una factura feroz. Se dispara la inflación que es el impuesto más terrible: Sin aprobación parlamentaria y devastador para los pobres mientras que favorece a los ricos. Esto los economistas lo saben sin una sombra de dudas desde hace varias décadas.

Pero así como el adicto, sabiendo que la droga lo destroza a él y a su familia, no puede detenerse y consume otra vez, así el gobierno no consigue resistir las presiones de quienes claman por aumentar el gasto y subir los impuestos. ¡Qué triste final que nos espera por este camino!

Cuando el gasto se desboca y la inflación aumenta, ya nada alcanza a nadie: los aumentos salariales siempre parecen cortos, la facturación de las empresas siempre llega tarde al salto de los costos, luego viene el freno de la actividad privada, exportadora y turística, el aumento del desempleo, la caída de la recaudación fiscal, el deterioro del balance de los bancos, la pérdida de la confianza... ¿hace falta seguir el relato? Ya sabemos muy bien como termina: mal para todos. Lo que parece no importarle nada a quienes quieren golpear una y otra vez a los ricos, para que sientan dónde esta ahora el poder , aunque luego eso termine perjudicando más a los pobres que dicen defender.
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