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La película comienza con un pequeño montaje de varias imágenes casi en sepia del barrio neoyorquino de Brooklyn. Pero no se trata del Brooklyn contemporáneo sino de un barrio de antaño, de otras épocas, casi inmortal. Del Brooklyn que se mantiene vivo gracias a los tantos cineastas que le han dedicado películas enteras. Entre ellos se encuentran Woody Allen y John Turturro.

El de Allen es el primer rostro que vemos en el filme una vez que los créditos iniciales se terminan y la pantalla pasa de un formato 4:3 a uno de 16:9, como introduciendo al espectador en la época actual.

Allí nos encontramos con un Allen en la piel de Murray, un librero que atraviesa problemas financieros debido al cierre de su antiguo negocio barrial. Entre conversaciones con su viejo amigo Fioravante, un florero y hombres “multiuso” personificado por el actor John Turturro, ambos decidirán que existe un camino poco convencional para remediar el estado financiero de ambos: la prostitución.

Aceptando la sugerencia de su dermatóloga, la doctora Parker (Sharon Stone), quien desea realizar un ménage à trois junto a su amiga (Sofía Vergara) y un desconocido, Murray decidirá aprovechar la oportunidad para presentar a su introvertido amigo Fioravante como un amante pasional, y obtener unos cuántos dólares en el proceso: uno como el gigoló y el otro como proxeneta.

La película, dirigida y escrita por Turturro, da lugar para varias situaciones hilarantes debido a lo estrafalario de su premisa y a los rápidos intercambios entre sus protagonistas masculinos, en los que Allen se queda con gran parte de los mejores remates.

Aunque bien podría tratarse de una obra más en la extensa filmografía de Allen, –comparte cierta aproximación ligera pero a la larga significante a la hora de retratar la complejidad en las relaciones amorosas– Turturro decide ir un paso más allá de la comedia de situaciones para presentar una película en donde se anhela entender el significado del amor entre dos personas, más allá del sexo.

El actor, que aquí se vuelve a probar en un rol detrás de cámaras, construye en 90 minutos un relato que parece más largo de lo que es, pero sin que esto sea una desventaja para le película. Turturro logra avanzar su película sin apuro alguno y con la precaución necesaria para permitir que sus personajes principales atraviesen por un periplo narrativo sin parecer una caricatura. Más allá de la participación de Stone y Vergara como un par de femme fatales, el verdadero matiz sentimental de esta comedia lo da la relación entre Turturro y la actriz francesa Vanessa Paradis, quien aquí caracteriza a una viuda de un rabino de origen jasídico (una rama ortodoxa del judaísmo) que busca un escape de su vida diaria en la comunidad.

Entre la conquista alquilada por el corazón de estas mujeres y los entreveros de la nueva relación de negocios entre los personajes de Turturro y Allen Casi un gigoló es una buena película, que si bien no quedará en el recuerdo como un clásico del séptimo arte, merece al menos una oportunidad.

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