11 de abril de 2011 19:00 hs

Hoy se cumplirían 30 años de la muerte de Elvis… si hubiera muerto, claro. Porque en agosto de 1977, El Rey se hartó de la fama, del dinero y buscó un lugar alejado para pasar el resto de su vida. Pensaba ir a Brasil, pero desistió cuando le dijeron que a Pelé también le decían El Rey. También descartó Argentina, pues resulta imposible olvidar que uno es el más grande, donde todos creen ser los más grandes. El 17 de agosto de 1977, Elvis llegó al Aeropuerto de Carrasco, y se presentó en migraciones con un pasaporte a nombre de Elvis Pérez. Los militares no lo reconocieron. De hecho, ni siquiera lo miraron a la cara cuando lo encapucharon, al sospechar un parentesco entre él y Amodio Pérez. Le dieron una paliza para que confesara y cuando dijo que era norteamericano, le propinaron otra por haberles hecho perder el tiempo. Sin los incisivos superiores y con una renguera que aún ahora lo acompaña, Elvis abandonó la Base Aérea Nº 1 feliz por haber recuperado el anonimato que no gozaba desde su infancia en Tupelo. Había llegado con la idea de trabajar como imitador de sí mismo pero no tuvo éxito; un poco por la ausencia de dentición superior, pero más que nada porque a nadie le interesaba ver imitadores de Elvis. Carlos Goberna le hizo una prueba como guitarrista para su Sonora Borinquen pero no funcionó; según Goberna, porque movía la pelvis como un marica. El verano del 78 lo encontró cargando cachos de banana en el Mercado Modelo. Desgraciadamente, el operario de una grúa que se había pasado de copas, dejó caer sobre El Rey dos toneladas de manzanas, causándole una triple fractura en el antebrazo derecho, que lo llevó a abandonar cualquier esperanza de volver a tocar la guitarra. Pasó a cuidar coches en los alrededores del Hipódromo de Maroñas, donde ayudaba a los conductores a estacionar, moviendo su cuerpo con la misma sensualidad que años atrás había cautivado a las adolescentes. Cuando el hipódromo cerró, El Rey se retiró con la jubilación mínima. Vagó unos meses por las calles hasta que la policía lo detuvo. Por orden judicial, fue recluido en el Hospital Piñeyro del Campo, donde puede ser visto tomando mate con sus compañeros de pabellón al caer el sol. Se le reconoce fácilmente, es un viejito rengo, sin dientes, con un brazo tullido… y unos viejos zapatos de gamuza azul.

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