Quería ser oceanógrafo, pero su novia quedó embarazada y cambiaron los planes. Tenía 21 años y, junto a un socio, desarrolló cerámicas sin horno y salió a ofrecerlas en las escuelas. La empresa creció -se separó del socio-, y hoy en un edificio de Uruguay y Minas alberga la fábrica de materiales como crayolas y plasticina, un local de venta al público, aulas para cursos y el taller en el que Infantozzi se refugia y del que no sale a menos “que se caiga mucho el mundo”. “No soy empresario de vocación, sino por la razón de los hechos. No he tenido más remedio. Me gusta más el trabajo solo o con poca gente. No se trata de hacer pintura, sino manejar a otros para que hagan pinturas. A mí lo que me gusta es ir a la fábrica y cambiar un color o una consistencia”, reconoce.
¿Cómo fueron los inicios?
Fuimos los primeros, era todo importado y no había quien fuera a vender a los colegios. Había algún fabricante nacional pero con productos de mala calidad. Lo preguntamos al cliente lo que precisaba y nos asesoramos con un equipo docente. Éramos como sastres de pintura; hasta que llegó un momento que hubo que estandarizar. Pero hasta hoy en día hacemos trabajos a medida.
Empresario a la fuerza
Luis Infantozzi asegura que para llevar adelante un negocio son necesarias la prudencia, la seriedad, la creatividad y saber que el boca a boca puede jugar en contra