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El stand up debe de ser una de las modalidades más difíciles de la actuación. Sin la protección invisible de la cuarta pared, el comediante se encuentra solo ante la difícil tarea de hacer reír a un público que lo observa a escasos metros de distancia.

Dicho esto, no por ello es imposible pedirle al stand up (y hay sendos ejemplos de ello) que no olvide la finalidad de todo arte que se precie de tal, que es expresar ideas y sentimientos que aporten algo: una reflexión, una conexión mental, una sonrisa.

Pero hay formas y formas de arrancar una carcajada. De eso dejó constancia la primera función de la cuarta temporada del espectáculo Gente como uno, que se presenta los jueves a la hora 22:00 en el Undermovie del Montevideo Shopping, con la conducción de Diego González, la dirección y producción del Club de Comedia y la presencia de tres monologuistas que cambian todas las semanas (son 24 en total).

“Hay una línea muy sutil entre parecer valiente y confiado y parecer atrevido y desconsiderado”, versa una frase de El zen y el arte de la comedia stand up, de Jay Sankey, que es totalmente aplicable al papel que hace Diego González como maestro de ceremonias. Al conductor de Lo sabe o no lo sabe en chancletas se lo ve confiado sobre el escenario, pero no pasan más de unos minutos hasta que el intérprete quiebra el hilo imaginario y pasa a hacer un papel lamentable.

Lamentable es que habiendo tantas cosas con las que hacer humor, González se valga de lo sucedido en Santa Teresa (un asunto que, entre otras cosas, está siendo investigado por la Justicia) y de una sexualización de lo más pueril (¿la señora desea una pajita?, pregunta y se supone que eso es gracioso).

“¿Vieron el video de Santa Teresa? (…) En el video ella no podía hablar porque tiene la boca llena”, afirma. “Fui a Santa Teresa y no entré a los baños, soy un gil”, dice en otro momento de su monólogo, al que tampoco le falta una burla al video íntimo de Chris Namús. Algunos lectores podrán decir que este comentario es políticamente correcto, pero el punto es que resulta preocupante ver al desprecio disfrazado de humor.

Los monologuistas rotativos que se presentaron hacen un trabajo bastante mejor. El primero fue Sebastián González, quien se mostró suelto aunque un tanto forzado en su personaje.

Su show mostró altibajos. Criticable, por ejemplo, fue su chiste xenófobo hacia un peruano, aunque sobre el final el joven mostró su valía con un monólogo hecho a partir de los nombres de marcas de coches.

Le siguió Andrés Notaro, quien fue el que generó menos risas entre los concurrentes, sobre todo por la timidez que proyectaba en el escenario. No obstante, entregó un monólogo que analizaba aspectos con una profundidad mayor, sobre temas como la separación, la juventud y la timidez.

Sin dudas lo mejor de la noche fue la actuación de Laura Falero, la única que demostró verdaderas dotes de interpretación y quien con su monólogo amoroso-sexual se distanció de Diego González y dejó en evidencia la poca necesidad que hay de tratar al público como adolescentes en celo para hacer reír.

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