Willem Dafoe tiene una cara rara. Por lo menos para los estándares del cine de Hollywood. Ojos muy claros, hundidos en una cara con pómulos salientes, boca grande, nariz fina y relativamente pequeña con respecto al conjunto, y (con los años) unas arrugas muy marcadas que van desde los bordes exteriores de las narinas, en dos arcos que forman una especie de rombo con la boca en el centro, y que desaparecen bajo la quijada.
Son esas marcas en la cara las que lo hacen tan particular. A pesar de los múltiples rostros que tuvo que vestir a lo largo de su carrera, esas marcas son una especie de sello, de seña inconfundible para su desempeño.
Nacido en un pequeño pueblo del estado de Wisconsin un día de julio de 1955, Dafoe comenzó actuando en teatro y eventualmente alternando en cine. Así, pasó de estar en giras interminables por ciudades de Europa con su compañía de amigos teatreros, donde también estaba su esposa y su hijo pequeño, a alternar con grandes directores como William Friedkin, en Vivir y morir en Los Ángeles, de 1985. Allí encarnó a un pintor que además era falsificador de dinero.
El papel que hizo saltar a la fama a Dafoe fue su interpretación del sargento Elias en Pelotón, dirigida por Oliver Stone y ganadora del Oscar a Mejor Película de 1986. El personaje corre en la famosa escena en cámara lenta donde sus compañeros están yéndose en helicóptero para volver a casa y recibe una descarga de disparos que lo dejan con los brazos en alto y luego lo tumban para siempre en tierra vietnamita. La guerra en el sudeste asiático lo perseguiría de nuevo en Saigón, zona prohibida, como si la actuación en Pelotón no hubiese sido suficiente.
Después, encarnó al mismísimo Jesús en La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese. Fue un torturado y dubitativo carpintero de Nazaret que en el momento clave de su vida toma una decisión que cambia para siempre la esencia bíblica. Por eso la película fue osada y polémica, y la actuación de Dafoe es digna del mejor recuerdo.
En Misisipi en llamas, de Alan Parker, Jesús ya había quedado atrás y ahora la cara de Dafoe era la de un agente del FBI que en los años de 1960 viaja al sur de Estados Unidos a investigar un asesinato de corte racista. En El cuerpo del delito, Dafoe es un abogado que cae bajo las seducciones de su asesina clienta, nada menos que Madonna. Fue un espía tullido en El paciente inglés, fue el actor de Nosferatu en La sombra del vampiro. Y también el Duende Verde en la (penúltima) saga de El hombre Araña.
En una entrevista a mediados de 1980, Dafoe confesó que todos los personajes vivían dentro de él, como si recurriera a ellos metiendo la mano hasta el fondo de sí mismo y sacara los trajes y las trazas de quienes debe representar.
Su última convocatoria provino del director Abel Ferrara, recordado por aquel policial oscurísimo y complejo protagonizado por Harvey Keitel, Maldito policía. Ferrera puso a Dafoe ante cámaras para que interpretara al director italiano Pier Paolo Pasolini en la biopic que acaba de filmar y que se estrena en el próximo festival de Venecia a fines de agosto.
Según los anuncios de la producción (es un filme ítalo-franco-belga), la acción se centra en los últimos días de la vida de Pasolini, asesinado de manera violenta en noviembre de 1975 en Ostia, un balneario costero cercano a Roma. Las marcas de la cara de Dafoe están ahora bajo unos lentes de armazón gruesa, los que hicieron mítico el rostro de Pasolini.
El asesinato del director todavía está impune, aunque desde hace cuatro décadas circulan varias versiones encontradas. Pasolini era un intelectual muy crítico tanto con el gobernante partido democratacristiano como de la Iglesia Católica y el Partido Comunista. En aquella época de convulsiones cualquiera pudo haberle mandado un par de sicarios.