Enfermitos disfrazados
POR FEDERICO COMESAÑA. Conocíamos el final de la historia. Pero había otro final, uno que J.K. Rowling no alcanzó a escribir jamás y que se nos vino encima junto con tantos años suspendidos en el tiempo
No son niños. Tienen entre diecipoco y veintitantos. Sonríen y en su risa se mezcla la emoción y la ansiedad. Son risas estridentes, de esas que molestan. Visten raro. Camisa blanca, jersey gris. Corbata roja y amarilla. Algunos llevan bufandas de los mismos colores. Todos de túnica negra que les llega a los tobillos. No faltan los gorros en punta ni las escobas de mangos imperfectos. Los miro con las cejas arqueadas. Señalo a una pareja que agita cada uno a un tiempo sus varitas de plástico o de madera y se lanzan improperios que recuerdan al latín. “No los soporto”, susurro al oído de mi amiga. “¿A quiénes?”, me pregunta. “A esos enfermitos disfrazados”.
Son muchos, casi cincuenta. Se hacen notar entre los invitados al preestreno de la última película de Harry Potter, la que pone punto final a la historia. Molestan, por supuesto que molestan. Pero al fin y al cabo, ese mundo es de ellos y no de los hombres de pantalones de jean y camisa sport, ni de las mujeres de rímel y labios pintados. Yo no lo comprendí hasta que las luces bajaron y las voces realmente se encendieron. No fui consciente hasta el momento en que me sorprendí llamando a silencio al desconocido de la fila de atrás, no porque aplaudiera en el momento en que Harry desarma al primer enemigo, no porque abucheara la mezquindad del que no debe ser nombrado, no porque soltara un grito desgarrador cuando el héroe flaquea; sino porque el muy imbécil intentó imponer la calma a ese mar embravecido, el de los enfermitos disfrazados, que entra en ebullición a cada instante, escena tras escena, que exclama y acentúa el vaivén de emociones que permean del relato. ¿Quién fuera capaz de imponer disciplina a esos que sienten como ningún otro una historia que les pertenece por derecho, que los identifica, que luego de 14 años los define como generación? ¿Quién es dueño de decirle basta a esos aplausos que queman las palmas, a esos llantos que rajan el alma, a ese algo que está ahí, que se vive, que se siente, que contagia?
Esa noche grité. Y salí de la sala con las manos adormecidas. No entré disfrazado, pero salí enfermo. Sentí el calor de la bufanda de Gryffindor, roja y amarilla, dormida alrededor de mi cuello. Y la tranquilidad de mi varita de acebo con una pluma de fénix en el núcleo, descansando en el bolsillo izquierdo. No estaba solo, todos enfermamos de golpe. Y era una enfermedad tan linda, tan sana, tan sincera, que nos dejamos ganar sin ofrecer resistencia. Conocíamos el final de la historia. Pero había otro final, uno que J.K. Rowling no alcanzó a escribir jamás y que se nos vino encima junto con tantos años suspendidos en el tiempo. Alguien lloró. Otros simplemente seguimos aplaudiendo. Y el final llegó, y el mundo siguió girando. Mañana, pensé, no habrá lugar para esas capas que cubren los tobillos ni para los sombreros que terminan en punta. Las varitas serán confinadas al oscuro baúl de las memorias enterradas. Y de vuelta a clases, al trabajo, a un mundo sin hechizos que recuerdan al latín.
Pero siempre nos quedará esa noche. El preestreno. El contagio. Ese virus. Esos ojos rojos de 3D y de nostalgias nuevas. Esa mirada de niña de veintitantos, luminosa y desafiante, que me dice sin decirme, “que nunca falten enfermitos disfrazados”.