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"Deberíamos representar la vida no como es ni como debería ser, sino tal cual se nos aparece en los sueños”, dice uno de los intérpretes durante Donka, una carta a Chéjov, pero la frase podría ser extensible para todo el universo de Daniele Finzi Pasca. Porque la compañía del artista suizo que el martes presentó en el Sodre la primera función de su espectáculo en honor al escritor ruso, ofrece no solo un show en el que confluyen diversas artes sino la posibilidad de experimentar la materialización teatral de su universo onírico.

Quienes ya hayan visto otros trabajos de la Compañía Finzi Pasca lo sabrán, especialmente aquellos que asistieron al que sin dudas fue uno de los mejores espectáculos que se presentaron en Montevideo el año pasado: La Verità.

El suizo ideó Donka en 2009 para el Festival Internacional Chéjov de Moscú por el 150º aniversario del nacimiento del autor, show que se presentó en el Teatro Solís en 2010. La obra, que se exhibe hasta el miércoles 23 de julio, presenta algunas modificaciones de su puesta anterior. Se trata de un espectáculo notable, aunque no tan redondo como La Verità (2013), quizá porque Finzi Pasca ha ido evolucionando con los años o porque el surrealismo de Salvador Dalí pareciera ser el marco ideal para el abordaje artístico del suizo.

De todos modos, Donka es una obra bella y disfrutable que, a través de la actuación, la música, las acrobacias y el arte visual, logra crear atmósferas de ensueño, que se graban en la memoria del espectador. En comparación con Corteo, que el suizo creó en 2003 para el Cirque du Soleil y que se presenta hasta el 3 de agosto en Buenos Aires, Donka se siente un show mucho más sutil, poético y fuerte a nivel narrativo.

Ancla en lo actoral

Una advertencia para quienes asistan al Sodre buscando el universo literario de Chéjov, es que a Finzi Pasca le interesó más centrarse en el autor a través de su persona y los detalles de su vida. Es por ello que más allá de algunas referencias a su obra, se hace alusión más a otros aspectos, como su profesión médica, su delicada salud (ya que sufrió de tuberculosis a lo largo de su vida y falleció a los 44 años), su lugar de origen, su familia o sus aficiones. Dos de ellas eran el circo y la pesca, de donde viene el nombre de la obra, ya que “donka” es la palabra rusa con la que se denomina a una campanita que se ata al extremo de una caña de pescar y que sirve para avisarles a los pescadores cuando pica un pez.

A diferencia de La Verità, mucho más acrobática, Donka se ancla ante todo en lo actoral. Es remarcable cómo los ocho actores en escena pasan del canto a la acrobacia y a la actuación, en un idioma que no les pertenece (a excepción del español David Menes, quien volvió a brillar en esta puesta por sus tremendas dotes no sólo acrobáticas sino actorales). Al haber más diálogo y pese al esfuerzo de los intérpretes, que incluso incorporan en sus líneas referencias al universo uruguayo (el Parque Rodó, la mordida de Suárez o el uso de palabras como “terraja”), puede ser un poco disonante acostumbrar el oído a los acentos, pero tampoco es nada que atente contra el espectáculo.

El espíritu del clown está mucho más presente en Donka, con algunos números mejores que otros, varios cercanos a la comedia de golpe y porrazo, como la escena en la que unos médicos tratan de curar a un paciente (el contorsionista Félix Salas) retorciéndole brazos y piernas, o una en la que el truco del chorro de agua que sale de la chaqueta del payaso se replica con gran creatividad. Otra secuencia, en la que los humoristas del equipo, Beatriz Sayad y Rolando Tarquini, se arrastran por el piso mientras una cámara los proyecta en forma vertical creando la ilusión de que realizan acrobacias, fue uno de los trucos que más deleitaron al público.

Pero como en La Verità, lo más disfrutable de Donka, y lo más inolvidable son las imágenes oníricas que recrea, entre las que se destacan los números con los que se cierran el primer y el segundo acto.

En una escena los actores juegan y destrozan trozos de hielo, en la otra la vida y la muerte se debaten en el continuo devenir de una cama y de los cuerpos que suben y bajan de ella. Ambas con la maravillosa música de María Bonzanigo y con un notable trabajo de iluminación, logran una intimidad y una poesía que representa lo mejor del universo de Finzi Pasca.
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