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En tiempos de incertidumbre, la confianza se convierte en el principal activo para una economía. Lo que sucede en el resto del mundo afecta las decisiones de producción e inversión de las empresas locales, como también la avidez de las familias por volcar sus ingresos al consumo. Pero más importante es su percepción sobre el futuro próximo.
Si los empresarios y los consumidores entienden que la tormenta pasará pronto, que no hará destrozos de este lado del mundo y que el país seguirá creciendo, indiferente a las calamidades ajenas; el mercado interno seguirá sostiendo la expansión, cerrarán menos empresas y se perderán menos puestos de trabajo.
Los gobiernos –en particular, las autoridades económicas– deben velar por mantener la confianza. Ningún ministro de Economía o de Haciendas convocará a la prensa para decir que la economía se viene a pique. A ningún presidente del Banco Central se le escuchará decir que la inflación está completamente fuera de control. Aunque todos los modelos económicos así lo indiquen, los principales responsables de la política económica no pueden dejarse caer en el pesimismo. Ese es un lujo que solo los analistas privados pueden darse. El gobierno está obligado a inspirar confianza, más aun en los momentos complicados.
Para ese propósito, es común que se ensayen dos caminos. Uno de ellos es la negación. Decir que la cosa viene bien aunque los indicadores demuestren lo contrario. Oponerse al consenso de los expertos privados. Caer en el optimismo ingenuo. Es el camino menos aconsejable, porque se sostiene sobre un supuesto muy delicado y a la vez peligroso: pensar que aquellos que toman decisiones, ya sea de consumo o inversión, confían ciegamente en el equipo económico e interiorizan sus proyecciones como si fueran las únicas. Por el contrario, el único efecto que consigue es la desacreditación de las autoridades y el retiro de la confianza.
El segundo camino pasa por demostrar al resto de los agentes económicos la comprensión del problema, la correcta ponderación de las amenazas y una respuesta justa e inteligente, acorde con la situación que se atraviesa y con las posibilidades del país. La historia de las crisis económicas en Uruguay está repleta de ejemplos de la primera salida, la más sencilla. De la segunda hay muy pocos. La buena noticia es que la actual administración viene dando muestras de cautela. No quita relevancia a la tormenta que se aproxima desde el norte y ese es un cambio importante incluso respecto al discurso de las autoridades anteriores a fines de 2008. Por el contrario, el gobierno se cubre, prefinancia la deuda y acepta cuanta línea contingente se encuentre al alcance. No estamos “sobreprotegidos”, pero es un alivio saber que las autoridades tienen los ojos bien abiertos.

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