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Yo creía que todo el mundo pensaba en forma de diálogos. Que no había otra forma. Creía que todos hacíamos lo mismo: discutir con algún alter ego los pros y los contras de cada situación, y llegar a una conclusión mediante esa dialéctica. Así lo he hecho yo siempre y pensaba que era una forma de funcionar del ser humano.

Sin embargo, cuando me atreví a comentar ese método, que yo creía universal, un buen amigo me dijo que él no. No pensaba de esa manera. No había diálogo. Su pensamiento tenía una sola voz.

Yo debería haber sospechado que había algo peculiar en mi sistema, ya que cada tanto ese diálogo interior se vuelve audible para quien esté a la distancia adecuada. Vale decir: hablo solo.

Así como los niños necesitan escucharse al leer, para penetrar mejor el significado, yo a veces siento la necesidad de convertir a viva voz los conceptos que me asaltan, y a veces incluso debo levantar la voz para hacerle entender, a ese otro yo, que hablo en serio, que no me voy a dejar avasallar por falacias malintencionadas.

El poeta español Antonio Machado dice en un verso famoso que "quien habla solo espera hablar a Dios un día". No sé qué quiere decir con eso. Yo, en realidad, no hablo solo sino que siempre hay alguien más. A veces somos, como decía Benedetti, "mucho más que dos".

Releo lo anterior y me parece una carta como para ser admitido al consultorio de un psiquiatra que eligiera a sus pacientes de acuerdo a su grado de necesidad. Prefiero pensar que no es para tanto. Mis discusiones internas son todas muy civilizadas, quiero creer, y las conclusiones de esas asambleas no son disparatadas.

Siento gran empatía, además, con las personas que están fuera de mí y hasta me es más fácil que lo común ponerme en sus lugares, interpretar sus intenciones más allá de lo evidente.
Por lo demás, las nuevas tecnologías me han ayudado a pasar inadvertido. Cuando estaba en la redacción del diario y salía a fumar, parecía que estaba hablando por teléfono, como hace tanta gente decente.

En algún momento surgió la necesidad de dedicarme a algo en lo que esa multiplicidad de voces tuviera alguna utilidad. Pensé que el teatro podría ayudarme pero no funcionó. Escribí algún guión para cine pero no fue tan genial como yo esperaba.

En esa busca descubrí el periodismo. En mis mejores momentos he sabido relatar historias humanas de forma breve e intensa, con una gran honestidad para hacer valer ciertos puntos de vista, con total independencia de lo que yo pensara al respecto. Algo que no era la "objetividad" como idea madre, sino una subjetividad comprometida con una verdad particular.

El periodismo tiene la gran ventaja de que es cordura. Se trata de la realidad. Debe ser veraz, claro y relevante. Es una serie de condiciones que impide cualquier intento de sublevación esquizofrénica. He llegado a titular una columna, no sin petulancia, "Un poco de cordura".

Lo que no he intentado es darle rienda suelta a la multiplicidad de voces en un texto. Me encantaría que pudiera suceder. Que los párrafos discutieran entre ellos. Se podría empezar con algo sencillo, del estilo de párrafos pares contra párrafos impares, para después ensayar una gran batalla sinfónica.

No puedo prometer nada, porque no tengo ni idea de cómo hacerlo, pero si me preguntan ahora mismo la idea me atrae: una columna coral, polifónica, una mesa redonda que tratara un tema de actualidad eterna, titulada con alguna pregunta comprometida, del tipo: ¿A dónde vamos?

Temas:

Teatro

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