Desde niños, Fernando (23) y Natalia (21) Machín vieron a su padre trabajar con muchas limitaciones en un proyecto de máquinas expendedoras de preservativos, y tras el fallecimiento de su progenitor decidieron continuarlo adaptando la idea y creando nuevas propuestas.
Los comienzos en 2008 estuvieron marcados por carencias económicas y de infraestructura. Pero una realidad los motivaba: la constatación de que en la región no había mucho desarrollo en el área.
Sin embargo, rápidamente también confirmaron que en Uruguay “emprender es muy difícil”.
El primer logro se dio a principios del 2010, cuando el Ministerio de Salud Pública (MSP) lanzó una licitación por el arrendamiento de máquinas expendedoras de preservativos.
“Fuimos la única empresa que se presentó, porque somos los únicos que hacemos esto en Uruguay”, dijo Fernando Machín.
Siguiendo los pasos de su padre, perfeccionaron la máquina expendedora y lograron plantear a la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) que hubiera máquinas expendedoras en las policlínicas de la Red de Atención Primaria (RAP).
La empresa Boxes arrienda la máquina a las empresas (en el primer caso a ASSE, pero hoy también trabajan con Kimberly Clark e Ipusa y están en tratativas con Armiño), la instala, realiza el mantenimiento y se hace cargo de los actos de vandalismo, del lugar donde va a estar la máquina y de arreglar ese punto de instalación.
En contraparte las empresas pagan un cargo mensual por concepto de publicidad y a la vez Boxes le compra y revende los productos.
Problemas tenemos todos
Cuando se presentaron al MSP, precisaban US$ 8.000 para poder fabricar las máquinas y cubrir la demanda en caso de que se les adjudicara la licitación. “Era evidente que iba a suceder porque no había otros postulantes”, dijo Fernando.
Al ser estudiante de economía en la Universidad de la República y conocero las vicisitudes de pedir préstamos, Fernando acudió a una pequeña financiera, y pidió el apoyo a cambio de la cesión del contrato de licitación del que descontarían el crédito. La respuesta fue afirmativa. Sin embargo, el Ministerio demoró más de un año en adjudicarles la licitación. Cuando volvió a la financiera las reglas del juego ya no eran las mismas.
Las autoridades habían cambiado y le informaron que el crédito no iba a ser viable.
“Me pedían los clásicos requisitos de cualquier banco, como la garantía de propiedad”, explicó Fernando. A sus “veintipocos” y viviendo aún con su madre, no encontraban más opciones.
El plazo puesto por el Ministerio les pisaba los talones. “Increíblemente tenía la idea, el prototipo desarrollado y el cliente que me iba a pagar mes a mes, pero no obtenía el financiamiento de ninguna forma”, se quejó el emprendedor.
Las opciones se reducían y Fernando optó por recurrir a uno de sus profesores de facultad. El docente, del que no quiso revelar el nombre, es director en uno de los bancos más importantes de plaza. El ejecutivo llamó al gerente general de la “pequeña financiera” y logró que recibieran al emprendedor. Gracias a esa intervención pudieron conseguir la financiación. “Es una muestra de la realidad, ¿cuántos más habrá como yo que no tienen la misma suerte? Es una evidencia empírica de cómo está el Uruguay productivo. Estamos jugando en la cancha y vemos que es muy difícil”, sostuvo Fernando.
Hoy los hermanos Machín aseguran orgullosos que están pagando su crédito y que están “al día”. “Nos ganamos una imagen, en el sentido de que si volvemos a necesitar financiamiento, creemos que va a estar”, dijo Natalia.
De abajo pero con clientes
Ahora cuentan con expendedores de preservativos para ASSE en policlínicas de la RAP, en el Ministerio de Salud Pública, y de toallas femeninas, en asociación con Ipusa en shopping centers. “Fue muy difícil entrar en una empresa de toallas femeninas con 20 años de edad, pagué un costo de oportunidad alto. Al principio ni me recibían. Hubo empresas muy grandes que solo me recibieron luego que lograba que la competencia me arrendara una máquina”, explicó Fernando.
El emprendedor se retira de cada nueva reunión de negocios con la impresión de que siempre está “arrancando de abajo”, porque lo miran aún con desconfianza. Pero es optimista y ve un mercado provechoso bajo la modalidad en la que trabajan, ofreciendo un medio de publicidad y un punto de venta exclusivo donde las marcas encuentran a su público objetivo.
Su último proyecto, aún en desarrollo, es la expendedora de yerba de cebadura de 100 gramos con el apoyo de la fundación Julio Ricaldoni dependiente de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República.
Hace un año y medio se presentaron a un llamado de la institución, que otorgaba un subsidio de US$ 2.500, que utilizaron para hacer el dispensador electrónico de yerba que carga unos 50 paquetes, acepta monedas, tiene una pantalla y los precios son reprogramables. “Lo queremos implementar con la marca Armiño”, afirmó Fernando.
Siempre innovando
En carpeta tienen dos proyectos que los entusiasman: por un lado ampliar la propuesta del expendedor de toallas femeninas y protectores diarios, anexándole pañales y una pantalla digital, para colocarlo a modo de prueba inicial en el Aeropuerto Internacional de Carrasco (AIC).
“Las negociaciones están casi cerradas con el AIC y con Kimberly Clark. Allí haríamos una prueba piloto porque pensamos que sería un producto replicable en la región”, explicó Fernando.
Los hermanos aseguraron que es un producto que les han reclamado y que las mismas empresas de toallas femeninas y protectores diarios fabrican pañales; entonces pensaron que sería más sencillo generar allí un ingreso más. “Facturamos por dos conceptos: a la empresa y al usuario de los productos”, comentó Fernando.
El otro proyecto es el de llevar sus máquinas al sistema de celulares. “Hoy en día hay una tendencia a la convergencia de las transacciones electrónicas. Cada vez se utiliza menos el papel moneda y cada vez más la tarjeta de crédito o el celular”, apuntó.
Presentaron un proyecto a la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, que en una primera instancia no consiguió apoyo. Posibilitaría acceder a los productos de la expendedora mediante un mensaje SMS. De esa forma podrían vender cualquier producto y no solo aquellos cuyo valor va de $ 0 a $ 15, reducir los actos de vandalismo y exportarlas más fácilmente.