Trabajó durante 10 años en empresas multinacionales. Sin embargo, y pese a la relación de dependencia, el uruguayo Guillermo Casarotti (51)siempre se sintió un emprendedor dentro de esas compañías.
Trabajó durante 10 años en empresas multinacionales. Sin embargo, y pese a la relación de dependencia, el uruguayo Guillermo Casarotti (51)siempre se sintió un emprendedor dentro de esas compañías.
Aunque se encontraba feliz en su situación, su padre -fundador de la empresa constructora Casarotti- le reclamaba que montara su propio negocio, pero él siempre contestaba que no quería un emprendimiento como cualquier otro, sino innovar desarrollando un producto clásico. Ese desafío lo encontró con el té.
En 2003 fundó Inti Zen, una línea de té que conjuga cosechas de India, Japón y Sri Lanka, con sabores y aromas de Latinoamérica como pétalos del sur de la Patagonia, el dulce de leche o los frutos tropicales de Brasil.
Desde el comienzo, Casarotti quiso romper esquemas y buscó que los tés fueran exóticos, que el packaging no fuera rectangular, sino cuadrado, que el perfume incitara y los colores y el diseño tuvieran una impronta latinoamericana. “Le di el lugar a toda la experiencia que adquirí con mis trabajos de marketing y a mi esencia emprendedora. Jugué con esas dos cosas: emprender algo pero dándome mucho espacio creativo”, reflexionó.
La empresa está instalada en Buenos Aires, donde eligió vivir con su familia. Para Casarotti se trata de un mercado grande y que hace 10 años ya estaba integrado a la cultura gourmet. Por ello lo consideró un excelente lugar para desarrollar Inti Zen. Sin embargo, Casarotti se manifestó sorprendido con lo que está pasando actualmente en Uruguay, donde la comida gourmet está creciendo de forma exponencial y la población comenzó a preocuparse por la buena alimentación.
“Nuestra propuesta es justamente aportar algo rico y saludable”, señaló.
Hoy, Inti Zen está presente en 20 países. Además, acaba de entrar a 100 establecimientos del mercado estadounidense y Casarotti espera el año que viene llegar a 300. “Lo que está pasando con la marca está muy bueno, porque estamos entrando en importantes mercados donde hay una gran competencia”, explicó.
Buen viaje
Casarotii pertenece a una de las primeras generaciones de la carrera Ingeniería de sistemas. Se volcó a ese área porque en el momento se trataba de algo innovador. Gracias a sus estudios trabajó para empresas como IBM o el centro de procesamiento de datos que tenía el Ministerio de Trabajo, además de desempeñarse en otros centros de informática.
Luego de viajar como mochilero por las islas griegas, conoció a una chica francesa -Anne-Sophie Coisne- que es actualmente su esposa y con quien se fue a vivir en ese entonces a París.
Allí, recordó Casarotti, comenzó a tomar contacto con el mundo del marketing y se decidió en 1992 a realizar un master en administración de empresas en la universidad estadounidense Cornell.
“Me dio la oportunidad de abrir la cabeza, de hacer cosas diferentes y de tener contacto con CEOs de grandes empresas”, indicó.
Gracias a ese master, empezó a trabajar en el área de marketing de diferentes empresas: Kraf Foods, Burger King, Frito Lay y por último Montesanto en Argentina.
“En cualquiera de ellas trabajaba como si fuera mi empresa, daba el 200% y por eso era muy apreciado”, aseguró.
Luego de ocho años experimentando con el marketing, y aunque no había pensado en salir de Montesanto, Casarotti empezó a aburrirse. Como buen emprendedor, estaba mirando otras oportunidades de forma inconsciente, recordó Casarotti.
“A mí me encanta lo innovador, lo creativo y lo diferente y me gusta crear el ambiente en el que me siento bien. Dentro de las multinacionales lo hacía y cuando ya no tenía ese ambiente no me gustaba más”, manifestó.
Junto con la crisis de 2002, estaba atravesando su propia crisis de los 40 y un cambio de filosofía en un mundo que se volvía más sensible a lo gourmet, cuando ojeando una revista de gastronomía le surgió la idea de Inti Zen. Leyó una nota sobre Inés Bertón, una argentina que vivía en Estados Unidos y que hacía “unos tés maravillosos”.
Una semana más tarde estaba tratando de reunirse con Bertón con un “proyecto pensado”. Casi como jugando comenzó a trabajar su idea y a los dos meses se encontró renunciando a su trabajo.
Al comienzo Casarotti esperaba que Bertón se convirtiera en su socia, pero ella no tenía interés, porque desarrolla una marca propia bajo el nombre Tealosophy. Sin embargo, la argentina sí aceptó realizar las mezclas (blends) para Inti Zen.
Con una buena aliada y seguro que el proyecto iba a funcionar se lanzó de lleno a la aventura. “El té estaba moviéndose a nivel mundial; había un 20% de crecimiento del té gourmet en el mundo y no había en Latinoamérica un té que representara todo eso”, señaló.
Destacó además el papel del núcleo familiar a la hora de emprender. “En ese momento tenía tres chicos. Siempre sostengo la importancia de que la familia esté en el mismo juego que uno, porque es un camino difícil y necesitás ese soporte”, explicó.
Estacionar el problema
En el camino, confesó Casarotti, comenzó a visualizar que no todo era sencillo: surgieron las dificultades de las certificaciones y los cuidados del packaging especial para té, entre otras tantas cosas.
“Las piezas del rompecabezas eran todas de distintos tamaños y no coincidían. Llegué a un momento en que dije basta y me alejé un poco del proyecto”, recordó.
Viajó a un monasterio en el sur de Buenos Aires y a los cuatro días decidió volver porque “las fichas comenzaron a ordenarse”. “A veces los emprendedores tenemos una piedra en el camino y la vemos como una montaña. Solo es cuestión de alejarse un poco y dejar estacionar el problema”, analizó.
Lo que sucede en general, explicó Casarotti, es que las personas suelen estar acostumbradas a cierta dependencia: cuando una computadora no funciona se llama a un técnico y cuando la lamparita se quema la cambia otro. Pero el emprendedor, aclaró, tiene que hacer todo solo.
“Muchas veces tenía que poner mi mejor cara para negociar un contrato con una cadena y después tenía que ir a cambiar las bombitas quemadas parado arriba de una mesa. Hasta el día de hoy lo hago y comenzás a tomarle el gusto”, dijo.
Un jefe activo
El trabajo de la expansión país por país aún lo realiza el mismo Casarotti. “Uno cree que cuando tiene una marca se la da a un vendedor para entrar en otro país y ya está”, dijo. Pero su experiencia fue diferente. “Como emprendedor tenés que tener las manos en la masa”, explicó.
Para ingresar a San Pablo, recordó Casarotti, contrató un vendedor de té local. Al tercer mes de trabajo no había logrado entrar en ningún lugar. Entonces decidió tomar un avión y pidió que le mostraran todos los locales que se habían trabajado.
“El primero era un espeto corrido de té y me decían que era el lugar donde se vendía más en Brasil. Pero definitivamente no era el lugar para mi marca”, reveló.
Luego de ver otros lugares, se fue a una librería donde pasó mirando por horas revistas de todo tipo. “Absorbí la movida del lugar, quienes eran los líderes de opinión, cuáles eran los lugares de moda, quienes estaban dispuestos a jugarse por algo que estaba bueno”, explicó.
Hizo un listado de lugares y los visitó. El primer restaurante de la lista era del chef más reconocido del momento, Alex Atala, que tenía el restaurante D.O.M. Se presentó con el chef y consiguió que sirviera sus tés esa misma noche.
El sí de Atala fue una puerta de entrada importante para la marca en Brasil: ese mismo día logró ingresar en cinco establecimientos.
Algo más grande
El comienzo del emprendimiento lo encaró junto a su esposa y dos empleados de medio tiempo. Media hora de trabajo en la planta de Pilar en Buenos Aires, eran suficientes para producir lo necesario para toda una semana.
En 10 años logró sumar ocho personas a su empresa, que con dos máquinas no daba abasto para toda la demanda, explicó Casarotti. Actualmente aspira a crecer de forma “orgánica” y no acelerada.
También persiguió romper esquemas en la gestión y por ello desde el principio aspiró al trabajo responsable con conciencia ecológica y social. Hace poco menos de un año Inti Zen cuenta con una certificación B Corp, que reconoce a empresas que desde los estatutos se comprometen a tener un equilibrio entre lo económico, lo social y lo ambiental.
“Los emprendedores tenemos el motor para emprender algo más grande y no simplemente abocarnos a ganar dinero para ser los más ricos del cementerio”, reflexionó Casarotti.
Agregó que como empleadores deben apostar a generar trabajos dignos y a hacer algo positivo por la sociedad. “A veces nos va a costar esculpir una piedra más que otra pero estamos construyendo algo más grande”, remató.
Intizen ha estado sacando al mercado entre dos y tres blends cada dos años. Ahora se encuentra diseñando nuevos sabores y estudiando hacer tés ahumados con maderas latinoamericanas.
Su proyección es seguir creciendo, en sabores, pero también en segmentos de mercado. Para eso buscará explorar los regalos empresariales. “Está muy de moda regalar vinos y nosotros queremos que regalen té. Podemos crear blends propios, que tengan que ver con las marcas que nos contratan. Estamos explorando diferentes segmentos y nos divertimos mientras lo hacemos”, festejó.