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Quizá parezca que no es ni la semana ni la estación más lógica para hacer este comentario. Justamente por eso quiero hacerlo ahora: falta agua. El temporal de esta semana y la abundancia de lluvias en esta primavera no deberían oscurecer nuestra comprensión sobre este importante fenómeno, que mucho tiene que ver con la producción agropecuaria del futuro y por lo tanto con el bienestar de la nación en su camino al desarrollo.

La tierra fértil y el agua dulce son factores escasos en el mundo y esta condición se agudiza día a día con el aumento de la población mundial. Los famosos 9 mil millones de mediados de siglo precisarán su porción de tierra para generar alimentos y su cuota de agua para decenas de usos.

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La escasez de tierra fértil es fácil de comprobar aun en un país pródigo como el nuestro (5 hectáreas por persona, uno de los valores más altos del mundo). El modo simple de verificar esta escasez es analizar la evolución del precio de la misma (compra, arrendamiento): el MGAP divulgó en estos días estadísticas que muestran una vez más el aumento del precio de las transacciones con tierra (7% en el primer semestre 2012, respecto a igual período de 2011). Los actuales US$ 3.500/ha de promedio multiplican por siete los US$ 500/ha de una década atrás.

Cuando un bien se transa en el mercado es fácil percibir que una oferta fija combinada con un incremento de la demanda producirá una fuerte presión al alza. El problema con el agua es que en algunos casos no se puede comprar la propiedad y que no siempre tiene un precio de arrendamiento (más bien es la excepción, en algunos cultivos). En el mundo solo el 1,5% del total de agua es dulce y de esta solo la mitad está disponible en ríos, arroyos o acuíferos (el resto está en los glaciares). Nuestro país tiene una posición privilegiada con sus 1.200-1.300 mm de precipitaciones anuales, lo que da el increíble registro potencial de 150 m3 por persona por día si todo ese volumen se capturara. Cuando exportamos nuestros productos agropecuarios cada kilo vegetal o animal llevan “embebidos” los miles de litros que costó producirlos. La biotecnología ha realizado progresos pero aún no ha logrado independizar significativamente la producción de masa verde de cantidades importantes de agua. El sediento cloroplasto no es un austero microchip y el agua sigue siendo un medio fantástico para el transporte de sustancias. Sin mencionar el rol clave que juega en mantener la inocuidad de los alimentos en el proceso industrial: un frigorífico de porte en Uruguay demanda cerca de 3 millones de litros de agua por día para realizar sus operaciones correctamente.

Mi viaje la semana pasada a México (Foro Global Agroalimentario, Chihuahua 2012) no hizo más que reafirmar la idea que expresé en esta misma columna en abril de 2006, con la sequía australiana aún en mis retinas. Todo el partido ahora se juega en el buen uso del agua. Cómo almacenarla, cómo conducirla, cómo extraerla, cómo ser eficientes en su uso. Alguno de los expertos internacionales en el Foro de México planteó inclusive la necesidad de cobrar un canon generalizado (bajo) por el uso de este recurso para acelerar la toma de conciencia de la escasez mundial. En su visión esto propiciaría la incorporación plena del agua como un insumo más en la función de producción (algo que no hacemos cabalmente).

Naturalmente la “revolución del agua” debe ser en todo el país, urbano y rural. En lo urbano es absurdo que potabilicemos agua para luego lavar un auto o una vereda o que utilicemos obsoletos sistemas de saneamiento que despilfarran este oro líquido. En lo rural, hay que acelerar el ritmo de obras para tener la máxima cobertura económicamente viable para la producción agropecuaria. Esto funcionará como un seguro y le dará a la producción nacional la sustentabilidad en el tiempo tan reclamada. Como ahora los alimentos valen lo que antes parecía utópico (cobertura amplia de riego) comienza a estar un poco más cerca. Quizás el abaratamiento de la energía le daría el espaldarazo final a esta visión, sea por hallazgo de petróleo nacional o por alguna otra fuente energética alternativa de bajo costo.

En reciente visita a un frigorífico nacional me alegró ver el sistema de tratamiento natural de los efluentes, buscando devolver a los cursos subsuperficiales un producto inocuo (filtrado con ciertos sistemas vegetales). La aparente abundancia del recurso no debe distraernos de la visión estratégica de largo plazo: esta batalla se gana con cantidad y calidad de agua. Precisamos más ingenieros hidráulicos, más especialistas en tratamientos inteligentes de efluentes, agrónomos más sutiles en el cálculo y buen uso del recurso, más tecnología nacional y extranjera de riego de precisión.

La necesidad nos ha llevado a desarrollar el ingenio y hacer de amenazas, oportunidades. Así lo hicimos con la trazabilidad, por ejemplo. Aquí también debemos adelantarnos a los tiempos que se vienen.
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