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A juzgar por el entusiasmo de la crítica y el público que asistió en EEUU al preestreno de Posesión infernal, de Federico Álvarez, el cineasta uruguayo parece haber sacado algunas cosas en claro sobre qué hacer y qué no en estos tiempos de secuelas, precuelas y remakes. Uno: apelar a la esencia de aquello que lo sacudió de The evil dead, la cinta de Sam Raimi en la que se basa su filme, cuando la vio con 12 años. Dos: dejar de lado los efectos especiales y darle a su remake ese efecto real y artesanal del largometraje original. El que no parece haber llegado a tal conclusión, sin embargo, es el propio Sam Raimi, quien con su precuela de El mago de Oz, priorizó la forma a la sustancia, tanto en lo argumental como en lo visual.

Oz, un mundo de fantasía, el último producto de los estudios Disney, representa un viaje hacia los orígenes del prestidigitador que apareciera en la película protagonizada por Judy Garland de 1939. La cinta se basa en los libros de Lyman Frank Baum, quien escribió 13 secuelas al libro El maravilloso mago de Oz, pero nunca elaboró una precuela de su obra cumbre, publicada en 1900.

Oscar Diggs (James Franco) interpreta a un mago de circo mediocre y mujeriego en Kansas de principios de siglo, quien tratando de huir de la pareja de una de sus amantes se sube a un globo aerostático en el momento en que se acerca un tornado y termina en la tierra de Oz. Allí se entera de que existe una profecía sobre la llegada de un mago que liberará a aquel lugar de una bruja malvada. En el camino, Diggs (a quien casualmente apodan Oz) conoce a tres bellas hechiceras: Theodora (Mila Kunis), Evanora (Rachel Weisz) y Glinda (Michelle Williams), y tendrá que descubrir quién es la mala, al tiempo que ellas desconfiarán de que él sea quien la profecía anuncia.

La película comienza bien, narrando la historia de Diggs en Kansas en color sepia y este homenaje –pese a que James Franco no termina de convencer desde las primeras escenas– despierta la esperanza de que cuando se produzca la entrada del color la tierra más allá del arco iris recreada por Raimi tenga algo del encanto del mítico filme.

Pero la emoción dura poco. La versión computarizada de aquel paraje voluptuoso y extravagante no nos sumerge en un mundo de fantasía sino en uno más de los decorados digitales marca Disney. Hubiera sido preferible recurrir a la majestuosidad de la naturaleza misma e introducir algunos agregados que la hicieran aun más maravillosa. Incluso hubiera sido un ejercicio de estilo más interesante construir una versión de estudio, como en El mago de Oz, pese al riesgo de resultar kitsch.

Pero nada de esto sucede, y la apuesta digital no solo es para los decorados sino para dos de los compañeros de viaje del mago interpretado por Franco: una muñeca de porcelana y un mono volador. Es cierto que ambos están magistralmente creados (especialmente la primera) pero no tienen nada que hacer frente al despliegue actoral y emocional del espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde en el filme de 1939.

La película tiene momentos disfrutables, especialmente para aquellos que tengan fresco el recuerdo El mago de Oz, pero frente a algunas conexiones con el filme original que se resuelven con gracia, la gran mayoría discurren por un carril previsible. Otros elementos claves quedan irresolutos, como el origen de los zapatos rojos o el nexo entre fantasía y realidad, quizá porque vayan a ser material de la secuela de la precuela que Disney ya tiene pensado preparar, como si pudiera darse el lujo de dosificar sorpresas.

Por alguna incomprensible razón, los números musicales tampoco tienen lugar en el filme,
salvo en una escena en la que los munchkins comienzan a cantar y bailar hasta que Diggs los hace detenerse.

Si la justificación de la escasez de imaginación de esta cinta es que está dirigida a un público infantil, entonces también habrá que cuestionar qué clase de mensaje se supone que transmite. Porque mientras El mago de Oz ahondaba en los miedos y deseos de la infancia, en Oz, un mundo de fantasía, la moraleja parece un tanto despreciable. El personaje de Franco lejos está de aprender algo en el camino, sigue siendo tan ambicioso, mujeriego y descarado como siempre y logra todo lo que se propone en base a la mentira.

Como le sucedió a Tim Burton con su Alicia en el país de las maravillas, también de Disney,
Raimi parece olvidar que lo que hace una historia perdurable en el tiempo no es la calidad digital del universo artificial que recrea. Si El mago de Oz aún está vigente no es por sus innovaciones técnicas, que pudieron revolucionar el cine de fines de la década de 1930 pero de las cuales en la actualidad se está a años luz. Por el contrario, si el filme de Victor Fleming pervive es porque su mensaje aún nos dice que la respuesta no se halla en el camino de baldosas amarillas, sino que el corazón, la inteligencia, el coraje y la libertad necesarios para recorrer la vida reside en nosotros mismos.
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