16 de abril de 2026 5:00 hs

La gente, es sabido, tiene sueños. Más o menos mundanos, más o menos serios, más o menos realizables. Guillermo Vitale Rodríguez tenía claro el suyo desde niño. Uno que implicaba dar la vuelta al mundo, superar una barrera de idioma, distancia y origen: dedicarse al manga japonés.

A sus 25 años, este historietista uruguayo lo logró. El pasado 10 de abril comenzó a publicarse en Japón su serie Go Fun no AceAs de cinco minutos—, a través de la revista digital Manga Zegra, el formato predilecto para la lectura de este formato de un tiempo a esta parte en aquel país, dejando atrás las voluminosas revistas de papel anteriores. Actualmente la serie del uruguayo es la más leída de la revista.

Un hito con bastante mérito: no solo la industria del manga en Japón es hipercompetitiva y sacrificada, sino que además es bastante complejo para un extranjero entrar en ella. Pero el autor uruguayo dice que esto no es la meta, sino apenas el punto de partida. Que su serie haya empezado a publicarse es un logro, por supuesto, pero no garantiza su futuro en este mundo.

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A diferencia del cómic occidental, donde predominan las historias de superhéroes, terror o ciencia ficción, en el manga hay además de todo eso, historias sobre prácticamente lo que se ocurra. Historias cotidianas, romance, ficción histórica, policiales, comedias y sagas de deporte.

Go Fun no Ace es, de hecho, un manga de vóley, deporte que su autor practica. Como tantas historias deportivas japonesas, se ambienta en el esquema de las competencias inter-liceales, y está protagonizado por un jugador tremendamente habilidoso, que por un problema médico solo puede jugar cinco minutos y nada más.

En la portada del número de la revista donde debutó la serie, su protagonista aparece mirando de frente al lector. La camiseta de su equipo es de un azul casi celeste. Su mano derecha está extendida y muestra los cinco dedos. ¿Un guiño a la tapa de Cuando Juega Uruguay de Jaime Roos?

Vitale, que firma sus mangas como Gin, responde a El Observador desde Tokio: “Jaime Roos me gusta mucho, y es el artista favorito de mi padre. Seguro se me coló esa imagen en el inconsciente cuando estaba dibujando. Y me encanta si se interpreta así, como un guiño uruguayo”.

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¿Pero cómo llega un uruguayo a publicar manga en Japón? ¿Cómo es el proceso para desde el otro lado del mundo meterse en ese universo?

La culpa es de Naruto

Los mangas suelen publicarse en revistas que compilan varias series, y luego se reúnen en ‘tomos’, libros que abarcan un puñado de capítulos en una edición más cuidada. El vínculo de Vitale con este mundo comenzó en la infancia, frente al televisor.

“A los 8 años estaba fascinado con animés como Naruto y Dragon Ball, los clásicos de ese momento. Yo no entendía que eran manga y animé, yo miraba y me gustaba. Pero mi viejo, viendo que me gustaba mucho sobre todo Naruto, me compró el primer tomo del manga”, dice.

Vitale estira la mano y muestra el ejemplar en la pantalla. “Lo tengo conmigo, me lo traje a Japón para que me acompañe”, cuenta. “Ahí entendí que las animaciones que miraba eran casi siempre adaptaciones de cómics, de mangas. Y ahí sentí que, si tanto me gustaba, me quería dedicar a esto y poder escribir un manga como Naruto algún día”.

Inspirado por esas referencias —Gin cuenta entre sus otros mangas predilectos a One Piece y los deportivos Slam Dunk (sobre básquetbol), Blue Lock (sobre fútbol) y Haikyuu! (sobre vóleibol), y la saga de samuráis Vagabond, del mismo autor que Slam Dunk— el todavía niño empezó a dibujar, imitando a otros mangas y creando historias breves.

Ya en la adolescencia, convencido de que era un camino a seguir, sus padres empezaron a investigar cómo podía formarse para convertirse en mangaka (como se llaman los autores de estas obras en japonés). Mientras que en Japón hay escuelas y universidades especializadas, en Uruguay no hay nada tan específico.

Lo primero entonces fue un curso online de manga con una dibujante y pintora colombiana, Liz Mogollón, y a los 14 empezó a estudiar japonés, entendiendo que era una herramienta básica si su futuro estaba entre las tintas, los cuadritos y las plumas. Y siempre practicando dibujo, por aquello de que la práctica hace al maestro.

Ya para los 17, al momento de terminar el liceo, llegó la pregunta de qué hacer con su vida que cualquier adolescente se hace en ese momento. Más allá de su sueño de mangaka, Vitale tenía que decidir si se ponía a estudiar o trabajar. La respuesta para mantener el contacto con su proyecto de vida fue estudiar Bellas Artes.

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La facultad fue un golpe de realidad tremendo y creo que muy necesario. Porque me di cuenta que todo el mundo en la clase dibujaba mejor que yo. Tenía un nivel muy bajo comparado con otros alumnos. Fue un punto de inflexión en mi vida, de darme cuenta de lo lejos que estaba, gente que también apuntaba a ser artista, que también le gustaba y dibujaba manga. Vos en la vida no tenés coronita, no va a pasar nada si vos no te movés”, dice ahora.

La facultad se sumó a la formación tomada en cursos y talleres con autores locales de historieta y dibujantes como Nicolás Peruzzo, Rodolfo Santullo y Tunda Prada, en cuyo taller sintió otro de esos golpes de realidad al ver todo lo que le "faltaba”. También, a través de la universidad, estudió con el pintor Gabriel Bruzzone. “Todo eso me sirvió muchísimo porque yo estaba muy cerrado en el manga, me abrió mucho la cabeza”.

A los 19, Gin empezó a crear sus primeros mangas de extensión “profesional”, lo que se conoce como one-shots, historias unitarias y autoconclusivas que funcionan como carta de presentación para los artistas o como postulación para concursos para que las editoriales elijan a quienes incorporan formalmente a sus publicaciones seriales.

El dibujante publicó esos one-shots en Manga Plus creators, una plataforma dedicada a publicar y exhibir trabajos de “amateurs” que pertenece a la editorial Shueisha, una de las más poderosas del universo del manga, donde todavía se los puede encontrar. Mientras tanto, y una vez terminada la facultad, el plan pasó a ser seguir estudiando en Japón y probar suerte como autor en la meca de la disciplina.

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Pasar de nivel

Guillermo Vitale apuntaba a recibir una beca que otorga la embajada japonesa en Uruguay con la intención de ir a estudiar a una escuela especializada en el archipiélago asiático. El obstáculo era su nivel de japonés: tenía el nivel N5 y necesitaba el N2 para que le dieran la beca.

Durante tres años dio cada uno de los exámenes para avanzar de nivel, mientras se postulaba cada año a la beca, con el agregado además de un límite de tiempo biológico, porque una vez cumplidos los 24 años, ya no podía recibir el premio.

“Nunca fui estudioso, tampoco con los idiomas. Pero bueno, tenía esa meta, cambié el chip”, reconoce. “Pero no gané la beca. Ni siquiera pasé a la entrevista. Fue otro golpe de realidad”.

Con los planes desbaratados, fue su madre la que encontró una alternativa a través del proyecto Global Tokiwasu de la empresa Deow Japan, una compañía dedicada a gestionar residencias de trabajo para extranjeros en Japón. A través de ese plan, Vitale se mudó a Tokio para compartir una residencia con otros artistas foráneos, entrar en contacto con editoriales y seguir formándose con profesionales de la industria.

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Al día siguiente de llegar a Japón, el uruguayo fue llevado a la Comitia, una convención masiva donde los aspirantes a mangaka llevan sus trabajos y se presentan ante las editoriales para publicar sus trabajos.

Para un extranjero lo más difícil es el intercambio con los editores. Está la barrera del idioma, la barrera cultural. Y en la convención lo primero fue un rechazo fuertísimo de los editores. Esos días leen casi que 500 mangas por día, incluso de autores que ya estuvieron en una editorial y ahora buscan otra serialización en una revista. La barra es altísima, no los sorprendés con nada, salvo que tengas un talento enorme”, detalla Gin.

La respuesta del uruguayo fue seguir trabajando, estudiando, tomando cursos, refrescando las ideas de lo aprendido en Uruguay. La respuesta fue seguir creando nuevas historias. Con una de esas novedades se abrió la primera rendija en la puerta de la industria. “Al presentar ese one-shot, un editor me dio su tarjeta. Eso es importantísimo, si un editor te da la tarjeta quiere decir que le interesás como artista. Encima era un editor muy bueno, de un manga bastante famoso que se llama Red Blue, un manga de artes marciales mixtas. Intercambiamos mensajes, y en un momento me dijo ‘para trabajar contigo necesito que ganes un concurso’”.

El pedido del editor no fue inocente. Los concursos son parte esencial de la industria del manga y de los protocolos de ese rubro para abrir puertas a nuevos autores. Si uno no gana premios (no importa si es un primer puesto o uno inferior), no se le va a asignar un editor y por lo tanto, no va a poder publicar.

Y el premio vino, nomás. Gin fue uno de los elegidos en el concurso de nuevos talentos de la revista Sunday Webry (una de las revistas de otra de las editoriales grandes de Japón, Shogakukan) con Go Fun no ace. Y con el premio llegaron las ofertas de serialización.

Si bien ya estaba el contacto con el editor de Shogakukan que le había pedido premios, lo cierto es que para seguir avanzando por ese camino el requisito eran más premios, seguir construyendo reputación.

“Tienen muchos autores, algunos que ya son bastante buenos y han ganado muchos premios, que todavía no publican porque están esperando a que algún manga termine o que algún editor trabaje con ellos. Esa es la forma en la que se manejan. Porque hay tantos mangakas, tantos aspirantes, que las empresas grandes están saturadas de artistas”, explica el uruguayo, que fue contactado por Manga Zegra para empezar a publicar como serie su historia de voleyball en una revista nueva, Zerise.

Luego, incluso, llegó una tercera propuesta de otra editorial gigante, Kodansha, a través de otro concurso, que no ganó, pero igualmente le valió una rica devolución de parte de un editor, que le abrió las puertas a seguir trabajando juntos.

Mientras pensaba qué camino seguir, el artista uruguayo trabajó como asistente para una autora japonesa en un manga de fantasía, antes de volver a Uruguay por un tiempo.

El sueño del manga propio

Un año después, Vitale volvió a Japón. Se reunió con los editores y terminó eligiendo trabajar con Shiratori-san en Zerise. El siguiente paso era lograr la aprobación del 90% de los responsables de la revista para que su historia pase a integrar su plantel de mangas.

Para eso se necesita presentar el storyboard (una versión preliminar, sin entintar) de los tres primeros capítulos de la historia. El primero tiene que ser prácticamente perfecto. Tan así que es muy difícil ser aceptado de entrada, y eso fue lo que le pasó a Gin.

“Me faltó un 5% más o menos. Me dieron un feedback muy detallado, y entre eso y que me faltó muy poco, me motivé muchísimo, ajustamos lo que pidieron, corregimos cosas, y lo mandamos de nuevo. Faltaban dos semanas para que me tuviera que volver a Uruguay, salvo que me aceptaran, y ahí me podía quedar”, comenta el autor. “Si me volvía se iba a complicar, porque a la distancia la relación lógicamente se enfría. Así que estaba con esa expectativa, y un día mientras estaba en una cafetería con una amiga me llama mi editor para decirme que me habían aceptado. Llamé a mis padres, todos llorando, un despelote”.

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Y así llegó un manga firmado por un uruguayo a editarse en Japón. El gusto por el vóley, sumado a un interés por los personajes “muy fuertes pero que solo pueden hacerlo durante un tiempo, como Ben 10, Ultraman, el personaje de Jun Misugi en Captain Tsubasa (Supercampeones)” fue el germen de esta historia.

Los capítulos son mensuales, aunque se publican de forma fraccionada durante tres semanas, los viernes. Los desafíos ahora para el autor son mantener el gancho en la audiencia para que vuelva mes a mes, y cumplir con las estrictas e inamovibles fechas de entrega de todo el material que tiene que presentar cada semana: guiones, storyboards, páginas terminadas, planes de cómo seguirá y terminará la historia, fichas de personajes, ilustraciones especiales, correcciones de lo ya enviado.

Mientras se acomoda a ese ritmo de trabajo, el mangaka uruguayo explica que escribe en japonés y luego sus editores lo ayudan a pulir los diálogos, para que suenen más naturales y tengan los detalles adecuados según la región de origen, la edad y la personalidad de cada personaje. Uno de los detalles particulares de ser un autor extranjero en un país que no se lo hizo sentir en ningún momento, pero en el que venir de afuera pesa.

“La mayoría de los editores no hablan ningún idioma que no sea japonés. Entonces, primero que nada, si uno no sabe japonés es muy complicado. Y además, aunque entienda japonés, aunque hable japonés, a muchos editores no les interesa trabajar con extranjeros porque consideran que eso ya de por si genera complicaciones innecesarias”, explica. “Ellos se guían mucho por la eficiencia, y si tienen a un mangaka extranjero que es buenísimo pero a otro igual de bueno japonés, lo van a elegir a él, no porque crean que el extranjero es menos, o por racismo, ni nada por el estilo, sino porque es más práctico”.

Y agrega: “Hay editores que no les gustan los extranjeros, y otros que sí, como me pasó a mí. Mi editor me dijo que nuestra comunicación fluye muy bien aunque el japonés no sea mi primer idioma, y los dos tenemos la voluntad de entendernos aunque a veces haya algún malentendido o cosas que con autores japoneses no le pasan. Y él siente que mientras el manga sea interesante, no importa quién lo escriba. Y creo que muchos japoneses lo ven así también”.

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