Hay una regla económica que dice algo así como que hay que transformar tus debilidades en oportunidades o fortalezas. Y no se me ocurre mejor ejemplo que lo que hace la película Kamikaze, que aprovecha su perfil de bajo presupuesto, filmada con lo que sea –cámaras digitales, actores amateurs, casi cero locaciones– para desarrollar la historia del rodaje de una película. Kamikaze es, antes que nada, una película muy inteligente. Que entiende sus claras limitaciones y las aprovecha. Que abraza feliz su condición de cine de clase B, ya sea con su estupendo tráiler que desde hace un par de meses se encuentra en las redes sociales o con su maravilloso poster. Pero por encima de todas las cosas es además honesta: cumple y entrega exactamente aquello que promete. Aquello que el espectador informado ha ido a ver.
Feliz clase B
Kamikaze, de Sebastián Pérez Pérez, es una propuesta tan distinta como original en el cine nacional