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Hay que mirar más en la vida. Así no se puede vivir", dice la anciana, sin frenar, con la cartera aferrada al pecho, un segundo después de que me atropella en la parada del 121. Sigue de largo. Menea la cabeza indignada.

La mujer, de unos 40 años, sonríe. Golpea su frente con el índice y señala que el problema está ahí, en la mente, y que la única solución es alimentarse bien. Le insisto: "El problema es vivir en un país donde los viejos son la mayoría gobernante".

Mi amigo Dogbert Jr. dice que descubrió su vejentud prominente en una fiesta de cumpleaños, cuando saludó con varios qué tal, rechazó la cerveza y el rock, y habló de trabajo con todo aquel que se le acercara. Tras la charla con la señora de la parada, esa revelación temprana parece mejor que la ensalada, por lo menos como prevención de episodios trágicos.

Al otro día, en lugar de una anciana, casi me atropella un auto. Esta vez, conducido por un señor muy viejito. Asumo la casualidad de esta serie de eventos desafortunados, pero no que vengan acompañados de una mezcla de resentimiento y desfachatez gratuitos. La anciana lo dijo, para poder vivir, hay que mirar al costado.

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