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Era martes, pero no era un martes normal. Al menos no para algunos. El Bar Rodó hizo su esperada reapertura luego de 40 días de su cierre tras la denuncia a la Intendencia de Montevideo por ruidos molestos.

Un centenar de personas se acercaron a la esquina de Juan Paullier y Gonzalo Ramírez para brindar por este regreso. Fue una asistencia poco común para un día entre semana, según afirmó a El Observador su encargado, Alain Capobianco. Pero la situación ameritaba esa convocatoria.

En la barra no se paraba de servir tragos ni recibir felicitaciones y palabras de aliento. Varios se quedaban charlando con Capobianco haciendo que las filas de personas sedientas se acumularan. Eran todos conocidos –o no tanto– del local que extrañaban este particular ambiente de bar chapado a la antigua pero tan arraigado en la cultura nocturna del Parque Rodó.

Pero el bar estaba preparado para esta convocatoria. “Lo esperábamos un poco”, afirmó Capobianco. “Porque acá viene mucha gente y, precisamente, extrañaron el bar”.

Esos 40 días, los mismos empleados también extrañaron la rutina de esta esquina. Más aun cuando semana a semana se amagaba la apertura. “Fue un poco raro. Porque no me parecía que fuesen a ser tantos días. Un poco por lo que me decían los dueños. Decían que se estaba arreglando. Todas las semanas era como que se iba a abrir. Pero pasaron las semanas y no teníamos una solución”, afirmó Capobianco.

Adentro sonaban los Ratones Paranoicos. Pero afuera solo sonaban las conversaciones superpuestas una sobre otra. Levantar apenas la voz era inevitable.

Son las conversaciones en la vereda la raíz del problema entre el Rodó y los vecinos. Y para el bar, esta apertura no puede ser llamada una victoria, sino otro intento de lograr una convivencia en el barrio.

Los vecinos se dividieron entre los que veían en el bar una solución a la inseguridad y a los que lo ven como una extrema molestia y una irrupción en sus rutinas. Por eso –al menos por ahora– la apertura del bar fue supeditada a ciertas condiciones.

Se deberá controlar el volumen de las conversaciones, pidiéndoles a los clientes que no suban en demasía la voz, pero más importante: tendrá un horario más “amigable”. De lunes a miércoles abrirá de 19 a 2 de la mañana, mientras que de jueves a sábado se extenderá en los entornos de las 4. Los domingos permanecerá cerrado. “Tengo la sensación de que es un período de prueba”, afirmó el encargado.

“Estamos intentando por nuestra parte hacer todo lo posible. Y la gente también. Cuando levantan la voz no es por gusto”, sostuvo Capobianco.

El equipo detrás del mostrador estaba contento por la apertura. Y se notaba.
El bar siguió de cerca las diferentes movilizaciones que surgieron desde sus clientes a través de las redes sociales. En varias ocasiones se convocó a reunirse en silencio frente al local, para manifestar su descontento.

“Fue muy lindo. La gente lo hace de corazón y con las mejores intenciones. Nos pone muy contentos”, dijo el encargado. “Este es un ambiente muy agradable. E intentamos conservar eso. Acá podés hacerte parte del lugar. Este es un bar con personas que vienen desde hace mucho tiempo y llegás a conocer mucha gente. No trabajar más acá fue un desprendimiento”, contó Capobianco.

Cuando el reloj dio la 1, el bar comenzó su proceso de cierre. Los parroquianos cruzaron miradas confundidas. Ante la cantidad de personas reunidas, el bar decidió bajar su cortina de metal una hora antes de lo pensado. Más que nada, para “mantener una buena relación con los vecinos”.

Capobianco afirmó que durante la noche no recibieron quejas. Pero sí le dijeron que alguien tiró desde los pisos altos un balde de agua hacia la puerta. En efecto, al retirar el toldo, chorros y gotas se desprendieron hacia abajo, pero no lograron más que hacer correr a un par de personas, apenas unos centímetros más hacia el costado.

Ya pasada la hora 1.30, algunos grupitos se quedaron en la puerta del local y en la vereda de enfrente. Pero esto causó la irritación de una vecina, quien increpó a varios de los asistentes por las razones de su permanencia.

Lugares de moda hay varios. Pero lo que pasó con el Rodó es un caso atípico. Es un lugar que a pesar de su escasísima infraestructura logra atraer a muchísima gente y genera un espacio para todos. “Bares hay una cantidad, pero cada uno tiene algo distinto”, dijo Capobianco, “un estilo que depende de su cercanía, la gente que vaya, la música que pone. Todo eso es parte al lugar”.

Tanto los dueños como los clientes pretenden mantener eso que hace tan particular al Bar Rodó.

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