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Jihad Dhiab conoció la hospitalidad de la cárcel de Guantánamo en junio de 2002 y permaneció allí hasta que fue aceptado como refugiado por el gobierno de Uruguay, país al que llegó en diciembre de 2014.
Ya en ese dato temporal se puede apreciar una disparidad: doce años y medio en la cárcel de Cuba y tan solo nueve meses en el país sudamericano.

Sin embargo, el sirio le dijo al diario argentino Clarín, el 15 de setiembre pasado, que su recomendación a los presos de Guantánamo era que, ante la posibilidad de venir a Uruguay, mejor se quedaran entre rejas caribeñas.

Es evidente que el sirio no está del todo conforme con su situación en tierras uruguayas, porque Guantánamo, de acuerdo a múltiples testimonios, incluido el del propio Dhiab, no es un lecho de rosas.

En una nota del Washington Post fechada el 21 de marzo de este año, el expreso interrumpía la entrevista para quejarse de un auto con un megáfono que matizaba con su propaganda anacrónica la tarde en el barrio Palermo, en Montevideo: "¿Qué es ese ruido? Pasa todo el tiempo", dijo.

En las celdas de la cárcel de Guantánamo, la estructura de metal era tan receptiva a cualquier sonido, que algo que sucediera en el otro extremo del penal no dejaba dormir a nadie. Y eso sin contar las técnicas preinterrogatorio, que consistían en impedir que el preso durmiera para que estuviera en un estado más vulnerable a la hora de enfrentar a los expertos de la CIA.

La misma nota del Post dice que en Uruguay les es muy caro a los ex reclusos musulmanes conseguir los cortes de carne kosher, prescriptos por su religión. En Guantánamo, Dhiab fue uno de los cientos de presos que, en algún momento u otro, decidieron hacer huelga de hambre, y eran alimentados por una sonda y encadenados durante horas a una silla para controlar que no vomitaran.

Dhiab ha dicho que, al irse de Guantánamo, les prometió a sus compañeros que no los olvidaría. Es en cumplimiento de esa promesa, supongo, que les manda el mensaje de que no caigan en la trampa de Uruguay, que aguanten un poco más, que seguramente va a aparecer algo mejor.

Yo me pregunto qué pensarán de Uruguay, si es que les llega el mensaje de Dhiab, los 114 presos que todavía quedan en la cárcel de Guantánamo, un lugar donde solo siete internos lograron suicidarse, entre decenas, tal vez cientos, de intentos.

De todas maneras, me queda claro que Dhiab usó una hipérbole. Le dio una dimensión catastrófica a la situación para asegurarse de que sería escuchado. Él sabe, por experiencia reciente, que la comunicación con gente de otra cultura no siempre es fácil. Lo que puede entenderse como una falta grave de gratitud es, en realidad, un intento de rehacer su vida después de haber vivido en el infierno.

Lo que Dhiab quiere es su propia casa, a donde traer a su familia, suficiente dinero para vivir con dignidad y emprender un negocio propio. Hay unos cuantos uruguayos en situación de analizar si no valdría la pena pasar una temporadita como combatientes enemigos en Guantánamo a cambio de un trato similar.

Yo creo, sin embargo, que el sirio tiene razón. Cuando un país acepta un refugiado, debe tener un plan para que la persona en cuestión tenga posibilidades de una vida que valga la pena ser vivida. No llego a afirmar aquello de que, si le salvás la vida a alguien, te convertís en responsable de esa vida, pero no es elegante decirle al que acaba de salir de Guantánamo que se ponga a vender quitamanchas en los ómnibus.

En fin, en todo caso, el episodio tal vez sirva como una lección de humildad para los que se tomaron la broma de la canción como algo literal.

Ojalá que Dhiab cumpla sus sueños y pueda traer a su familia y tenga su casa y su negocio en Uruguay, y que en un futuro no muy lejano se refiera a este momento y confiese: "Se me fue la moto".
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