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Dentro de la multitud de hechos que suceden en la temporada, hubo uno que en estos días me sorprendió. No por su magnitud ni por su contundencia, sino por un carácter (de alguna forma) de oscuro presagio esperando en una alguna escondida esquina del porvenir.

Dentro de la marea humana que se abalanzó al escenario en el que actuó el fin de semana el DJ francés David Guetta (“Davi Guetá” y no “Deivid Gueta”) había de todo. Un abanico de fauna humana que iba desde las adolescentes rugientes, en busca de una noche alocada a base de ritmos electrónicos, hasta famosetes caídos en el olvido que consiguieron a último momento una invitación a la sala VIP B, para poner su perfil en el borde de las fotos de los famosos más taquilleros. Y en el medio, todo un complejo espectro.

Dentro de todo ese micromundo quiero destacar especialmente al tipo que ya sobrepasó los 50 años y quien en una reacción digna de una jovencita fanática de los One Direction salió desesperado a buscar alguna entrada para asistir a El Jagüel.

La actitud de este sujeto que ya peina canas (y que en algunos casos hasta puede tener algún nieto que estuviera por ahí cerca intentado comprar pastillas), que por un tema de cédula debió haberse formado en la gloriosa década de 1970 escuchando todo el rock y el disco de esos años, y que uno hubiera dicho que todavía poseía cierto criterio, no deja de causar asombro en este cronista.

¿Qué habrá provocado este rubio y flaco disc jockey parisino en estas mentes reblandecidas para que gente que durante el resto del año escucha una música absolutamente alejada de la electrónica se involucre de tal manera que es capaz de pasar una madrugada entera escuchando loops sobre una expista de aterrizaje?

Están fuera de edad, fuera de onda, fuera de género, y no lo quieren aceptar. Pero esa es la realidad. Los argentinos tienen un término compuesto (como tantos) para definir este fenómeno social: el “pendeviejo”.

Capaz que hasta se anima a dejar la camisa de siempre y ponerse una remerita ajustada, un pantalón salmón, unas zapatillas nuevas pero gastadas de fábrica. Es como si dentro de ese espectro contemporáneo, llamado “el nuevo uruguayo”, hubiera algunos escapes freudianos que juegan sus juegos en este tipo (digo tipo porque son mayoritariamente hombres; las mujeres de esa edad están en otra cosa), que retrocede en el reloj, aunque las arrugas sean las mismas.

Un tipo que de joven se “formó” con discos de Hendrix, de los Beatles y los Rollings, que apretó en boliches con Santana y con Peter Frampton, que bailó hasta el amanecer con los Bee Gees y con Rita Lee, que vio a Yes en el Campus de Maldonado en 1985 (y que creyó en la revolución, que cantó la Internacional con el puño apretado e hizo otras cosas hoy casi vergonzantes), el otro día tenía enormes problemas para moverse, para coordinar, para seguirle el ritmo al franchute. Entonces intentaba seguir la corriente de lo que sucedía a su alrededor sin éxito, elevando el nivel de patetismo a grados inimaginables.

Dicen los que saben de actuación que hay que saber salir del escenario en el momento exacto. De hecho, el origen latino del término “éxito” significa exactamente eso, “salida”. A estos trasnochados (literal y metafóricamente) se los vio en El Jagüel y horas después en redes sociales saludando y bendiciendo con su presencia y sus fotos un asunto que a pesar de que les era ajeno quisieron aprehender.

Fueron parte de una masa que se hamacó bajo los sintetizadores monótonos de un francés que de las catacumbas parisinas pasó a reinar sobre el mundo electrónico, un trono solitario dentro de un desierto musical.
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