Una semanita como la que han tenido EEUU o Europa en estos días hubiera sido dramática para Uruguay. Es lo que tienen los países que son potencia mundial.
Una semanita como la que han tenido EEUU o Europa en estos días hubiera sido dramática para Uruguay. Es lo que tienen los países que son potencia mundial.
Ni las calificadoras de riesgo (aun con la baja de la nota por parte de S&P), ni los propios inversores financieros hubieran tenido tanta paciencia con la dramática negociación política de EEUU para votar un aval legislativo a un mayor endeudamiento. Había cierto convencimiento de que aunque fuera en el último segundo del plazo para no caer en cese de pagos, según los cálculos de la Tesorería del gobierno, aun en ese instante, llegaría alguna fórmula para zafar del default. No era en base a información reservada, sino teniendo en cuenta que a EEUU no le podía pasar eso. A Uruguay no lo hubieran esperado.
Y mientras en Europa se lamentaban del incremento de diferencial de riesgo de los bonos españoles, italianos, belgas e incluso franceses, unas pérdidas financieras de esa naturaleza habrían encaminado a un país chico a un precipicio más embromado.
Dos obesos argentinos –en plena conversación de viernes a mediodía en Puerta del Sol con un matrimonio español– advertían con tono de “experto” porteño que la espiral financiera que sufre España estaba condenada a lo peor. “Hágame caso, si el riesgo pasa los 400 puntos no lo paran más, no le crea al gobierno y si tiene plata en el banco llévesela a su casa, que nosotros sabemos bien lo que es el corralito y el corralón, y en sencillo, se le quedan con el ahorro”, decía Alberto, un hincha de Independiente que hacía referencia a la congelación de depósitos y a la conversión forzada a pesos de 2001 y 2002 en su país.
Alberto no tenía en cuenta que Europa no es Argentina, que su país está habituado a desórdenes de ese tipo, que España integra una unión monetaria, la zona euro, y que no todas las experiencias son trasladables.
EEUU parecía que estuviera al borde de un abismo, pero en realidad era un trancazo político en medio de una recesión incómoda, pero eso no es un abismo.
La situación de Europa es tremendamente compleja, pero hay mucho colchón financiero y margen político para actuar y encauzar una recuperación sin caer en caos de crisis terminal.
Para un país como Uruguay, cualquiera de los enredos serían más costosos. EEUU zafó del default pero recibió el golpe de la baja en la nota de AAA a AA+ y ahora se viene el recorte de gastos, que será durísimo. España, Italia y otros europeos también enfrentan el drama de bajar gastos.
Los recortes tienen al menos tres dimensiones.
El “hachazo” es el recorte que se hace sobre la base de un monto grande a bajar y en un tiempo corto, lo que lleva a cometer injusticias, abandonar planes enteros, cortar al barrer. El “tijeretazo” es una dimensión del medio, vinculado a un tiempo más prudente pero igualmente de urgencia, y sin caer en el recorte al barrido, igualmente cae en reducciones de fondos para cuestiones necesarias, relevantes.
El “bisturí” permite revisar con tiempo el gasto público, identificar prioridades y gastos innecesarios, seleccionar lo imprescindible para eliminar lo que puede dejarse de lado sin afectar el cumplimiento de los fines esenciales del Estado. Y de esa manera concentrar el gasto en lo necesario y mejorar la calidad del mismo.
Uruguay está en tiempos de encomendarse a un recorte de gastos de la dimensión “bisturí” para que si la bonanza cede, no deba caer en tijeretazos dolorosos ni hachazos dramáticos. Porque además cuando el ciclo cambia, no solo aumenta la demanda por gastos sociales (subsidios a de-socupados) sino que bajan mucho los ingresos.
Todos miran a EEUU con la esperanza de que la potencia económica mundial más grande zafe de la recesión y no traslade problemas a otras regiones.
Esa mirada que desde Uruguay se hace a la nación norteamericana, puede hacer comprender sobre los riesgos de déficit
fiscal y alto endeudamiento como para actuar en tiempos de auge productivo y de consumo de tal forma de eliminar o amortiguar riesgos futuros.