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A un lado, el departamento de Treinta y Tres, a otro, el de Florida. El límite de Valentines está fijado por un cantero que lo divide de noroeste a sureste. Su vecino, Cerro Chato, otro pueblo de frontera, reposa sus tierras en Durazno, Florida y Treinta y Tres. Pero desde que la minera Aratirí se estableció en la zona, la división trascendió lo geográfico y se palpa en los comentarios de los vecinos, que modulan sus contradicciones con frases de cordialidad comunal.

En la plaza de Valentines no hay niños pero sí tres hombres mayores, quienes escuchan la radio atentos a las noticias de las que habla todo el pueblo: el supuesto envío al seguro de paro de los trabajadores de la minera. “Estamos de acuerdo con que la gente trabaje, pero no con que el pueblo desaparezca”, comenta uno de ellos. “Acá no es Cerro Chato, no hay más trabajo”, destaca otro. “A lo sumo vienen al mediodía y compran una milanesa y un refresco”, agrega.

La somnolencia se disipa cuando comienzan a ir y venir las camionetas de la minera y aparecen por el camino de tierra dos trabajadores enfundados en sus overoles beige. Casi no hace falta hablar con la gente para darse cuenta de que Aratirí es un antes y un después en la zona. Las palabras y los silencios se encargarán de confirmarlo.

“Algunos te etiquetan de que si estás a favor de la minera sos un traidor a la patria”, comenta Manuel Ifrán, asistente de logística de Aratirí. “Yo integro un cuadro de fútbol y hubo gente que dijo que si la minera pagaba las camisetas, no jugaba”, comentó. Ifrán personifica a ese sector de Cerro Chato que se convirtió en principal beneficiario de la presencia de la empresa de origen indio. Hace años volvió al pueblo para abrir un hotel, pero tuvo que cerrarlo por no poder cubrir la ocupación mínima. Hoy, según comenta, los hoteles tienen que ser reservados con 15 días de antelación. A su trabajo en Aratirí, por el que cobra unos $ 25.000 nominales, le suma una rotisería en la que vende unos 90 platos por día.

“Caos” y “desastre” son las palabras que surgen cuando se les plantea a obreros y comerciantes de Cerro Chato el cierre del proyecto como posible escenario. Paradoja o no, palabras muy similares son las que esgrime el productor rural Julio Gómez en contra de la minera, y dice hablar en nombre de otros 300 colegas. Para unos, la marcha de Aratirí significaría perder sueldos que doblan lo que cobraban haciendo changas o como peones. Perder un pueblo revitalizado por la juventud y, por una vez, con futuro. Para otros, la minera significa el abandono de 2.300 productores familiares y un futuro triste y estéril.
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