Eduardo D’Angelo fue uno de los grandes culpables de darle alas a la televisión uruguaya. En aquellos inicios en blanco y negro demostró que era un medio maravilloso para deleitar a la audiencia con su propia cultura, en clave de humor.
Eduardo D’Angelo fue uno de los grandes culpables de darle alas a la televisión uruguaya. En aquellos inicios en blanco y negro demostró que era un medio maravilloso para deleitar a la audiencia con su propia cultura, en clave de humor.
Fue protagonista de una generación de cómicos que hizo desternillarse de risa a más de una generación, con Telecataplum, primero, y después con Jaujarana, una época de oro que hace suspirar a los nostálgicos como yo, en este momento de tristeza. Su muerte es el cierre de un capítulo glorioso. A él, toda mi gratitud.
D’Angelo era un histrión; él mismo era un personaje que a su vez encarnaba a un personaje, pero tenía una contención instintiva que le impedía hacer esas guiñadas al público que tanto éxito le han dado a la escuela argentina de cómicos, esa manera de sugerir “mirá que crá que soy y cómo estás disfrutando de lo crá que soy”. D’Angelo mantenía el personaje y estaba rodeado de enormes actores como Ricardo Espalter, Enrique Almada, Berugo Carámbula, Henny Trayles y Raymundo Soto. Gente que no se reía de sus propios chistes ni abusaba de autorreferencias, aunque participaban en el proceso creativo e improvisaban.
Yo lo descurbrí en Jaujarana, aunque ya había hecho escuela en Telecataplum y antes en radio Carve, imitando a Sandrini.
Lo que hacía en El hombre del doblaje era memorable, o en ese personaje de ayudante en el sketch de la farmacia, en Jaujarana, a lo Jerry Lewis, en un trío con Espalter y Almada en el que cada primer plano era un gag.
D’Angelo era actor, guionista, improvisador e imitador, un comediante con todas las letras, que brillaba más cuanto más rodeado de talento estuviera, en un entorno creativo sin golpes bajos de efecto, que apelaba al teatro del absurdo y a la cultura pop de Estados Unidos, en clave local.
No hablaba inglés pero era capaz de hacer de aristócrata británico o de cowboy que llega al salón sediento. Podía ser un payaso gigantesco que no dejaba hablar a nadie, ser el hombre de las mil voces y también descollar en una contraescena muda. Tenía una afinidad con su público que parecía natural. Era D’Angelo.
El auge de esa generación de oro empezó a decaer y cuando se argentinizó ya era otra cosa. Se convirtió en una mezcla de la tradición uruguaya con el estilo porteño de “mirá el culo que tiene esta mina”. Aún hay chispazos de genialidad en Hiperhumor y Comicolor, aunque empezaba a quedar claro que lo mejor había pasado.
D’Angelo también tuvo una carrera muy rica como autor, director y actor en teatro, con un total de 19 obras propias, una de las cuales, El mayordomo y la dama brillante, estuvo en cartel este año, y en la que D’Angelo, al mejor estilo de los capocómicos, hacía una multiplicidad de personajes, escritos por él y para él, un tipo de compañía clásica, que él definía como “de tracción delantera”.
Hablé con él hace unos meses y me quedó claro que vivía en un mundo que le era ajeno. Ya no le interesaba la televisión ni el cine, ni el teatro que se hacía a su alrededor. Le era inevitable mirar hacia atrás y buscaba una jubilación para decir “ahora me quedo tranquilo”.
Puede tener la tranquilidad del deber cumplido. Fue una fuente de felicidad y un factor decisivo en la formación de una generación o dos que le agradecemos de todo corazón tantos buenos momentos y gratos recuerdos.
Descanse en paz.