10 de junio de 2026 5:00 hs

El mundo de las series de 30 minutos es peligroso. Está lleno de baches, obstáculos y objetos filosos. Y de producciones olvidables. También hay joyas que relucen, cito tres de memoria: The end of the fucking world, Barry o Fleabag. En esa lista podría haber unas cuantas más, y si bien Rooster, una de las últimas de ese tipo “con peso” para figurar, no es una de esas series que impacten y graben a fuego su marca en la memoria, tiene una cualidad nada desdeñable: te va calentando el corazón de a poco hasta que termina por conquistarte. Se hace querer.

Estrenada en marzo de este año en HBO y con diez episodios disponibles en su plataforma de streaming, Rooster aterrizó en las pantallas con un pequeño llamador para aquellos más entendidos en la comedia televisiva: lleva la firma de Bill Lawrence, el cerebro detrás de ficciones exitosas como Ted Lasso y Scrubs. Pero además, al frente había un nombre que en más de un sentido debería terminar de convencer a los escépticos: el gran (grandísimo) Steve Carell.

Paradigma de la comedia estadounidense de los 2000, dueño de uno de los mejores personajes de la historia de la televisión —estoy hablando de Michael Scott, ¡de quién más!— y rostro de un puñado de clásicos añorados del cable, en la última década Carell alternó su género por excelencia con una búsqueda de “ prestigio”, y los dramas hondos donde explotaba sus facetas más oscuras —como en Foxcatcher— o trágicas —como Beautiful Boy: siempre serás mi hijo— lo habían mostrado como un intérprete mucho más dúctil de lo que, a priori, daba a entender su amplia pero circunscripta experiencia en el mundo de las risas. Pero eso, claro, es para los ingenuos: todo el mundo sabe que hacer reír es mucho más difícil que hacer llorar. Y vaya si el bueno de Steve sabe hacerlo.

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Así que Rooster venía bien aspectada, pero las cosas siempre pueden salir mal. No fue el caso. Esta comedia de media hora que tiene lugar en un campus universitario harvardiano y paródicamente construido (y deconstruido) reluce en su simpleza, sus buenas intenciones y en un humor que sin descaderar a nadie alterna la incomodidad deliciosa del chiste políticamente incorrecto con la risa desaforada de las payasadas patentadas por su protagonista.

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En pocas líneas, la historia sigue a Greg Russo (Carell), un autor de novelas para leer en la playa (cuyo protagonista es un investigador apodado, justamente, Rooster) que son un éxito pero también bastante chotas. Nadie lee la obra de este autor en serio. Y por eso la escritura hace que la vida de Greg sea holgada en términos económicos, pero escueta en cuanto sus horizontes espirituales; el autor sabe que su talento es acotado, y su ambición, sin embargo, lo lleva a soñar con, algún día, estar a la par de los grandes de las letras.

En esa situación de ambigüedad existencial está Greg cuando emprende un viaje al campus de la ficticia universidad de Ludlow en Nueva Inglaterra con la excusa de dar una charla. En realidad, su intención es apoyar y vigilar a su hija Katie (Charly Clive), una profesora de historia del arte que está pasando por un divorcio muy enredado, complicado y, sobre todo, escandaloso luego de que su esposo, el pomposo profesor de historia rusa Archie, la dejara por una estudiante. Greg, cuya maduración como padre no es la más vertiginosa de la Tierra y sigue asumiendo que su hija sufre de la desprotección que su propio divorcio le generó cuando era niña, decide aceptar un puesto como escritor residente y docente de escritura creativa para estar cerca de ella.

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Lo que sucede es que Greg se siente como sapo de otro pozo y la comedia comienza a girar en torno a esa desubicación y a cómo, poco a poco, su reputación empieza a labrarse de formas extrañas entre los estudiantes, el profesorado y todo el ecosistema del campus, que en ocasiones se asemeja a un zoológico desbocado. Bill Lawrence, en ese sentido, es un gran creador de personajes secundarios: las personas que entran y salen de la vida de Greg son las que regulan su vínculo con el espacio y el universo académico, y también los que terminan elevando al protagonista. Y más allá del gran trabajo de Carell, que le da un tono patético y entrañable a su personaje con ese carisma innato que tiene, en la serie destacan sobre todo John C. McGinley como el rector Walter, Phil Dunster (viejo conocido de Lawrence de Ted Lasso) como el insoportable Archie y las pequeñas apariciones de Connie Britton como la expareja de Greg y madre de Katie, un personaje que en la ya confirmada segunda temporada tendrá, tal como lo adelanta el último capítulo, mayor protagonismo.

En más de un sentido, la llegada de Greg al campus de Ludlow puede homologarse a la experiencia del espectador con Rooster: es un aterrizaje algo extraño, descolocado, con cosas que al principio parecen no encajar del todo bien y algunas situaciones donde lo embarazoso prima. Sin embargo, poco a poco, esa efectiva mezcla entre el sentimentalismo y el latigazo de la comedia ácida que lleva como marca Lawrence —y una espectacular canción de créditos que sacó a Michael Stipe de R.E.M. de la jubilación— hace su efecto y uno aprende a estar allí, con estos personajes. Y dan ganas de quedarse un rato más después de clases.

Embed - Michael Stipe & Andrew Watt - I Played the Fool (Main Title Theme) | Rooster Soundtrack | WaterTower

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