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El empleo cae por tercer año consecutivo y está en su nivel más bajo en una década.
En febrero el desempleo en Montevideo fue 9,8% y en el interior 9%, lo que hace un promedio de 9,3% para todo el país. Las mujeres lo sufren más (11,8%), junto a los más jóvenes, en tanto los hombres mayores a 25 años padecen menos (7,2%).

El desempleo promedio entre 1970 (cuando solo se calculaba en Montevideo) y 2017 (que incluye a ciudades del interior) fue de 9,76%. En suma: estamos regresando a la tasa histórica.
La desocupación en Montevideo en los últimos dos años volvió al promedio de la década 1986-1995, cuando se situó entre el 8% y el 10%, ya lejos del 6,3 o 6,5% de 2011-2013, cuando había trabajo para todos.

Históricamente la ocupación sigue al ritmo de la actividad económica. Las menores tasas de desempleo se evidenciaron tras períodos de auge, como en 1981 (6,2%) o en 2011 (6,3%).
Es probable que en esos años Uruguay haya develado su "tasa natural" de desempleo: un nivel que no se puede reducir, porque se trata de personas que están cambiando de empleo, o que no están dispuestas a trabajar por lo que se les ofrece. La "tasa natural" de desempleo responde tanto a la marcha de la economía como a factores culturales, como el apego al trabajo y su valoración social. Así, por ejemplo, la "tasa natural" de desempleo puede ser de 4% en Estados Unidos y de 2% en Japón, pero difícilmente baje de 6 o 7% en Uruguay.

Los peores registros históricos ocurrieron durante graves crisis socioeconómicas, como cuando la combinación de shock petrolero, desregulación y apertura de 1974-1976, el abandono de la "tablita" del dólar en 1982-1983 y el desplome del Mercosur en 1999-2003. En 2002 el promedio de desocupación fue de 17% y hubo picos mensuales cercanos a 20%. Es probable que el desempleo haya sido similar o incluso mayor en otros períodos críticos, como en 1913-1915, 1919-1922 o 1930-1934, pero entonces no había mediciones adecuadas.

En el largo plazo, el aumento de la masa salarial acompaña el crecimiento del conjunto de la economía. Tres variables van de la mano: evolución del producto, del salario real y de la cantidad de empleos. Si los salarios van demasiado rápido, habrá más desempleo; y si la economía es la que va más deprisa, como aconteció a partir de 2003, el desempleo caerá y luego las empresas deberán aumentar los salarios reales para retener o captar empleados. Hay otra explicación, de base "keynesiana", que sirve solo para el corto plazo: las empresas contratan o despiden personal según sus expectativas de ventas futuras.

Los Consejos de Salarios sistematizan y evitan conflictos, pero en el largo plazo no pueden evadir esas reglas.

Sí puede ocurrir en el corto plazo, como sucede ahora, que caigan o se estanquen algunos de los sectores significativos por la cantidad de empleos –construcción, industria, ciertas ramas del comercio–, en tanto crecen otros que son poco demandantes de mano de obra –nuevas fuentes de energías, comunicaciones, tecnologías de la información–. La innovación tecnológica (la sustitución de trabajo repetitivo y de baja calificación por máquinas) y el fracaso del sistema de enseñanza para capacitar a la mayoría de los adolescentes aseguran legiones de desempleados, y una sociedad partida.

En segundo lugar: la tasa de crecimiento promedio del producto (PIB) uruguayo en el último medio siglo, entre 1968 y 2017, fue 2,68% anual. Y la tasa promedio de crecimiento en los últimos cinco años (2013-2017) ha sido 2,62%. En suma: también en este plano Uruguay ha vuelto a su rango histórico.
Esa tasa de crecimiento no está nada mal, sobre todo si se tiene en cuenta el panorama de la región en los últimos años, y que se trata de una tasa neta, porque la población casi no crece. Pero ya no son aquellas "tasas chinas", con promedios superiores a 6%, que se vieron entre 2004 y 2012.

El "rebote" tras la crisis y el auge loco de las materias primas han terminado. El país vive una etapa de realismo, y comprueba las oportunidades perdidas. También hay cierta tranquilidad y orgullo por el "desacople" de los desastres que se produjeron en los países vecinos y en Venezuela. Se debió a la diferenciación política, y a una menor dependencia comercial de la región gracias a China.

Lo bueno es que Argentina seguirá proporcionando turistas –en conjunto dejaron 2.300 millones de dólares el año pasado–, y que Brasil, el segundo cliente en importancia, vuelve a crecer.

Lo malo, además de la caída del empleo y de la inversión, es que el déficit del gobierno seguirá siendo grande, pues se avecina una campaña electoral; y que después habrá que hacer otro ajuste, incluido un replanteo del sistema de seguridad social.
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