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Pasados los primeros días tras el golpe de Estado en Egipto, se imponen algunas reflexiones. Más allá de debates semánticos y explicaciones que se tornan justificaciones, el anuncio de la destitución del presidente Mohamed Morsi, pronunciado el pasado miércoles 3 por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, general Al Sisi, no puede entenderse de otra forma.

Sin embargo, dicho golpe ha generado varias paradojas y no poca confusión, al menos para los países donde llamar al Ejército para que destituya a un gobierno elegido en las urnas, no se interpreta precisamente como una acción para retornar a la senda democrática. Los opositores a Morsi, dentro y fuera de Egipto, han elaborado ya una lista de argumentos y males que achacan al primer gobierno de extracción islamista que los egipcios eligieron tan solo un año atrás. De todas las razones esgrimidas me veo tentada a reflexionar sobre una; se trata de la indignación y supuesta sorpresa por la actitud deliberada del hoy expresidente Morsi de favorecer a sus Hermanos Musulmanes, ya fuese por designarlos en cargos de jerarquía en su gobierno o por aceptar directrices de la cúpula dirigente de la Hermandad Musulmana, a la sazón la asociación islamista más antigua de la etapa contemporánea de Egipto, fundada en 1928 por un ya mítico personaje como fue Hasan Al Bana.

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Si algo ha demostrado la Hermandad a lo largo de su dilatada trayectoria es resiliencia e instinto de supervivencia. No en vano tras la euforia inicial que siguió al derrocamiento de Mubarak, y con él, de una forma de hacer política en Egipto, o eso se creía; los Hermanos Musulmanes fue el grupo opositor mejor preparado y organizado para consensuar la transición política con la cúpula militar, a la que conocen muy bien producto de su propia historia en común, hasta celebrar elecciones en junio de 2012.

La Hermandad ha transitado varias etapas en su evolución desde la década de 1930 hasta nuestro siglo, atravesando épocas de confrontación contra el colonialismo británico, rechazo y lucha contra el Estado de Israel y el sionismo, hasta la colaboración con el régimen de Anuar Sadat (presidente egipcio asesinado en 1981 por firmar la paz con Israel en Camp David, 1979) para obstruir y opacar a los movimientos de izquierda y estudiantiles de la década de 1970. Asimismo, han pasado, en varias ocasiones, de operar en la clandestinidad a participar en política como candidatos independientes y conquistar así, mediante elecciones, escaños en el Senado o en las Uniones de profesionales. Es decir, su estrategia ha oscilado entre la lógica de confrontación y lo acomodaticio, lo que en definitiva contribuyó a perpetuar gobiernos como el de Mubarak.

Durante todo este tiempo su lógica filosófica y sus objetivos han permanecido inalterados. Devolver la pureza del islam a la sociedad y establecer un modelo político religioso donde la fe del islam y las enseñanzas de Mohamed, su Profeta, se extiendan a todas las facetas de la vida sin impedir que el islam, o debiera decir su visión particular del islam, esté presente en el espacio público, lo que claramente contradice la definición de laicidad.

Por tanto, no debiera haber sido sorpresa ni motivo de frustración –incluso para aquellos que hoy reconocen que votaron a Morsi como mal menor o la única opción viable frente a la continuidad del viejo régimen de Mubarak– que una vez alcanzado el poder, los Hermanos Musulmanes tomaran decisiones tendientes a establecer su programa político. Desde mis años de juventud en El Cairo y Alejandría siempre me llamó la atención la simplicidad del lema que caracteriza a dicha Hermandad y que en muchas de las conversaciones que mantuve con representantes de la organización me repetían como letanía: “El islam es la solución”, invariablemente terminaba mi conversación preguntando: ¿para todo? El último año, para el gobierno de Mohamed Morsi y para su agrupación, ha demostrado lo contrario.

Atrás quedaron los años de oposición abierta al panarabismo liderado por Gamal Abdel Nasser, único atisbo de unidad de la nación árabe y que prácticamente sucumbió tras la derrota de la guerra de los Seis Días contra Israel en 1967, la cual mitigó la estrella que había acompañado su carisma. También se han superado las décadas de asistencialismo y beneficencia islámica que cosechó para la Hermandad el gran apoyo de los sectores más empobrecidos de la sociedad egipcia, tradicionalmente marginados de las políticas educativas y sanitarias de los gobiernos autocráticos de Egipto. Conviene señalar que dichos programas sociales, de los Hermanos Musulmanes, han estado financiados por ingentes sumas de dinero que países conservadores como Arabia Saudí y más recientemente Emiratos Árabes Unidos o Catar, han volcado a los grupos islamistas en un intento por propagar su conservadurismo religioso y sus tentáculos como parapeto a los ideales diseminados por Irán a través de su Revolución Islámica, percibida por las monarquías árabes del golfo Pérsico como su mayor amenaza.

Sin embargo, el levantamiento popular de las masas árabes desde el 2011 hasta el presente ha dejado una cosa en claro: mientras Occidente intenta dilucidar qué tipo de gobiernos surgirán tras las revueltas, la sociedad árabe espeta a sus líderes y autoridades militares, judiciales también, que no desean transitar hacia una oclocracia. Si hasta ahora la corrupción enquistada en las instituciones árabes, y Egipto no es ajeno a esta realidad, obligaba a definir su sistema como cleptocracia o recurriendo al castellano vulgar cacocracia, lo que el pueblo egipcio ha expresado durante este año es que no se dejarán gobernar por discursos vacíos y promesas que no se cumplen. Esta receta ya la han probado infinidad de veces y exigen cambios.

La tensión del último año en Egipto es parte del aprendizaje de cómo vivir en democracia, donde hacer oposición suele ser más sencillo, y desde luego más cómodo, que gobernar y transformar eslóganes (el islam es la solución…) en acciones y resultados tangibles para una población harta de esperas y falsedades.

Las crisis fomentan la introspección y quizá este golpe que ha sufrido la Hermandad en Egipto sirva para que, tras la frustración y rabia inicial, surja un debate en su interior que culmine con la reformulación de sus principios y objetivos políticos y pueda así tomar decisiones respecto de su estrategia futura. Si continuasen aferrados a su visión del pasado, por tanto a una lógica de confrontación y oposición al gobierno y sus aliados extranjeros, la misma resultará antimodernista o por lo menos poco flexible para los cambios que vive hoy la sociedad egipcia, inmersa en este siglo XXI digital e interconectado, o quizá decidan dar un giro y reconocer que esta vez no ha sido la policía secreta o militar la que los condena a la clandestinidad, sino la sociedad, sus hermanos de sangre, que rechaza la imposición de una visón única de hacer política. Cuidado, no es un veto al islam como la religión de la mayoría de los egipcios, sino un freno a que su visión rigurosa y literal del credo islámico impregne todas las esferas de la vida social, económica y política de Egipto.

Es previsible que surjan, de hecho ya se vienen dando desde hace tiempo, disputas y desgarros internos entre la cúpula defensora del credo puritano defendido por su fundador Hasan al Bana y Sayed Qutb, máximo ideólogo de la Hermandad, de rechazo a cualquier práctica que implique un desvío o interpretación laxa de las enseñanzas islámicas y los más jóvenes, que ven en el modelo kemalista de Justicia y Desarrollo (AKP) de Turquía un ejemplo, con matices, a seguir.

En cambio, si la estrategia de los Hermanos Musulmanes a partir de ahora se decanta por volver a empuñar las armas, la violencia solo reportará una represalia fuerte por parte del Ejército y la policía y con seguridad serán proscritos de la política una vez más. Entre la base del electorado más pobre –e inculto– quizá les sirva para generar apoyos inmediatos, pero no así con las capas influyentes de la burguesía urbana. Si optan por una retirada táctica y cejan en su empeño de denunciar y boicotear al nuevo presidente impuesto por las Fuerzas Armadas, el magistrado Adli Mansur, quizá puedan preservar su estructura y organización y de esta forma encarar el futuro preparándose para los próximos comicios, cuando se celebren. Les sobra lavia y tablas políticas para conquistar votos. Pero la lección amarga recién aprendida les debiera enseñar que palabras vacuas o aferrarse a una moral romántica mientras el pueblo sufre necesidades perentorias, no alcanza. Hay que tener un programa político sólido, fundamentado en acciones y estrategias tendientes a la consecución de objetivos y logros, económicos sobre todo, y un talante negociador que permita alcanzar consensos con la oposición y con sectores de la sociedad que aunque aparentemente débiles siguen teniendo voz (cristianos coptos, seculares, liberales, comunistas).

Finalmente y en aras de mantener una lectura positiva de los hechos ocurridos en Egipto, es importante que haya llegado al gobierno la opción islamista. La etapa abierta tras la caída de Mubarak aún comienza y esta transición que conlleva un aprendizaje por ensayo y error, es necesaria en un país donde 90 millones de personas han sido sistemáticamente silenciadas o limitadas en su libertad de expresión y elección. Hoy han reconquistado el poder que brinda la unidad del pueblo para expresar su voluntad. Pero cuidado, hay un tiempo para todo y ahora lo urgente es que vuelva la calma y sabr (paciencia) al país del Nilo y los faraones. Sin esa tranquilidad en sus calles y plazas, cercanas a puntos turísticos clave, no regresarán los turistas y sin ellos no hay divisas. El dinero no entiende de credos sino de oportunidades y beneficios, pero huye de las turbulencias. Esperemos que los ánimos se aplaquen y los líderes –por más transitorios que puedan ser– de los grupos que hoy apoyan el golpe de los militares, puedan ahora hacer entrar en razón a los manifestantes y convencerlos para que regresen a sus hogares y permitan que el gobierno eche a andar. Al final, y si se cumple con lo prometido, ya tendrán tiempo de juzgar en las urnas a quién desean confiar su futuro y el de su país, in sha Alá.

* Profesora de Estudios Árabes e Islámicos, directora del Departamento de Negocios Internacionales e Integración de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Católica del Uruguay e investigadora sobre Oriente Medio y el islam.

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