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“¡El gordito ese, el de la película aquella!” es la descripción usual que se le suele atribuir al actor Seth Rogen por estas tierras. Desde su aparición en filmes como Virgen a los 40 y Super Cool, el comediante judío de origen canadiense se ha vuelto una de las caras más representativas de la llamada “nueva comedia americana”. Su última película, Buenos Vecinos, coprotagonizada por Zac Efron y Rose Byrne, es una muestra de que Rogen y su tropa de adultos inmaduros han llegado para quedarse.

La película es el segundo largometraje del incipiente director Nicholas Stoller (Eternamente comprometidos, 2013). En ella, una pareja protagonizada por Rogen y Byrne debe sumar a su lucha cotidiana de ser padres primerizos, la mudanza de la peor categoría de vecinos en el cine estadounidense: una fraternidad de universitarios. Retratadas en películas como Colegios de animales (1978) y Aquellos viejos tiempos (2003) como el lugar de las bacanales modernas, la fraternidad de Buenos vecinos, liderada por los jóvenes actores Zac Efron y Dave Franco, tendrá todo para hacer la vida de la pareja un infierno: fiestas interminables, reuniones lujuriosas y un catalogo interminable de drogas para compartir.

El resultado es una película chabacana aunque sorpresivamente graciosa, en la que el motor principal es el combate entre ambos bandos por causas contrarias: la familia tranquila suburbana que buscará devolver la paz al barrio y los universitarios salvajes que solo buscan parrandear día tras día. Desde el arranque, Buenos vecinos mantiene grandes cuotas de humor no sólo físico sino también en su guión, como si se tratase de una cinta del director Judd Appatow (Ligeramente embarazada) bajo los efectos de algún estupefaciente.

Pero la efectividad de esta comedia radica en las interacciones entre los dúos. Por un lado están Rogen y Byrne, que representan una pareja entrañable cuyo intercambio de rápidos diálogos llenos de referencias a la cultura pop son estupendos.

Aunque se le podría criticar a Rogen que siempre hace el mismo papel –el de un adulto incapaz de madurar– el actor sabe dominar el rol a la perfección y no ha tenido miedo a hacer referencia a ello, como sucedió en su anterior y recomendable película, Este es el fin, en el que retrataba a una parodia de sí mismo.

Si bien Buenos vecinos es una comedia compuesta por un reparto masculino y cargada obsesivamente de chistes fálicos con nada de sutileza, la australiana Byrne es una de las revelaciones de la película. La actriz se adueña de varias escenas desde el momento en que decide tomar las riendas del problema doméstico que enfrenta y protagoniza una de las escenas más irreverentes de toda la cinta, que involucra a la lactancia maternal y que probablemente hiera, entre risas, la sensibilidad de algún que otro espectador.

En tanto a los personajes de Efron y Franco les toca un lugar de mayor crecimiento emocional a lo largo de la película. El primero ha llegado lejos desde su aparición High School Musical y el papel de joven engreído e irreverente le sienta la perfección. En tanto, Dave Franco, hermano del actor y director James Franco, muestra que como actor tiene las dotes necesarias y logra salvarse de la imagen petulante asociada a su pariente.

Más allá de los cuatro actores principales, todo el reparto, desde la bebé hasta el resto de los universitarios, hace que Buenos vecinos logre una risa tras otra en la sala de cine.

Eso sí, hay bromas obscenas e imágenes indecentes, por lo que no hay que dejar que su estreno en plenas vacaciones de julio haga creer que se trata de una película para toda la familia. Simplemente no lo es.

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