El tipo mira a la cámara. Está sentado en una habitación estándar, cualquiera. Tiene la barba frondosa y marmolada, el labio superior escondido, la sonrisa triste, los ojos pequeños y apagados. El tipo habla. De tanto en tanto toma un sorbo de té. No gesticula. De pronto, el hombre que se comió la pantalla –y con ella al mundo– deformando su rostro para alcanzar el gesto imposible, y lograr, del otro lado, la risa perfecta (esa que sale desde la tripas, sin pudor, sin censuras), dejó de ser un payaso. Jim Carrey ahora es un señor de 55 años, aplomado, reflexivo, que no necesita hacer morisquetas.
Jima Carrey sabe cómo es el descenso al infierno
Jim & Andy –el documental que muestra cómo el actor se apoderó del espíritu del Andy Kaufman– es el retrato crudo y fascinante de la mente del protagonista de El show de Truman