Si estuviéramos hablando de jazz, le diríamos un estándar. Como estamos hablando de cine, llamémosle, simplemente, un clásico. Eso es la historia de Juana de Arco, la doncella de Francia, la joven pastora virgen nacida en la aldea de Domrémy, que luego de tener visiones místicas donde se le apareció un ángel y un par de santas, recibió la orden de encabezar al desperdigado ejército de su país, reunirlo, sitiar Orleans, y coronar al pelele del rey Carlos. Pero luego vino la traición de los más cercanos y la entrega a manos de los ingleses. Luego la historia es conocida: el juicio, la acusación de bruja, el pedido de arrepentimiento, la pasión y la muerte en la hoguera.
¿Cómo es que conocemos tan de memoria esta historia medieval francesa? El cine ha tenido mucho que ver en la popularización de los hechos históricos. Es que desde el año 1900 la historia de Juana se representa a través de la pantalla. El primero que se ocupó de ella fue el mago Georges Meliès, que filmó una versión primitiva pero con varios efectos especiales, como ángeles que vuelan. Jean D’Alcy fue la actriz que usó Meliès para encarnar a Juana.
En 1917, fue uno de los creadores de Hollywood, el director leyenda Cecil B. DeMille, quien rodó su versión de la historia de Juana de Arco con la actriz Geraldine Farrar como la doncella. El inicio de la película tiene un aire gótico, con la sombra de la flor de lis de la corona francesa proyectándose sobre Juana en forma de cruz.
Quizá la versión de 1928, La pasión de Juana de Arco, filmada en Francia por el danés Carl Thedor Dreyer sea una de las más exquisitas películas del cine mudo. La actriz René Falconetti realiza una actuación formidable, en un filme que hace uso y abuso glorioso de los primeros planos y de los planos contrapicados, tanto de los curas que la juzgan como de una Juana transida entre las lágrimas de lo que vive como ser humano y la mirada encolerizada de los momentos más místicos. Dreyer hizo una obra de arte para el recuerdo con un tema más que conocido, también en la abundante literatura.
En 1948, Victor Fleming filmó otra versión hollywoodense, esta vez con la sueca americanizada Ingrid Bergman como Juana. Se abusa de la luz y de la brillantez de la armadura de Juana, y se nota, como se verá en otros ejemplos, que a la historia no le van bien los grandes estudios.
Solo seis años después, en 1954, la misma Ingrid Bergman, esta vez enamorada del director italiano Roberto Rossellini, se dejaría dirigir por él en otra versión de Juana. Con una belleza pictórica y una oscuridad decadentista, Rossellini pone a Bergman en una película que posee una altura y una calidad artística muy superior a la anterior.
En 1957, Otto Preminger adapta a la pantalla, con guion del escritor Graham Greene, Santa Juana, la obra de George Bernard Shaw. En el papel protagónico está Jean Seberg. A pesar de dar su mejor esfuerzo, el papel de Seberg es demasiado insulso y por momentos la candidez de la cara juvenil de la heroína rompe el clima de algunas escenas dramáticas.
En 1962, el director francés Robert Bresson vuelve a retomar el tema, en clave crítica con el sistema judicial y en claro homenaje a Dreyer. Filmó una película también oscura y en interiores, con Florence Delay como Juana. Diálogos cortos, silencios, ausencia de música. Bresson en estado puro y una historia que se presta a ese estilo. El resultado es muy bueno.
Por último, en 1999 otro francés, Luc Besson, puso a su esposa de entonces, la actriz ucraniana Milla Jovovich, en el papel de Juana. Quiso hacer Hollywood en los bosques de Alsacia y el papel de Jovovich es el de una poseída y pasada de rosca Juana que cabalga y ataca y grita y se mueve sin ton ni son, en una película con ritmo, actuaciones estelares de Dustin Hoffman y John Malkovich, y poco más digno de recuerdo.
¿Quién será la próxima doncella? Solo el cine tiene la respuesta.