En los campamentos de trabajadores instalados en el desierto, las máquinas de construcción trabajan día y noche para dejar a punto las obras del torneo que comenzará el domingo 20 de noviembre.

A menos de dos semanas de la fecha inaugural, las autoridades de Catar tratan de tener todo listo porque miles de millones de televidentes y decenas de miles de asistentes pondrán sus ojos no solo en la competencia deportiva sino también en el estado de las rutas, las instalaciones, la logística y también en las restricciones impuestas por esa monarquía absolutista que gobierna el pequeño y rico país petrolero.

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Catar es el país más pequeño que resultó sede de un Mundial. Según sus propios informes destinó US$ 220.000 millones a los preparativos del torneo, en la construcción de kilómetros de autopistas, en un sistema de trenes subterráneos, un nuevo aeropuerto, estadios y edificios para albergar a los viajeros.

Para el gobierno catarí, ser el anfitrión de la copa del mundo busca lograr una imagen del país como un actor global y cumplir la visión del jeque Tamim bin Hamad al Zani, heredero del trono y una de las principales fortunas.

Esta apuesta tiene interrogantes y también críticas explícitas. Las condiciones laborales de los obreros migrantes en Catar causaron denuncias sobre muertes en los obradores. El diario londinense The Guardian cifró en 6.500 esas muertes en febrero de 2021. Nunca pudieron corroborarse y fueron negadas por el gobierno qatarí.

Sin embargo, los organismos internacionales transmitieron en forma reiterada a las autoridades del país la necesidad de grandes reformas laborales, ya que hay denuncias de laceración y castigos corporales a los obreros que no cumplieron con lo encargado en las obras. La legislación del país permite el encarcelamiento y los castigos físicos por lo que consideran delitos, entre ellos en el cumplimiento del trabajo.

Amén de eso, el historial en materia de derechos humanos de Catar, es otro punto álgido. Tanto por la penalización de la homosexualidad como por la restricción normativa a la libertad de expresión.

Cabe recordar que Qatar tuvo durísimos enfrentamientos con sus vecinos Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, algo que el jeque Tamim bin Hamad al Zani trata de suavizar de cara al inicio del torneo.

El país tiene un Consejo Consultivo de 45 miembros, 15 de los cuales los nombra el jefe de Estado. Esa es la suerte de Poder Legislativo de Qatar. Allí, días atrás, el jeque dio que “desde que ganamos el honor de ser sede de la Copa del Mundo, Catar ha enfrentado una campaña sin precedentes como ninguna otra nación anfitriona ha sufrido”.

Según él, esos ataques han “alcanzado una ferocidad tal que muchos, desafortunadamente, se preguntan cuáles son las razones y los motivos verdaderos detrás de esta”.

Los argumentos del gobierno para mostrar una buena imagen es que se construyeron ocho nuevos estadios con campos de fútbol cubiertos de césped traído en avión desde Estados Unidos, así como sistemas de aire acondicionado para exteriores que pueden bajar la temperatura hasta más de 11 °C para dar una temperatura agradable a quienes viajen.

También anunciaron que se añaden 30.000 habitaciones para cubrir el aumento de la demanda de alojamiento, incluyendo algunas en cruceros y barcos.

Para los asistentes, el gobierno qatarí organizó clubes de playa, dos festivales de música que durarán todo el mes y mejoras en el diseño futurista en Doha, la capital del pequeño país.

Qatar pasó de ser una región pobre, árida, basada en la pesca artesanal  a ser una nación petrolera de las más ricas del planeta. Tiene un fondo estatal de más de US$ 300.000 millones de dólares  producto de las exportaciones de gas natural que comenzaron en los noventa. A su vez, Doha se pobló de rascacielos, centros comerciales y hasta una isla artificial en forma de perla.

Pese al derroche de riquezas y excentricidades, buena parte de los comentarios previos son críticos hacia Qatar. La infraestructura deberá albergar a más de un millón de visitantes en un país que tiene tres millones de habitantes.

Algunos de los que lleguen se alojarán en contenedores y carpas con refrigeración, agua potable y baños, pero construidas apenas unas semanas antes de que lleguen. Por supuesto, son más económicas que los hoteles, pero no está claro que resulten del gusto de quienes estén allí.

El tráfico en las carreteras y accesos a los estadios es un misterio por los miles de autobuses dispuestos para los traslados más las decenas de miles de autos de alquiler. El nuevo aeropuerto internacional, más el que ya funciona, deberá manejar el alud de viajeros.

Los desafíos logísticos aleatorios de semejante volumen de viajeros en tan poco tiempo ponen a prueba las aspiraciones de la monarquía absolutista que gobierna el país. Uno de ellos es el agua potable, escasa en una región tan desértica.

Funcionarios cataríes y directivos de la FIFA se muestran esperanzadas en que hay capacidad para resolver estos desafíos. Sin embargo, admiten que los retrasos causados por la pandemia de COVID-19, generaron problemas de calendario y que por eso, estas últimas semanas son decisivas.

Las fuerzas policiales de Catar deberán manejar las contravenciones de extranjeros que no están acostumbrados a las leyes locales. Entre ellas las prohibiciones a la homosexualidad y las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Las autoridades de Catar dicen haber instruido a sus agentes para lidiar con estos choques culturales. Pero, por ejemplo, una bandera de activistas LGBTQ que muestren banderas del arco iris en un partido es motivo de acción policial y de eventual condena judicial.

La flexibilidad para mostrar una imagen compatible con otras culturas choca con cataríes más conservadores que los gobernantes. Esta Copa del Mundo tiene la excitación de los aficionados pero también los ojos de quienes ven una cultura autoritaria y restrictiva en el país anfitrión.

 

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