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La crisis no llama a la puerta, está adentro

La crisis – o las crisis– ya ocurrió en estos doce años. Ahora solo están por empezar a sentirse las consecuencias

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20 de febrero de 2018 a las 08:42

Lo que ahora se empezará a llamar restricción externa, o crisis en los mercados mundiales, se trata en realidad de que Estados Unidos y seguramente Europa, han decidido volver al capitalismo ortodoxo y abandonar el sistema de capital gratuito, estatal e infinito que se implantó por la desesperación creada por el colapso de 2008 y la decisión de no meter preso a la totalidad de los grandes banqueros, que habían estafado a sus clientes, sus Bancos Centrales y sus sociedades. Eso llevará a una mayor volatilidad en las plazas y es de esperar que a una mayor seriedad, al obligar a volver a analizar la performance de los países, sectores y empresas antes de invertir en ellos o prestarles.

Para quienes creen en las bondades del libre mercado y en el capitalismo como el sistema "second to none", cual la democracia, el cambio será sin duda positivo, equivalente al que viene haciendo China para perfeccionar su inserción en el mundo capitalista en el que ya es líder indiscutido.
Pero esa laxitud en las evaluaciones de riesgo, en el flujo del dinero y en las tasas de interés equivocó a muchos países, que usaron el endeudamiento fácil y barato como un mecanismo permanente de financiamiento de sus déficits, lo que les ahorró a sus gobernantes la desagradable tarea de decirle que no a sus sociedades ante las demandas facilistas de bienestar instantáneo y generalmente inmerecido al que las acostumbraron.

Esos países comienzan ahora a percibir la situación mundial como una grave crisis, ya que no sólo se cierra el grifo de la felicidad, sino que sube el costo de endeudarse por el doble efecto de la escasez incipiente de capital y del aumento del riesgo país, que la debilidad de sus manejos presupuestarios y el despilfarro de recursos les ha provocado, efectos ocultos mientras el capital era gratis.

Si el lector cree que muchos de estos conceptos son aplicables a Uruguay, tiene razón. También con un formato diferido, a Argentina y a otros países, si se hurga. Pero eso no cambia los efectos locales, que son intransferibles y no se atenúan por la generalización de la irresponsabilidad.

Esta nota intenta salir al cruce del inexorable discurso: "cambiaron las condiciones externas", o "el déficit aumenta por la suba de tasas globales" y similares, que resonará en todos los ámbitos. Porque la crisis no se genera hoy, sino que se fue gestando a lo largo de varios años con un manejo presupuestario e ideológico populista y demagógico. La crisis no es la suba de la tasa, ni la escasez de capitales, ni las mayores exigencias de los acreedores. La crisis es lo que se elaboró prolijamente en 12 años, y para ponerlo en términos que los economistas estatistas aman usar, la crisis de deuda será endógena, no exógena. Es telúrica, nacional, socialista y popular.

Algo similar ocurre con la situación de la producción agropecuaria, golpeada antes por el azote del distribucionismo y ahora por el duro castigo de la naturaleza. Los países de todo signo y orientación política, que siempre se usan como ejemplo, crearon en los años únicos e irreproducibles de bonanza fondos billonarios para cuando llegara la época de las vacas flacas (sic), que cualquiera que haya pasado una semana en una chacra sabe que existen.

Para mostrar el error conceptual, deben recordarse los dichos del expresidente vitalicio Mujica, que reprochó a los productores no haber ahorrado en las épocas de grandes ingresos, que él mismo se ocupó de descremar con impuestos y celebradas concesiones laborales, mayores tarifas y subas de combustible.

Sin ninguna previsión para las malas épocas inherentes a la explotación del campo, un país dependiente de esa actividad está en manos de Dios. Dudoso asegurador de riesgo. Por supuesto que ahora se hablará de la crisis climática. Pero aquí valen las mismas reflexiones que en el endeudamiento: la crisis no se produce hoy, sino que es el efecto del redistribucionismo alevoso y resentido del estado-gobierno, que ganó elecciones, compró masivamente votos con fondos que debió ahorrar o dejar en manos de los productores y sacó patente de socialismo exitoso al mostrar una generosidad y un éxito de la perimida teoría comunista que ni el gran Stalin pudo exhibir.

La crisis del campo tampoco ocurre ahora. Lleva doce años ocurriendo. Se llama populismo. Porque el populismo es en definitiva una crisis que se incuba largo tiempo. No sólo en lo económico. En el acostumbramiento de toda la sociedad. Una parte de ella, a ser mantenida, a recibir dádivas y limosnas permanentes, a tener un ingreso garantizado por derecho divino, a no tener obligación alguna de contraprestación por el sueldo que recibe. A no tener que ahorrar, a culpar por su pobreza al que gana más y a esperar de él una indemnización permanente por su supuesta culpa. A arrasar con el derecho de propiedad y a veces con el derecho a secas. En ese paquete de tolerancia, acostumbra a ese sector a delinquir sin sufrir castigo, a esgrimir para todo uso sus derechos humanos, que no garantiza a los demás.

Y por último, lo convence de que no necesita educarse, de que su ingreso y su bienestar no dependen de su preparación. Y si acepta educarse formalmente, lo convence de que no necesita estudiar con ahínco para ser promovido o para recibirse. Descree de la eficiencia, del mérito, del esfuerzo, del ahorro y del trabajo. Y a veces de la honestidad. Transforma a una buena parte de la sociedad en una masa inculta y sin formación, sin ejercicio del razonamiento y solamente en pos de la satisfacción de necesidades inmediatas, precarias y obvias, como el perro que ladra si no recibe la ración de comida, que cree su derecho animal.

A su vez, convierte a la otra parte de la sociedad en un sector amargado, sin ganas de crear ni arriesgar, también resentido, enojado, a la defensiva, sin sentido de solidaridad ni de patria, ya que el otro ha pasado a ser su enemigo, un sentimiento recíproco.

Ese sector produce, crea, estudia, por costumbre, por ADN, porque no sabe hacer otra cosa. Es eficiente y honesto de milagro. Crea a pesar de todo. Invierte a pesar de todo. Da empleo pese a todo. Mientras dura. Mientras subsiste. Como las hormigas ciegas que luchan para defender el hormiguero hasta que mueren.

Ese sector cautivo y domesticado es esencial al populismo, que lo desprecia y denigra, pero lo necesita para chuparle la sangre. Y aun cuando el exprimido lo desplazara con sus votos, se enfrentaría a los paros, las huelgas, las manifestaciones populares, la resistencia antidemocrática que tan bien conoce Argentina, y que solo se insinúa aún en Uruguay, que vive una etapa previa. Esa mitad cautiva es sin embargo vital. De ella se nutre el populismo. Le saca sus sueños, sus ahorros, su espíritu, el fruto de su talento y su esfuerzo y los reparte hasta dejarla exangüe. Y si la deja vivir, es para poder seguir extrayendo sangre y leche, como a las vacas de los Masái keniatas.

Cuando este segmento de la sociedad se agota, se extingue o se convierte en una minoría escuálida e inútil para ordeñar, cuando ya no tiene recursos que quitarle, cuando se acaba el dinero para repartir, el populismo muere del peor de los modos. El pueblo se suele volver contra los populistas y se tiende a caer en los totalitarismos desesperados. Pero el drama no ocurre al final, sino que estaba latente desde el primer día. El resto fue sólo cuestión de tiempo.

La crisis – o las crisis– ya ocurrió en estos doce años. Ahora solo están por empezar a sentirse las consecuencias.

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