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Nacer en un hogar de clase baja o media baja no debería ser una condena. La historia del país y del mundo está llena de casos de individuos que desafiaron las probabilidades y, desde abajo, alcanzaron el éxito que muchos otros, que partieron de una posición más ventajosa en la escala de ingresos, no lograron alcanzar. Pero en el Uruguay de hoy, nacer en un hogar de bajos ingresos es más parecido a una condena que a un desafío. Esos niños arrancan un escalón más abajo y en un sistema educativo abandonado a su suerte por el poder político, donde el conflicto está instalado muy lejos de los alumnos y sus oportunidades, resulta ser un escalón muy grande.

Que la mitad de los niños uruguayos viva en el 20% de los hogares de menores ingresos me lleva a plantear algunas interrogantes. ¿Qué oportunidades tienen por delante los niños que en un futuro no muy lejano pasarán a ser la mitad de la población uruguaya, de la opinión pública, del electorado y de la fuerza de trabajo? ¿Serán capaces de alcanzar todo su potencial y contribuir a hacer de este un mejor país del que reciben? ¿O estarán limitados por su punto de partida, por una desigualdad que se esconde detrás de los grandes números que el país exhibe con orgullo y compara con éxito con los del resto de la región?
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Las estadísticas sobre la distribución de la infancia a través de los distintos quintiles de ingresos interpelan a las autoridades más que nunca respecto a las políticas educativas implementadas

El ingreso de sus padres no debería ser una condena para la mitad de los niños uruguayos. No debería, pero lo es. El mecanismo más poderoso para nivelar las oportunidades de esos niños, es la educación. Y no cualquier educación, sino la educación pública, la de la moña azul, la que no lleva uniforme con insignia, la única a la que se puede aspirar cuando los ingresos familiares no superan los $ 10 mil por integrante.

Las estadísticas sobre la distribución de la infancia a través de los distintos quintiles de ingresos interpelan a las autoridades más que nunca respecto a las políticas educativas implementadas desde que los partidos políticos retomaron el poder y en especial las de los últimos 10 años, cuando todas las condiciones estaban dadas para repensar la institucionalidad detrás de la educación uruguaya y crear un sistema que promueva la inserción social en vez de ensanchar la brecha de oportunidades.

Si bien el acceso a la educación primaria es prácticamente universal en el país, en el liceo la realidad cambia y la probabilidad de llegar hasta el final del bachillerato para un niño que vive en un hogar de ingresos bajos y medio bajos es apenas una fracción de la de aquellos que viven en los estratos económicos más altos.

Solo el 36% de los jóvenes uruguayos de entre 18 y 25 años se mantienen en el sistema educativo. Y una de las principales condicionantes viene dada por el ingreso de su familia, por ese escalón que los rezaga en el punto de partida. El 61% de los jóvenes de entre 14 y 29 años que no estudian ni trabajan pertenecen al 20% de los hogares de menores ingresos, al mismo 20% de las familias que cargan con la responsabilidad de criar a la mitad de los niños uruguayos. En tanto, el quintil de hogares de mayores ingresos está en una posición muy cómoda, lidiando solo con el 6% de la población infantil del país y con el 2% de los jóvenes que no estudian ni trabajan.

Mientras que la educación uruguaya siga expulsando a dos jóvenes por cada uno que retiene, (...) Uruguay estará condenado a ser un país de intentos frustrados por alcanzar el desarrollo

Mientras que la educación uruguaya siga expulsando a dos jóvenes por cada uno que retiene, con especial rechazo por aquellos que provienen de los hogares de menores ingresos; mientras que la educación pública siga discriminando entre quienes tienen y quienes no, Uruguay estará condenado a ser un país de intentos frustrados por alcanzar el desarrollo.

Con una población de baja calificación –la mitad de los trabajadores uruguayos no superan los 10 años de educación– es imposible aspirar a los salarios del primer mundo. La baja productividad nos lleva al absurdo de que, cuando hablamos del quintil más rico de la población, del 20% de las familias que ganan más en el país, estamos refiriéndonos a los hogares que perciben por encima de $ 62 mil por mes entre todos sus integrantes.

La izquierda uruguaya no ha comprendido que la batalla por igualar la balanza no se gana en el terreno de los salarios, de los impuestos a las actividades económicas o del rechazo a los tratados de comercio internacional, sino en el campo de la educación, donde no ha sabido jugarse la voluntad y el capital político. Es un frente olvidado en el que agoniza, fuera de la agenda política, el Uruguay que pudo haber sido y no será.


NOTA DEL AUTOR: El presente informe fue actualizado debido a un error en algunos de los valores manejados. Por más detalles, consulte la siguiente aclaración.
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Comercio Educación Impuestos salarios Economía y Empresas

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