La extraordinaria peripecia del uruguayo Alberto Domínguez
La hija del único compatriota muerto el 11S volvió a revivir aquel doloroso día
Según el Reporte de la Comisión del 11 de setiembre, el avión despegó de la pista del aeropuerto de Boston a las 7.59, con 81 pasajeros a bordo y 38 mil litros de combustible. Domínguez viajaba en clase business (donde también iban los secuestradores), en el asiento 11-J, apenas tres filas detrás de Mohamed Atta, quien iba sentado en el 8D, e inmediatamente detrás de Satam al-Suqami, quien tenía el asiento 10B.
Ciclismo y radio
Alberto Domínguez había nacido en Montevideo el 12 de julio de 1934. Vivió en el Buceo y se recibió de técnico-electricista. Desde los 16 años trabajó como electricista para la Intendencia de Montevideo, hasta que emigró a Australia en 1973. En 1955 casó con Marta Barboza, con quien tuvo cuatro hijos: Alberto (hoy 55), Álvaro (53), Virginia (51) y Diego (43).
Domínguez fue un ciclista destacado en Uruguay. Corrió por el Club Ciclista América, y luego pasó al Club Unión Ciclista, con el que se consagró Campeón Nacional de Velocidad en 1953. Representó a Uruguay en competencias internacionales y en 1959 vistió la celeste en los Juegos Panamericanos de Chicago “Como deportista era un fenómeno –recuerda Walter Cabral con quien integró una dupla imbatible-. Y como persona, un tipo muy alegre y un excelente compañero, siempre dispuesto a darle una mano a todo el mundo”.
Domínguez emigró a Australia con su esposa y sus hijos, en noviembre de 1973, con 40 años, y se radicó en Sydney, donde trabajó para la compañía de ferrocarriles estatales, y luego pasó a la aerolínea Qantas. Pronto se convirtió en líder de la comunidad uruguaya en ese país, siempre ayudando a los uruguayos que llegaban, conduciendo programas de radio en español y fundando la asociación Uruguayos Unidos, que recaudaba fondos para hospitales, policlínicas y escuelas del Uruguay.
En Australia tuvo exitosos programas de radio en español desde los que conectaba a los uruguayos o los juntaba a ver partidos de fútbol. “Imaginate, cientos de uruguayos llegando todos a medianoche a mi casa. Para ellos (los australianos) era inconcebible una cosa así”, dice Virginia entre risas. “A veces pienso que ese era su destino: Él era un hombre extraordinario y se fue de este mundo de una manera extraordinaria”, concluye su hija.
Los momentos finales
Posiblemente luego de escuchar a Atta por los parlantes del avión aquel 11 de septiembre, Domínguez haya advertido que su vida comenzaba recorrer un camino más allá de lo ordinario.
Mientras Atta pedía calma, los secuestradores que habían quedado afuera de la cabina corrieron a todos los pasajeros hacia la parte de atrás del avión, mientras Atta desviaba el curso de la nave en dirección sur.
“Es horrible saber que tu padre estaba exactamente ahí, en medio de los terroristas, y que sufrió todos esos momentos de angustia antes de morir”, dice Virginia, quien después del atentado sufrió un tiempo de ataques de pánico, por los que debió ser tratada, y por muchos años no podía tomarse un tren expreso (sin paradas) ni subirse a un ascensor.
A las 8:43 Mohamed Atta completó el giro hacia Manhattan y tres minutos después, a las 8.46, estrelló el Boeing 767 contra la Torre Norte, a una velocidad de 466 millas por hora (750 km/h), entre los pisos 93 y 99.
Un duelo inverosímil
Aquel día la hija de Domínguez estaba en Sydney, donde ya era de noche, con una diferencia de 14 horas con Nueva York.
“Yo llegué del cine a las 11 menos cuarto de la noche –recuerda Virginia–. Prendí la tele y empecé a ver todas las imágenes (del atentado). Y al principio, como todo el mundo, pensé que se trataba de una película”.
Minutos después recibió una llamada de su hermano Álvaro, quien le mencionó la posibilidad de que el padre fuera en uno de los aviones del múltiple atentado. Pero ella no lo creyó posible en ese momento.
“Igual empecé a llamar a mi tía Milka a Boston, pero nadie contestaba. Llamaba a la hot line de American Airlines y las líneas estaban colapsadas. Llamaba a todas partes y nada. Hasta que finalmente Álvaro me volvió a llamar para decirme que Freddy lo había llamado de Boston y le había confirmado que papá iba en ese vuelo”, recuerda.
Minutos después, su tía Reina Domínguez (hermana de Alberto) la llamó llorando desde Montevideo para decirle que la televisión uruguaya ya había anunciado la muerte de su padre.
“Me extrañó mucho, porque en Australia y en la mayoría de los países, en casos de accidente, llaman primero a los familiares antes de difundir la noticia con nombre y apellido”, dice Virginia.
Para la familia fue un duelo muy complicado: “Era rarísimo ver todas aquellas imágenes y saber que ahí terminó su vida. Por un lado querés ver y saber, y al mismo tiempo es un dolor indescriptible. No podías vivir el duelo normalmente por todo lo que estaba pasando. Todas las noticias de aquella tragedia inimaginable por un lado, y por el otro la irrealidad de perder a tu padre… Toda la prensa, la televisión y todos los medios acampando afuera de tu casa, los teléfonos sonando sin parar y el dolor… Fueron tres días surrealistas”, recuerda.
Y luego, cada año, con cada aniversario de la tragedia, para la familia era pasar por lo mismo una y otra vez. “Lo tenés que separar, porque recordar la muerte de tu padre, algo tan íntimo, con todo este circo alrededor es horrible”, dice Virginia.
Noellia Scarone, la hija de Virginia, fue criada en gran parte por su abuelo, ya que Virginia se divorció de su esposo cuando la niña era pequeña, y el padre se mudó a España. El abuelo se convirtió así en una figura paterna muy fuerte para la niña.
“Cada año, el 11 de setiembre, me veo desbordada y aplastada por todas estas imágenes de mi abuelo muriendo”, dice Noelia. “Es ver a la persona que significa todo para mí, morir una y otra vez, una y otra vez…”.
Alberto Domínguez era a la vez un padre sobreprotector y el que mantenía a la familia unida, con las reuniones y asados frecuentes que organizaba en su casa de Sydney. “Era el cemento de la familia. Nosotros pasamos cinco años para volver a la normalidad”, explica Virginia. “Dejó un hueco enorme y no sabés a quién culpar. Y a la vez no te podés ayudar entre unos y otros porque cada uno tiene su propio dolor. Entonces, lleva un tiempo; es un proceso”.
Cuando se le pregunta por los terroristas, Virginia dice no guardarles rencor, pero sintió alivio cuando mataron a Osama bin Laden: “Me sorprendía a mí misma de sentir ese alivio por la muerte de alguien; pero yo hubiera preferido que lo hubieran capturado y lo hubieran procesado en corte, sobre todo para tener respuestas a muchas de las preguntas que nos hacemos sobre ese día”.
Virginia prefiere no hablar de la compensación que el gobierno de Estados Unidos pagó a su familia por la pérdida sufrida, pero recuerda una discusión que tuvo con Kenneth Feinberg, el funcionario designado poco después de los atentados, por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, para manejar el Fondo de Compensación a las Víctimas del 11 de Setiembre.
“Él ponía precio a cada vida de acuerdo a la edad de las víctimas, el salario que percibían en vida, su estado de salud y otras consideraciones de carácter económico. Y yo le decía que no, que todas las vidas debían valer lo mismo, fuera joven, viejo o como fuera”.
Con todo, la familia dice haberse sentido muy apoyada por el gobierno norteamericano, lo mismo que por el australiano. El que nunca los contactó ni se hizo presente en todos estos años, ni siquiera inmediatamente después de la tragedia, fue el gobierno uruguayo.
La familia entera participará hoy en los actos por el décimo aniversario de los atentados en Nueva York, y luego llevará los restos de Domínguez a Australia. Los restos fueron encontrados recién en 2007 en el techo de un edificio en Liberty Street, al sur de Manhattan, muy cerca de donde se encontraban las Torres Gemelas. “Espero que esto sea como una clausura para mi familia, una forma de cerrar un capítulo muy doloroso en nuestras vidas y que ha durado 10 largos años”, dice Virginia.