Miguel entró este viernes a la sala de audiencias de la sede de juzgados penales de Montevideo con los brazos dispuestos hacia atrás y las muñecas de ambas manos enfrentadas como si llevara esposas invisibles. Este hombre de más de 1,80 metros de altura, 47 años, pelo canoso y ojos azules, observó a su alrededor un instante antes de sentarse en la silla de los acusados, donde la fiscal de homicidios, Mirta Morales, acabaría logrando que se le imputara un delito de homicidio muy especialmente agravado en calidad de coautor, luego de que admitiera haberle pagado $ 50.000 pesos a un sicario para que matara a su hermano, el policía Javier de María.
A su izquierda -separado por una de las abogadas defensoras que participaban en la audiencia- observaba serio, y visiblemente molesto, el joven de 28 años, cuerpo robusto y casi 1,70 metros de altura, que el pasado miércoles presuntamente habría abordado a De María para matarlo. El efectivo policial, que en ese entonces estaba entrando su auto Nissan de color rojo en un garaje de la calle José Hernández (en La Blanqueada), pudo ver al sicario un instante, atinó a sacar su arma de reglamento, pero no pudo apuntar, ya que su asesino fue más rápido.
“¿Cuál es su dirección?”, le preguntó la jueza María Noel Odriozola a Miguel. El hombre se llevó la mano a la cabeza, pellizcó su frente en busca de una respuesta, y tras dudar algunos segundos, no tuvo más remedio que admitir que no recordaba el número de puerta de su casa. La fiscal del caso, Mirta Morales, mencionó entonces la dirección que la Fiscalía tenía registrada, pero el presunto autor intelectual del crimen dijo que hacía un tiempo que no vivía ahí, y balbuceó una explicación que cortó en seco al decir: “Es una historia larga…”.
De la pelea al homicidio
Cuotas impagas de un auto que compró uno para que lo usara el otro, desacuerdo en torno a las propiedades heredadas del padre que murió hace pocos años, una novia ucraniana, la desesperación por dejar el país, una madre en el medio de la lucha entre hermanos que terminó con golpes de puños y denuncias cruzadas. La historia de enfrentamientos entre Miguel y Javier, también es larga.
Los conflictos de los De María se intensificaron en 2017, un año después de que muriera su padre, y los hermanos comenzaran a disputarse la herencia. El patrimonio consistía en varios inmuebles y un auto, el Nissan rojo que Javier dejó encendido y con las balizas puestas, aquel día en que fue asesinado.
Para la familia, en setiembre la relación entre ambos acabó de romperse por completo luego de que Javier decidiera comprar un auto para que Miguel pudiera trabajar como chofer de Uber. El acuerdo consistía en que el ahora imputado por homicidio debía pagar las cuotas con el dinero que ganaría trabajando.
Sin embargo, en determinado momento decidió que ya había dado dinero suficiente –aunque solo había logrado pagar la mitad-. Por esta razón el policía resolvió quedarse con el auto –ya que estaba a su nombre-, lo que desató la furia de su hermano.
Una denuncia policial de setiembre de 2017 da cuenta de que Miguel golpeó a la madre de ambos mientras discutía con ella sobre el auto, y una segunda denuncia –presentada por Miguel– refiere a que Javier –que vivía en otro apartamento del mismo edificio– intercedió en la pelea y le pegó a su hermano. Por esta denuncia, el Ministerio del Interior inició el protocolo que tiene previsto cuando los policías son denunciados por violencia doméstica, y Javier fue desarmado mientras se investigaba lo que había ocurrido.
Las peleas siguieron: Miguel quería ahora vender el apartamento en el que vivía con la madre de ambos, aunque una cláusula en el contrato impedía que eso ocurriera porque estaba detallado que esa propiedad no podía ser vendida mientras viviera la mujer. Pero Miguel se salió con la suya: convenció a su madre y la hizo firmar consintiendo la venta.
Sin embargo, el afán de este hermano por hacerse de dinero no se detuvo: luego de ponerse de novio con una ucraniana –a quien había conocido por internet–, apuntó a otra propiedad de la familia, cuya mitad pertenecía a los hijos de De María; la otra, a un socio del padre fallecido. Ahora, decía Miguel, quería esa plata para irse a Ucrania a vivir con la novia.
Los errores del fratricida
El 25 de enero Miguel alquiló un auto Nissan Sentra de color gris. Luego, se puso en contacto con el joven de 28 años y sin antecedentes penales, al que le ofreció $50.000 para “darle un susto al hermano”.
El día del crimen, Miguel fue en el auto alquilado a buscar al sicario a su casa. Luego se dirigieron a la zona donde vivía Javier y esperaron hasta que salió el policía. Durante esa espera el sicario se dirigió a un autoservicio para comprar un refresco, y quedó grabado en una de las cámaras de seguridad del comercio.
Finalmente, Javier apareció. Sacó el Nissan rojo del garaje, y el asesino se escabulló hacia su víctima, aprovechando un momento de distracción para matarlo a sangre fría. Luego, se fugó con Miguel en el auto alquilado.
Tras el crimen, Miguel dejó al sicario en su casa y, luego de sacar $ 35 mil en un cajero del Montevideo Shopping, comenzó a viajar rumbo a Colonia en el mismo vehículo. Un familiar llamó a Miguel a las pocas horas para darle la noticia de que su hermano había muerto. Miguel le contestó que no podía hacer nada, que tenía “otras cosas que hacer”, y que en lo personal ya “había perdonado a su hermano”.
A las 19.30 del 30 de enero llegó al peaje de Cufré –ubicado en la ruta 1, poco antes de llegar a Nueva Helvecia–, se bajó del vehículo y comenzó a decirle a un grupo de policías que habían matado a su hermano, y que estaba dispuesto a pagarle a quien fuera capaz de atrapar al asesino.
Los efectivos, luego de dos horas de conversación en la que trataron de tranquilizarlo, contaron fuentes a El Observador, le sugirieron que por esa noche dejara de conducir y se fuera a descansar al Hotel Suizo, en Nueva Helvecia. Además avisaron a las autoridades sobre la situación sospechosa de que un familiar directo de un hombre ejecutado se estuviera alejando el mismo día de Montevideo.
En la capital, la fiscalía solicitó citar a Miguel como testigo, dado los antecedentes de enfrentamiento entre los hermanos. Una vez estuvo en Montevideo, la fiscalía supo que el auto de alquiler que manejaba Miguel tenía un sistema un sistema de GPS que registraba todas las rutas que el vehículo había tomado. Fue así que pasó de testigo a indagado, ya que el auto había estado en el momento del crimen y había seguido las mismas rutas que el auto que los investigadores tenían como sospechoso en base a la declaración de testigos. En el vehículo también se encontraron las huellas dactilares del sicario, que fue detenido de forma fortuita por la policía el jueves, cuando en un patrullaje de rutina le incautaron un arma que llevaba en un morral y sobre la cual no tenía documentación.
Con todas estas pruebas en su contra, el sicario y su empleador fueron imputados por un delito de homicidio muy especialmente agravado y enviados a la cárcel con prisión preventiva por 180 días. Al terminal la audiencia, Miguel empezó a conversar con su abogada y trató de explicar las razones de su crimen. Recordó viejas peleas con su hermano muerto, y lo acusó de haberlo “estafado”.
La defensa de Miguel solicitó pericias psicológicas para ver si tiene una capacidad mental “disminuida”, y determinar si tiene o no alguna “enfermedad alienante” puesto que muestra “manías persecutorias”. “Yo simplemente quería que se fuera de mi vida, me estafó y mi familia siempre quería sacarme para afuera”, susurró Miguel a su abogada antes de que un policía lo retirara de la sala para llevarlo tras las rejas. Por su crimen, Miguel podrá estar encerrado hasta 30 años.