ver más

Cuando el actual presidente Mujica era ministro de Ganadería en el gobierno anterior consideró que el asado estaba caro. Expresó que ese corte era importante para la gente pobre y se decidió a lanzarse en solitario en una campaña de baja forzada del precio que se conoció como “el asado del Pepe”.

En aquel entonces opiné en contra de ese esfuerzo por varias razones. En primer lugar, presionar empresarios para que bajen un producto porque un ministro lo quiere así es una malísima señal hacia el mundo de los negocios. El empresario enseguida piensa: ¿qué otro pedido más o menos amistoso va a venir después de este? ¿Será que hay que seguir invirtiendo fuerte en un país donde un ministro considera razonable pedir rebajas a los empresarios?

más Noticias
En segundo lugar, el mayor argumento contra aquella decisión es que no sirve para nada más que para preocupar a quienes tienen que invertir mucho para que a todos nos vaya bien.

Ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido, se puede mirar aquella medida con una visión más clara. Pregunto: ¿sirvió para algo aquello del asado del Pepe? No creo que nadie, ni el mismo Mujica, se levante ahora a decir que fue una gran idea con claros beneficios perdurables para la clase trabajadora. ¡Ni hablar!

Entonces, ¿para qué se hizo? Solo sirvió para mostrar que personas importantes del partido de gobierno no entienden el mercado, no comprenden la lógica de los negocios, no captan qué se precisa para que un país crezca mucho y bien.

Es importante entonces hacer escuela y volver a insistir una y otra vez en los conceptos que ya no tienen discusión en ningún lado serio del mundo (y en esa categoría incluyo a China y Rusia, que ya pasaron por todas las macanas imaginables en este terreno).

Primero: los precios suben si hay escasez y bajan si hay mucha oferta. Para que haya mucha oferta tiene que existir mucha inversión y para que exista mucha inversión hay que respetar las leyes y la propiedad privada. Segundo: para ayudar de verdad y para siempre a los pobres hay que facilitar que se creen muchos puestos de trabajo; así sube la demanda y a renglón seguido suben los salarios por la escasez. Para eso se precisa de nuevo que se invierta mucho, lo que se logra respetando las leyes y la propiedad privada, lo opuesto de tener ministros apretando empresarios.

Y ahora nos encontramos con la versión del “asado de Pepe” del segundo gobierno del Frente Amplio, en lo que se podría llamar la “canasta de Lorenzo”. Es cierto que la inflación se ha escapado de la meta, acercándose peligrosamente a los dos dígitos. Esto ha sucedido porque el gobierno gasta de más, manteniendo una política monetaria expansiva, mientras fogonea aumentos de salarios bien por encima de la inflación y de las subas de productividad del trabajo.

Para corregir esta evolución indeseable se pueden atacar las causas de la inflación o sea bajar el gasto público, frenar la expansión monetaria y enlentecer la suba de salarios, o jugar con los síntomas de la inflación, o sea amarrar temporalmente y a prepo algunos precios que pegan en el índice oficial.

Y aquí de nuevo tomamos el camino del Pepe: un ministro llamando a empresarios para que bajen 10% el precio de unos 200 productos porque él lo pide y congelen el resto de los artículos hasta fin de diciembre. Uruguay es un país en serio y en países en serio la inflación no se combate llamando a empresarios para que bajen precios por un rato.

Los supermercados, como toda empresa grande, tratan de evitar una confrontación directa con el gobierno. Lograran las rebajas pedidas por un rato y luego pasarán su factura. Los almacenes no podrán bajar porque nadie les hará un descuento y hasta es posible que proveedores fuertes les suban los precios para compensar la baja de las grandes superficies.

Y, oh sorpresa, los perjudicados serán los más pobres, que compran en almacenes aunque sea más caro porque hay libreta donde se anota la compra hasta que llegue el sueldo y donde les fraccionan cantidades chicas de alimentos para el consumo del día. Así que el gobierno va a manipular el resultado del índice de inflación oficial por dos meses, beneficiando a los ricos que compran en los supermercados y perjudicando a los pobres que compran en los almacenes.
Seguí leyendo