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La baja en el tipo de cambio se convirtió en una de las principales herramientas del gobierno para hacer frente a la inflación, con un efecto mucho más importante que el que tuvo el congelamiento de precios negociado por el Ministerio de Economía y la reducción de los incentivos a la toma de crédito con una política monetaria más contractiva.

El dato de inflación de noviembre fue decepcionante. A pesar de la ofensiva oficial, el alza interanual de los precios volvió a ubicarse por encima de 9%. Durante la segunda mitad del año, el dólar bajó 11,2%, de la mano de un creciente diferencial de tasas de referencia entre Uruguay y el resto del mundo -que alentó el ingreso de capitales-, y una mayor permisividad por parte del gobierno, que dejó caer el dólar prácticamente sin intervenir en los mercados y detener así la pérdida de competitividad.

Pero el dólar difícilmente pueda seguir bajando. Si bien la reciente apreciación del real en la vecina plaza, da un pequeño margen adicional, la pérdida de competitividad acumulada respecto al principal socio comercial del país, empieza a hacerse sentir y encima, a la puerta de una nueva temporada turística.

A la luz de las declaraciones de los miembros del equipo económico la semana pasada, puede concluirse que el problema de la inflación para el gobierno es de carácter coyuntural y que su "principal preocupación" no es encauzar la evolución de los precios al rango objetivo, sino bajarla del 9%, pero no mucho más.

A la luz de los nuevos datos, los expertos corrigen sus expectativas de inflación y tienden a ubicarse por encima de 8% en buena parte del próximo año. El cierre de 2012 es relevante debido a que influye directamente en los correctivos salariales de enero y ahí se juega una de las principales presiones sobre la demanda y los costos para el próximo año.

Ninguno de los agentes involucrados en la formación de precios tiene la voluntad de dar marcha atrás y el gobierno parece haberse quedado sin herramientas. Un déficit fiscal de 2,8% ata las manos de las autoridades para sostener las tarifas o incluso reducirlas, mientras que una política monetaria más contractiva debilitaría más la competitividad de precios. El equipo económico sostuvo en ACDE que una mayor ofensiva contra la inflación podría comprometer el crecimiento del próximo año, con lo cual difícilmente se haga uso de la tasa de referencia para contribuir a la estabilización de los precios.

Tal como luce el panorama, la batalla contra la inflación parece estar perdida, al menos por ahora. Deberemos acostumbrarnos -si ya no lo estamos- a una inflación de entre 7% y 9% por un período prolongado. Al fin y al cabo, como suele resaltar a modo de consuelo el equipo económico, las hemos vivido peores.
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