La lluvia cae sobre Salto
En "Tanta agua" se desarrolla un drama familiar con humor, al mismo tiempo que una historia de maduración adolescente
Alberto (Néstor Guzzini), padre divorciado, lleva a sus dos hijos, Lucía (Malú Chouza) y Federico (Joaquín Castiglioni), a una semana de vacaciones en las termas del Arapey, en Salto. La relación padre-hijos se nota tensa, en especial con Lucía, quien ya es una adolescente. No ayuda a los propósitos de Alberto la permanente lluvia que se desata sobre ellos, condenados a pasar una semana en un chalé que ha visto mejores épocas, sin televisión y con piscinas cerradas por amenaza de tormenta eléctrica.
Pero lo que se presenta como un conflicto familiar ya visto muchas veces antes (la mala relación del padre con la hija que el proceso ayuda a mejorar) pronto da un contundente timonazo y se centra casi que absolutamente en Lucía. De hecho, la película comienza siguiendo a Alberto para luego asumirlo como secundario –el más importante, eso sí– en la historia de su hija. Lucía no tiene más de 14 o 15 años y la semana bajo la lluvia perenne le servirá de iniciación y maduración, ya que conocerá nuevas amigas, tendrá un interés amoroso, se emborrachará, se decepcionará y, también, mejorará la relación con su padre.
Esta nueva película de Control Z (la última de la productora, según se comenta) cumple con el estilo –evidente, pero discutido por la propia productora– de sus películas: una historia mínima, narrada sin estridencias, que impacientará de seguro a los amantes del cine vertiginoso. A primera vista, podemos creer que nos encontramos con una versión de Whisky (Stoll & Rebella, 2004) cambiando el trío de veteranos conflictivos por una familia joven de similar talante y la decadente Piriápolis por un decadente Salto, pero Tanta agua va bastante más allá de esto. No es una película lenta o que se estanque. De hecho, a lo largo de toda su historia hay ordenados pequeños conflictos que van estallando y que, a su vez, impulsan la trama. Hay una narración con buen pulso, una fotografía estupenda a cargo de María José Secco –quien ya destacara el año pasado en este rol con La demora– y una historia construida muy sólidamente que no cae jamás en lugares comunes.
Pero por encima de todo, lo que más funciona en esta historia son sus dos protagónicos. La imponente construcción del personaje de Alberto, cargada de pequeños detalles, gestos de humor, mezquindades e incluso violencia por momentos, no tiene fallos. No se queda atrás –de hecho, se come la película– la debutante Malú Chouza. Tanta agua no tarda en girar su objetivo y centrarse en su personaje, Lucía, y en cómo va progresando de personaje secundario a protagonista, de niña que ya no lo es más a joven que conoce nuevas experiencias, cambio que define no pocos problemas para su padre, cada vez más complicado en relacionarse con su hija ya no tan niña. Ellos dos, junto al niño Castiglioni, crean un núcleo familiar tan creíble como querible, y la química que se desarrolla entre ellos (clara en una notable escena escatológica en la que juegan con la comida) es absolutamente convincente.
Como nota al margen, es destacable que las últimas producciones de cine uruguayo –esta que aquí nos ocupa junto con las recientes Rincón de Darwin y, muy especialmente, Anina– muestren un acabado técnico profesional que las aleja por completo del amateurismo y evidencian un resultado conseguido a fuerza de una industria cinematográfica que ha seguido trabajando durante los últimos años. Que el axioma “es buena para ser uruguaya” se haya tornado caduco y aparezcan cada vez más películas que son buenas y punto, sin ninguna condescendencia necesaria, sigue siendo un buen síntoma. Y Tanta agua es una de ellas.