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Hace unos años, el escritor portugués José Saramago escribió que los shopping-centers cumplen el papel de las cavernas prehistóricas, como lugar de encuentro de la tribu, como centro de refugio ante las inclemencias del clima, como santuario de conexión con lo sagrado.

Salvando las distancias, un día de lluvia en Punta del Este puede ser comparable con el símil del Nobel portugués: el Punta Shopping y los grandes supermercados del balneario (que son mucho más que gigantes almacenes, ya que ofrecen otros múltiples servicios) reciben a la mayor parte de los turistas de temporada, que ante la ausencia de programa playero, acuden a los centros comerciales de forma masiva. El shopping como lugar de encuentro, el shopping como techo ante la lluvia. Lo sagrado fue sustituido por el consumo.

La lluvia además junta a la familia. En muchos casos, las compras las realizan los padres o las empleadas. Pero en estos casos, las familias enteras se trasladan hasta los supermercados.

La aglomeración de gente provoca algunos inconvenientes en el tránsito en los alrededores del shopping de Roosevelt y parada 7. La aglomeración no solo es externa, sino también interna. Las mismas colas de autos frente a los semáforos de Roosevelt se producen con los carritos frente a las cajas.

Pero más allá de las dificultades, la gente llega a su objetivo. Y el ruido de las cajas registradoras leyendo códigos de barra de los productos compite con el crepitar de las gotas en el techo del shopping.

Este verano 2010 el Punta Shopping presenta un amplia reforma que lo ha hecho casi duplicar el espacio comercial, robándole terreno al estacionamiento.

“La lluvia tradicionalmente favorece el consumo en Punta del Este”, dijo un comerciante dueño de una casa de venta de juguetes.

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