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En alto acantilado de piedra granítica que a la hora del atardecer refulge en tonos salmón. Allá abajo las olas cierran la mitad superior de la imagen como un telón azul profundo, una cortina que con los golpes de las olas contra las rocas tuviera terminaciones blancas de espuma. En el medio entre esos dos lienzos de colores casi complementarios hay miles de lobos marinos. Unos 200.000 aproximadamente, que chillan y gritan en su propio idioma, en la colonia más grande del mundo de esta especie. La cámara, en una grúa aérea, hace un paneo y entonces a lo lejos sobre el horizonte, a través del vaho salino y grisáceo que levanta el viento del Atlántico, se ve el skyline de Punta del Este compuesto del perfil de los edificios y las torres alrededor de la península.

El acantilado en cuestión está en la cara sur de la isla de Lobos, un sitio a pocos kilómetros de Gorlero pero casi desconocido, que se hace presente en la pantalla gracias a la curiosidad cinematográfica de Guillermo Kloetzer, director del documental Manual del macho alfa.

La imagen capta la inmensidad de la bóveda celeste, el sol que se pone, las nubes que se ciernen sobre la isla. El hombre solo filma.

Me detuve todas estas líneas en ese plano porque tiene tal contenido de limpieza visual y simbólica que es un viraje en lo que hasta ahora habíamos visto en el cine nacional. Qué lindo cambiar de aires. Qué bueno no enfrascarse de nuevo dentro de otra historia de treintañeros montevideanos con problemas existenciales. Qué bueno romper los muros invisibles de una ciudad que bien puede funcionar como inspiración como también puede ser una cárcel creativa que filma sus propias miserias con excesiva obsesión.

La película de Kloetzer, cineasta y biólogo, con el apoyo técnico de otros cineastas y biólogos (como la excelente fotografía de Marcelo Casacuberta), es buena por original, por iniciar un camino dentro del documental en Uruguay. Pero el mérito no es solo por esta voluntad creativa adánica de plantar la cámara por primera vez en isla de Lobos y mostrar lo que ahí sucede.

El documental va más allá desde el punto de vista dramático en el trabajo de filmación de los animales y, por esta causa, en el encuentro de situaciones dignas del aplauso. Si bien hay guiños a la especie humana y a sus formas de conseguir pareja, la película básicamente cuenta la historia de dos lobitos y un león marino que nacen en la colonia de Lobos y que deben realizar determinados pasos, correctos o incorrectos, para transformarse en un macho alfa, un líder de una manada que arremolina a entre ocho y 10 hembras a su alrededor, con las que procrea de forma incesante en la época del celo.

El documental recrea con precisión y crudeza cada etapa de la vida de los lobitos, desde la delicadeza y la ternura de su nacimiento y los primeros cuidados de las madres, hasta las muertes de algunos cachorros, las gaviotas picándoles los ojos, los machos de león marino copulando y matando a las lobas, así como la constatación de una rareza de la naturaleza que la ciencia todavía ignora: la existencia en la isla de híbridos, ejemplares mezcla de lobos y león marino.

Y capta situaciones increíbles, como cuando el lobito ya creció y ahora tiene un año y debe dejar de mamar para pasar a comer pescado. Su madre amamanta a su pequeño hermano y por lo tanto rechaza al primero. El intercambio de gritos y miradas entre la madre y los dos hijos es un momento soberbio de la película, tan salvaje pero tan parecido a lo que nos ocurre como humanos.

A nivel sonoro la música instrumental de Maximiliano Silvera le agrega un toque emotivo a escenas que simplemente muestran a los animales en acción y la voz en off del actor César Troncoso, con una entonación y léxico que por momentos parecen propios de los informativos peronistas de la década de 1950, describe y acompaña algunos puntos del camino de los lobos hacia su adultez. Quizás el punto más flojo de la película es el exceso vocal de Troncoso, que no sale nunca de su tono simpático y por momentos jocoso, y en determinadas escenas rompe la profundidad y el dramatismo de lo que se ve.

De todos modos el resultado golobal es muy positivo y abre un abanico de posibilidades para un género que cuando se realiza con calidad, como es el caso, toca vetas de emoción y de plasticidad.
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