En el cine podría argumentarse que si una comedia hace reír y un drama hace llorar, entonces la película cumple con el objetivo que se ha propuesto. No obstante, no deja de ser molesta la sensación de subestimación que se experimenta cuando cada lágrima parece arrancada cual saliva de perro de Pávlov (La vida es bella puede ser un ejemplo de esto), o cuando cada carcajada repiquetea como el eco de un humor lineal y primitivo. Es una sensación extraña, pero la reacción está allí: la película logra su propósito y el espectador sale del cine con visible emoción, pero aun así sintiéndose traicionado.
La miseria de la emoción impuesta
Los Miserables de Tom Hooper cuenta con buenas actuaciones y logra su fin de hacer llorar, pero no convence