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Unas horas antes de que los beats de David Guetta retumbaran en El Jagüel, la noche de Punta del Este ya poseía varios de los toques del divismo que invaden la península en estos días de verano.

La noche del 3 de enero se cargó de eventos como un carrito de supermercado y diferentes fiestas e inauguraciones se acumularon en la grilla de actividades . Poco rato después de la caída del sol, todas las fichas glam estaban puestas en el complejo de edificios Imperiale, enfrente a los populares dedos de la playa Brava, donde el estudio WSW festejaba la inauguración de su segunda torre.

Para la ocasión, sirvió como escenario el enorme espacio común entre las torres, donde se destaca una gran piscina coronada por una fuente de agua en el centro. Pero el público -compuesto por invitados “exteriores” y por propietarios del condominio- solo esperaba la presencia estelar de Susana Giménez (dueña de un apartamento en la torre One de la avenida Roosevelt, también creación de WSW).

Sobre las 10 de la noche, la conductora argentina apareció en la fiesta con un fino vestido que dejaba sus brazos y parte de sus hombros al desnudo. A sus sesenta y largos años, la diva de pelo platinado sigue generando entre sus admiradores una euforia comprable a la de un rockero. Su sola presencia en el evento eclipsó los juegos de luces que se proyectaban sobre las fachadas de estilo neo romano veraniego y la música de la DJ Paola Dalto, quien desde un escenario animaba el brindis.

Teté Coustarot hizo de presentadora, la cedió la palabra a los responsables de Imperiale y pidió un aplauso para su amiga Susana. A partir de entonces, todo el sentido de la fiesta empezó a torcerse hacia la invitada más especial.

Nueve chicas del Campus de Maldonado realizaron un espectáculo de nado sincronizado en la piscina y toda su coreografía (por momentos de reminiscencias “tinellescas”) se orientó hacia el vértice donde estaba Susana.

La estrella volvió a su sillón, se sacó fotos con decenas de fanáticos y fanáticas que le demoraron bastante la cena, y en el momento en que se abalanzó sobre la comida, otros dos guardias de seguridad altos y de sacos oscuros se colocaron como muralla para impedir que la gente tomara imágenes de Susana en alguna pose alimenticia desfavorable.

Jugo de naranja

Para cuando culminó la fiesta de Imperiale, la noche todavía era joven. A pocas cuadras de allí, la fiesta naranja del Hotel Conrad (ese fue el dress code de este año en el popular cinco estrellas) acumulaba gente dentro del inmenso hall que da a Bulevar Artigas. La flor y nata del jet set argentino (y su cohorte de periodistas faranduleros) pululaba por sobre el alfombrado como abejas buscando polen.

La experiencia trae reflejos que se vuelven casi innatos para las caras del verano. Por ejemplo, Graciela Alfano, mientras es entrevistada para un canal argentino y realiza declaraciones, escucha el ruido de un smartphone que le saca una foto e instintivamente lanza una guiñada seductora, no solo en la dirección de la foto, sino que precisamente a quien la sacó. Con una minifalda exigente y las uñas pintadas de naranja, Alfano dejó claro por qué todavía sigue dando que hablar en los medios. María Eugenia Ritó, Gabriel Corrado y el ubicuo Pancho Dotto –con sus infaltables chicas que le revolotean en órbita- también pusieron el rostro para las cámaras de TV, las fotos profesionales y las caseras.

Antes de los clásicos sorteos, un pequeño desfile de chicas en minibikinis anaranjados le cortó la digestión a varios de los que se habían zampado unas deliciosas hamburguesas de camarón, uno de los platos gourmet de la noche.
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