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"Esta es la tierra de las oportunidades, esta es América”, dice Jordan Belfort, micrófono en mano y tono de predicador, en una de las charlas motivacionales que da a sus empleados en Wall Street para que estafen a sus clientes y les vendan bonos basura, mientras ellos se llenan de dinero.

El lobo de Wall Street, el último largometraje de Martin Scorsese –su película más potente en años y una de las más arriesgadas de toda su filmografía–, puede parecer por su temática diferente al resto de las cintas del director de 71 años. Pero mirándolo de cerca el filme es, en realidad, el corolario del leitmotiv del cineasta. Porque la tierra de las oportunidades es también la tierra de la especulación, la corrupción y, en definitiva, de la violencia.

Quizás por ello (además de por el tono, ya que esta vez Scorsese elige la comedia negra), El lobo de Wall Street recuerde tanto a la que sea seguramente su máxima obra maestra, Buenos muchachos, pese a que esta vez no se dispare un solo tiro. La cinta también remite a Pandillas de Nueva York, película que no fue muy bien recibida, pero que, sin embargo, es central en la filmografía del cineasta, ya que muestra los pies de barro sobre los que se yergue el sueño americano.

Un sueño, que Scorsese señala ahora y antes, está construido sobre un universo viril, egoísta y violento. No por nada, Jordan Belfort, –personificado con soltura y desparpajo por Leonardo Di Caprio, en el mejor papel de su carrera– motiva a sus empleados llamándolos “mis asesinos”, “mis
guerreros”.

Más sardónico que nunca

El lobo de Wall Street está basada en el primer libro autobiográfico de Belfort, broker de bolsa en la década de 1990 y fundador de la agencia de bonos basura Stratton Oakmont, quien entre las décadas de 1980 y 1990 acumuló una fortuna de millones de dólares y tuvo una vida de desenfreno que incluía una severa adicción a las drogas y al sexo. Su suerte cambió en 1998 cuando el FBI lo encarceló por fraude y lavado de dinero y pasó 22 meses en la cárcel, además de tener que devolver gran parte de los millones que había estafado. No obstante, en la tierra de las oportunidades, Belfort, de 51 años, sigue teniendo su estrella: cobra US$ 30.000 por cada charla motivacional que imparte, además del dinero que obtiene por el éxito de sus dos libros, que fueron traducidos en 18 idiomas.

La historia de Belfort es sin dudas excesiva y en manos de otro cineasta podría haberse transformado en un panfleto moralista o en una cinta vaciada de significado. Pero Scorsese no comete ninguno de estos errores. Que el director no se anda con chiquitas queda claro en la primera toma de la película, en la que se ve a Di Caprio aspirando cocaína de la cola de una prostituta. De ahí en más el neoyorquino se despacha con un filme de 179 minutos que deja con ganas de más (la cinta en principio tenía cuatro horas, razón por la cual el final se siente quizás un poco abrupto).

Pero de todos modos, Scorsese no se guarda nada y el resultado es una película cargada de fiereza, adrenalina y descontrol, que hace parecer bebés de pecho a los protagonistas de ¿Qué pasó ayer?.

Terence Winter (guionista de Los Soprano y creador de Boardwalk Empire, donde trabajó con Scorsese) realiza un trabajo lleno de humor pero con la sutileza suficiente para que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones. Scorsese, por su parte, utiliza todos los trucos que conoce (protagonista que le habla al espectador, pensamientos que se escuchan, cámara lenta) y con un excelente trabajo de edición y de banda sonora imbuye a la cinta de la energía de Buenos muchachos pero con un espíritu más tarantinesco.

Di Caprio, en su quinto trabajo con Scorsese, se merece el Oscar hace tiempo pero con esta actuación bordea la perfección. Su dupla con Jonah Hill, quien interpreta a su mano derecha, es desopilante (a la altura de otras de antología como la de Robert De Niro y Joe Pesci en Buenos muchachos). Pero hay otras escenas que son imborrables. Una es la conversación con el iniciador de Belfort en Wall Street Mark Hanna (interpretado por un genial Matthew McConaughey), y otra es la charla con el agente del FBI que personifica Kyle Chandler, que le da una pincelada de sutileza a un filme desbordante.

Esta excesividad que se sucede sin pausa ha sido criticada por varios periodistas en Estados Unidos, que consideran que la película vanagloria aquello que en realidad pretende criticar. Pero más allá de que si fuera por este criterio habría que desterrar cada cinta en la que se estetiza la violencia, Scorsese parece a la vuelta de su leitmotiv cinematográfico, y por ello se permite ser más sardónico, visceral y excesivo que nunca.
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