ver más

Ante mi preocupación acerca del empequeñecimiento de ciertos órganos del cuerpo con el paso del tiempo, incluso algunos que nunca fueron demasiado voluminosos, una amiga me hizo saber que, si bien muchas partes comienzan a achicarse después de cierta edad, las orejas crecen durante toda la vida, algo que no sabía.

Sin llegar a ser un consuelo, la novedad es más bien un alegato en contra de la inmortalidad, porque si viviéramos 1.000 años, seguramente tendríamos las orejas del tamaño de una sombrilla, lo que, además de resultar poco estético, sería un peligro los días de viento, tanto para uno como para el resto de los transeúntes, que no podrían circular tranquilos ante el peligro de que los golpee un viejo que viene volando.

Si esto de que las orejas crecen durante toda la vida es cierto, uno no puede sino preguntarse por qué otros órganos no lo hacen. Para empezar, por suerte. Si eso pasara con la nariz, a cierta altura de la existencia nos veríamos condenados a morir de sed pues el desproporcionado tamaño de la nariz impediría que pudiéramos usar un vaso. Y si hay algo que no quiero para cuando cumpla 60 años, es tener que beber con pajita, algo que debe dejarse de lado a cierta altura de la edad adulta.

Los pies dejan de crecer. Después que uno llevó a sus padres a la ruina por comprar zapatos que le quedaban chicos antes de gastarse, los pies detienen su crecimiento, más o menos a la misma edad en que el ser humano se independiza. La naturaleza no es tonta: sabe que un jovencito que recién aparece en el mercado laboral no se puede comprar zapatos cada tres meses, y detiene el crecimiento de los pies para que el muchacho pueda gastar su dinero en otro tipo de estupideces, que es en lo que generalmente se gasta el dinero a esa edad, y a cualquiera.

Para beneplácito de los fabricantes de celulares, las manos tampoco crecen eternamente. Ver cómo los dedos alcanzan el tamaño de una morcilla no es ni interesante, ni útil para nadie. Sobre todo para quienes desempeñan ciertas profesiones que los involucran. Nadie iría a un dentista de más de 40 años, y ni le digo en el caso de un proctólogo.

Algunos podrán pensar que el abdomen sí crece, pero no es así. Si bien la gravedad tiene mucho que ver, son el sedentarismo y las dietas políticamente incorrectas lo que hace que luego de determinada edad, la circunferencia de la cintura de algunas personas sea similar a la de una secuoya.

El pelo sí crece, pero lo cortamos, lo que no es recomendable en el caso de las orejas, sobre todo porque el crecimiento de estas es casi imperceptible, y no sabríamos bien dónde cortar. Un par de veces me ha sucedido que algún peluquero bisoño me haya cortado un poco de oreja, pero siempre supuse que esto se debía a la inexperiencia, y no a un verdadero intento por hacerme un bien. En cuanto al cabello, es prudente recordar que también se cae, lo que por suerte no sucede con las orejas, que son solo dos.

Las uñas también crecen toda la vida, para alegría de los fabricantes de limas y alicates. Los alicates para cortar uñas son el patito feo de la estética. Si bien casi todo el mundo los utiliza, pocos los exhiben con el mismo orgullo con que muestran un cepillo, y quienes los fabrican no los publicitan en televisión ni en ningún otro lado. Puede que el lector justifique el crecimiento permanente de las uñas aduciendo que sirven para algo, pero ese razonamiento se viene abajo en cuanto se piensa en la del dedo chiquito del pie. Si alguien logra encontrarle sentido a esa uña, habrá resuelto uno de los más grandes dilemas de la humanidad.

Pero el asunto son las orejas. Las orejas crecen y crecen. Lo hacen muy de a poquito, de forma casi imperceptible, tanto que no es posible notarlo a no ser que se las mida cada dos o tres semanas, y pasados 20 o 30 años compare la tabla de mediciones.

Sin embargo, se ve que demoran mucho en adquirir el tamaño ideal, porque es recién después de bastantes años de vida que aprendemos que escuchar es una de las cosas más importantes que podemos hacer.
Seguí leyendo