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Una mansión desolada, una silla mecedora, muñecas de porcelana y juguetes de aspecto macabro. Puertas que se cierran, madera que cruje, ventanas que reflejan lo impensable. Niñas pálidas, música de calesita y hasta un cuervo, en homenaje a Edgar Allan Poe. Todo esto puebla La dama de negro, nueva película del joven director inglés James Watkins, pero mejor conocida por ser la cinta que representa el paso a la adultez del protagonista de Harry Potter, Daniel Radcliffe. Se trata de un largometraje en el que cada elemento parece dispuesto para que no falte ningún ingrediente a su receta de terror gótico sobrenatural. El filme no consigue, sin embargo, lograr un sabor original.

Es cierto que una película de factura clásica, ambientada a comienzos del siglo XX, que se distancie de la moda del gore y la supremacía de los vampiros y zombis new age, representa una bocanada de aire para el cine de terror. También lo es que, con su previsible guión, lo que la cinta logra es poco más que ser un correcto ejercicio de género, aunque con un resultado menos efectivo que otros largometrajes que beben de la misma fuente: Los otros, de Alejandro Amenábar, y El orfanato, de Alfonso Bayona.

Daniel Radcliffe interpreta a Arthur Kipps, un joven abogado, viudo y con un hijo de 4 años, quien, en orden de no perder su empleo, se ve obligado a abandonar Londres por unos días y viajar a un decrépito pueblo para resolver el papeleo de una mansión cuyo propietario ha fallecido. Pero cuando llega a la vieja y escalofriante casona descubre que no es bienvenido entre los lugareños y su inquietud no hace más que aumentar cuando vislumbra a una misteriosa mujer vestida de negro en la casa abandonada.

La estela de Radcliffe
La dama de negro es la segunda película de Watkins, tras el auspicioso debut con su cinta de terror realista Eden Lake (2008), que no se estrenó en el país, y fue protagonizada por el hoy renombrado Michael Fassbender (cuya interpretación de Carl Jung en Un método peligroso, de David Cronenberg, llegará pronto a los cines uruguayos).

Se trata de una nueva adaptación del libro escrito por Susan Hill en 1983, que posteriormente se convirtiera en obra teatral, filme televisivo y serie radiofónica. Representa también el lento resurgir de la mítica productora inglesa Hammer, iniciado en 2008, que vivió su apogeo entre la década de 1950 y la de 1970 de la mano de las sagas sobre Drácula, interpretado por Christopher Lee, y Frankenstein, personificado por Peter Cushing.

La dama de negro es, sin duda, el primer gran éxito de la productora, ya que el filme no solo ha multiplicado a la fecha ocho veces su costo de realización de US$ 15 millones, sino que se ha convertido en la película de terror inglesa más taquillera de los últimos 20 años. El verdadero artífice de este fenómeno, más allá de las virtudes que pueda tener el largometraje, no es otro que Daniel Radcliffe, el actor de 22 años, que demostró ser capaz de extender su estela taquillera más allá de la saga que lo llevó a la fama.

Mucho se ha hablado sobre si el joven intérprete logró o no trascender a su popular personaje en su primer trabajo cinematográfico post Harry Potter. Es cierto que la actuación de Radcliffe es contenida, de gestos poco expresivos, y que La dama de negro seguramente no sea la película que lo desencasille de su rol iniciático (hubiera sido más revelador, en este sentido, verlo en su papel teatral en Eqqus, como un joven con fascinación patológica por los caballos, o en una película ambientada en el siglo XXI y en un marco de estricta realidad).

Pero también es verdad que los ojos de Radcliffe –el cambio que significa verlo sin lentes es algo que el director ha sabido aprovechar muy bien– transmiten a la cinta una expresividad que logra mantener a flote las largas y excesivas escenas en las que se encuentra completamente solo en la tenebrosa mansión. Su apagada mirada, aquella de quien mira el mundo a través del vacío del duelo omnipresente, hacen creíble su impavidez y el hecho de que alguien en su sano juicio permanezca en esa mansión por tanto tiempo.

Las dos caras del miedo
La dama de negro cuenta además con excelentes actores secundarios, entre los que destaca la pareja de vecinos amistosos interpretada por Ciarán Hinds (quien ya compartió cartel con Radcliffe en Harry Potter y las Reliquias de la Muerte) y Jannet McTeer (nominada del Oscar por Albert Nobbs). Pero, en realidad, la verdadera coprotagonista de la cinta no es otra que la lúgubre mansión, abandonada a su suerte entre los oscuros recuerdos que la desgarran y la cantidad de macabros juguetes que la pueblan.

Watkins sabe como recorrerla con su cámara y, como en pocas películas, el espectador es invitado a husmear por casi todos los rincones de la casa embrujada. El problema es que son esas cuatro paredes las que resultan más terroríficas que el resto de elementos del filme, que no logra, en realidad, generar auténtico miedo más allá de los exagerados golpes de sonido con los que pretende hacer saltar al espectador de su asiento.

Más efectiva en este sentido, y también más arriesgada, fue la ópera prima de Watkins, Eden Lake, en el que una pareja que realiza una escapada romántica se encuentra con que el supuesto enclave idílico es en realidad un pueblo hostil jaqueado por una banda de chicos cargados de agresividad, y reminiscentes a El señor de las moscas.

Allí donde Eden Lake, en cambio, supo exorcizar el miedo inglés al hooligan y, a la vez, convertirse en un interesante ejercicio sobre el origen de una violencia espeluznante pero cercana, La dama de negro no lograr trascender como filme de terror y ser algo más que una efectiva pieza de dirección de arte, fotografía y banda sonora (a cargo de Marco Beltrami, un experimentado compositor del género).

Es posible que en tiempos como los actuales sea difícil que lo sobrenatural sea más terrorífico que el realismo. O es posible, también, que las películas se estén viciando cada vez más de su faceta nostálgica y meta cinematográfica –convirtiéndose, en ocasiones, en simples y maltrechos remakes– y de una obsesión por la forma que se olvida del fondo. En La dama de negro, James Watkins, un director al que de todos modos convendrá seguir de cerca, parece haber sido seducido por estos modernos postulados. Olvidó, sin embargo, en su honor al clasicismo y a Henry James, darle a la película otra vuelta de tuerca.
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