La primera barrera de contención social
Las policlínicas municipales en la periferia reciben mucho más que consultas sanitarias
En la policlínica municipal de La Teja circula un cuaderno con la carátula “Situaciones problemáticas”. No escriben consultas relacionadas con la salud, sino historias de usuarios o familias que ameritan un abordaje interinstitucional y que podrían ameritar la visita de la trabajadora social y la nurse en el domicilio.
“Hay situaciones muy duras que requieren un esfuerzo extraordinario, y la inseguridad y las drogas operan como un elemento de fractura, sobre todo en esas zonas. Pero el Estado no puede resolver esto solo, tiene que haber más participación social para revertir los núcleos duros de miseria y fractura social”, agregó.
La Intendencia tiene 25 policlínicas en la capital. Unos 400 funcionarios (entre médicos, enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales y administrativos) reciben 400 mil consultas anuales de usuarios que en su mayoría pertenecen a ASSE, y desde hace poco también a Sanidad Policial.
Por su parte, ASSE gestiona 13 centros de salud con puertas de emergencia en el área metropolitana, de los que dependen más de 150 pequeños policlínicos y consultorios. Todos estos centros, los municipales y los estatales, constituyen en Montevideo el primer nivel de atención de la salud pública y atienden a unas 80 mil personas.
Un faro en la oscuridad
Los médicos y enfermeros de las policlínicas muchas veces trabajan en el mismo centro desde hace 20 o 30 años. Conocen desde niños a los usuarios que ahora van con bebés. Los llaman por sus nombres, saben dónde viven, cuántos hijos tienen, si pueden leer o no. Los recibieron cuando estaban desesperados durante la crisis de 2002 y los vieron progresar en los años siguientes. Otras veces han sido testigos de familias de generaciones enteras que no han trabajado.
“Esta es una policlínica de referencia para la población de acá, que en general sabe ir de la casa a la escuela, de la escuela a la policlínica y de la policlínica a la casa”, reconoció Paula, una administrativa de la policlínica municipal de La Paloma.
En ese centro el personal asegura que la policlínica “es una gran familia”, que al mínimo “¿cómo estás?” le sigue un largo desahogo, y que es justamente ese vínculo el que permite un buen seguimiento de los problemas de cada uno.
Marcelo, el médico que coordina la policlínica de La Teja, confesó que en los momentos duros “hay que hacer de tripa corazón y no pensar en lo técnico, sino en ser un faro en medio de un lugar oscuro”.
A Teresa, coordinadora de la policlínica de La Paloma, las situaciones difíciles le resultan “innumerables”. No quiere ni acordarse de ciertas cosas que vivió y prefiere rescatar el trabajo de promoción y prevención que se hace allí. “No estamos todo el tiempo dando manotazos de ahogado en situaciones horribles, aunque tenemos de esas también”, expresó. Las policlínicas municipales no tienen emergencia, pero igual son el lugar al que llegan baleados, apuñalados o víctimas de accidentes de tránsito. Ellos hacen la primera atención y después derivan.
En La Teja, Marcelo reconoce que la policlínica sigue “el modelo “paternalista de dar y dar”, y cree que habría que cambiarlo. Pero mientras eso no suceda, seguirá enorgulleciéndose de que allí el que llega “consigue lo que quiere”, algo que no pasa en el mutualismo.