La propiedad de la tierra
Artículo de opinión publicado en El Observador Agropecuario
Recientemente el Movimiento de Participación Popular (MPP) dio a conocer sus puntos de vista respecto a la propiedad de la tierra. Siendo como es el partido más grande de la coalición de gobierno que tiene mayoría parlamentaria, sus ideas no son un asunto baladí. Según este grupo político, la propiedad de la tierra debe ser en alguna forma “corregida”, sea por reforma agraria o expropiaciones.
A su vez, el Instituto Nacional de Colonización (INC), institución que siempre me pareció valiosa para el país, en cabeza de su presidente Andrés Berterreche, también del MPP, considera que debemos avanzar más allá de la reforma agraria hacia el desarrollo rural. En este sentido, la idea ya no sería el viejo eslogan sesentista “la tierra (en propiedad se entiende) para quienes la trabajan” sino la tierra en propiedad social (estatizada se entiende) y arrendada a familias de bajos recursos o a asalariados rurales.
Gracias a Dios en Uruguay cada cual puede pensar y decir lo que quiere, así que está perfecto que existan grupos con una visión tan radical. Como obviamente es una concepción ideológica, no vale la pena discutir con los creyentes en esos conceptos; sería como discutir de religión, al fin es una cuestión de fe y cada cual debe vivir de acuerdo con la suya.
Pero esto no quiere decir que no valga la pena dar la batalla conceptual por el bien de la sociedad. Lo que subyace a esta diferencia de enfoques es algo muchísimo más importante que la propiedad de la tierra. Para mí, y para el Uruguay como lo conocemos y como esta definido en su Constitución, lo esencial a proteger es el individuo y en siguiente posición la familia.
La persona debe ser el centro de la protección de derechos y debe en consecuencia asumir sus correspondientes responsabilidades; debe hacerse cargo de su vida y criar dignamente una familia con su esfuerzo. Para otros, como la gente del MPP, esto no es así; el individuo es secundario y la familia también, lo importante como se dice ahora es el “colectivo”.
Esta visión lleva a un camino, gradual o violento, que termina en una sociedad colectivizada, donde el Estado, el “colectivo” mayor, hace todo, posee todo, y permite al individuo algunas libertades bien controladas y a cambio se ocupa de su vida y le da “soluciones” para todo. Conocemos muchos casos en la historia de experimentos sociales de este tipo. Quienes aceptaron cambiar la libertad por la seguridad terminaron sin libertad y sin seguridad. Y en un país cuyos héroes pelearon bajo la bandera Libertad o Muerte, nada se puede transar a cambio de la más total y absoluta libertad individual.
Pero volviendo al tema de la tierra, yo valoro mucho a las familias rurales, me crié entre ellas. Me siento afín a darles apoyos en estos tiempos tan competitivos. Como dije aprecio al INC como una herramienta valiosa para dar respaldos bajo una estrategia clara y bien focalizada.
Pero también hay que preguntar: ¿por qué la sociedad a través de impuestos debe aportar cifras del orden del millón de dólares para que una familia con vocación rural explote un campo? ¿Qué pasa con la familia que tiene vocación panadera? ¿A ellos no se les puede ayudar a explotar su panadería? ¿El trabajo rural es más digno que el artesanal? ¿Quién lo dice? ¿O es que hay que poner todo en propiedad del Estado y entonces “ayudar” a todos a vivir su vida? Eso es algo que ya se probó en el mundo muchas veces con resultados siempre funestos, para todos. Si no me creen, pregunten a los cubanos de la calle a ver qué piensan; yo fui y pregunté 20 veces por día.