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"Una forma de mirar el discurso es decir que es una estrategia constante para cubrir la desnudez”, escribió Harold Pinter en un ensayo sobre su obra. Una pieza en la que las palabras aparecen con la simpleza del lenguaje cotidiano escondiendo (y dejando de manifiesto en el mismo acto) la complejidad de una realidad de miedos impronunciables. En esa frontera entre lo dicho y lo no dicho es en la que se sumerge Traición, la obra del inglés Harold Pinter, que se estrenó el jueves en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís y permanecerá en cartel hoy y mañana. La pieza del ganador del Nobel de Literatura en 2005, escrita en 1978, llega a las carteleras uruguayas con otro plus de interés: la actuación de Daniel Hendler, quien vuelve a las tablas montevideanas después del éxito logrado al otro lado del Río de la Plata.

La obra, que viene de haber estado en cartel en el teatro Picadero en Buenos Aires, cuenta con un equipo argentino: la adaptación es de Rafael Spregelburd, la dirección es de Ciro Zorzoli (Ars higiénica, Las criadas) y actúan junto al uruguayo Paola Krum, Diego Velázquez y Gabriel Urbani.

Traición reflexiona sobre la complejidad del engaño a partir de la relación entre Robert (Velázquez) y su mujer, Emma (Krum), quien mantiene una relación extramatrimonial durante siete años con Jerry (Hendler), el mejor amigo de su marido. La obra se estructura en retrospectiva desde el final del affaire hasta el comienzo de este. En tiempos en los que el espectador está acostumbrado a las narraciones con cronología inversa (todo un boom en el cine en los años 2000) puede que no sorprenda tanto su uso en Traición, pero el procedimiento, que en su momento fue novedoso, sigue resultando crucial. Los silencios y miradas (bien logrados en la puesta de Zorzoli) y este recurso temporal dejan al descubierto no solo las consecuencias de las decisiones de los personajes, sino también la circularidad de una traición cimentada en la incomunicación.

La puesta destaca por su escenografía de muebles móviles, que van acomodándose a los distintos espacios en los que se desarrolla la obra, y por su vestuario. Con respecto a lo actoral, en la representación que se hizo en Argentina varios medios alabaron la labor de Krum y Velázquez y criticaron la de Hendler, por considerarlo demasiado rígido en su papel. Lo cierto es que en la versión en el Teatro Solís se lo vio bastante suelto y su personaje aportó un toque de humor a la obra (muy bueno en la escena del restaurante), énfasis que puede ser discutible, pero que en tal caso atañe a la dirección de Zorzoli.

No obstante, sí es visible que las mejores escenas, las que logran mayor densidad dramática, son en las que participa Velázquez, entre las que destaca la que se encuentra junto Krum en una habitación de hotel en Venecia, donde ambos se sacan chispas. La química Krum-Hendler, en cambio, no funciona tan bien como la de Velázquez y cualquiera de ellos dos.

La puesta es disfrutable, pero si bien no debiera medirse el arte en términos económicos, lo cierto es que el principal escollo para recomendar esta obra es su precio. En un año en el que varias producciones extranjeras vinieron al país y en el que el propio Teatro Solís ofreció precios asequibles en varias de ellas, el que haya un valor único de las localidades a $ 900 resulta un tanto excesivo.
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