En diciembre de 2013 el Ballet Nacional del Sodre (BNS) bajó el telón del año con su maravillosa puesta del Hamlet ruso, como lo hizo tantas otras veces con otros espectáculos en sus casi 80 años de historia. Para el público, que desde que Julio Bocca asumió como director de la compañía lleva abarrotando el auditorio Adela Reta, ese telón solo significó una espera de unos meses hasta la próxima producción. Pero para los bailarines Francisco Carámbula y Mauricio Fernández la última función de ese espectáculo implicó el término de sus carreras, en un caso de forma satisfactoria y en el otro con tristeza.
Chamorro alude a una situación que involucra a alrededor de una veintena de exbailarines, que ingresaron en la época en la que en el Sodre existía la jubilación especial para estos artistas que entraron siendo funcionarios públicos. En la actualidad, los contratos son de un año y los sueldos de los bailarines surgen de un fideicomiso que los contrata en régimen privado. Este recibe los ingresos que se le asignan al Sodre más las ganancias producidas por la venta de localidades y espónsores, entre otras entradas. Aunque entre los bailarines consultados hay en general acuerdo de que los contratos anuales son mejores para el rendimiento, Chamorro denuncia que esto puede dar paso a que luego de un accidente como una quebradura a un bailarín no se le renueve el contrato, y cita un caso sucedido el año pasado.
El artículo 382 de la Ley 14.106 estableció a partir de 1973 la posibilidad de retiro para los bailarines con 20 años de servicio, que se derogó durante la dictadura. En 1994 se aprobó otra ley jubilatoria especial, pero fue por un lapso muy corto y con un mínimo de 25 años de trabajo.
“Estuvimos hablando con muchas autoridades para volver a tener la ley jubilatoria, porque las reglas del juego cuando entramos eran esas. Nosotros no somos muchos, primero que los sueldos son muy bajos o sea que si lo llevás a jubilación es poco y calculamos que se jubilaba un bailarín por año”, comenta Chamorro. El problema, continúa, es que los políticos no suelen querer comprometerse en esto porque temen que otras profesiones quieran “engancharse” al beneficio de la jubilación especial, aunque además del reducido número, esta “profesión no es muy comparable con otras”, sostiene la exbailarina.
En la actualidad, en cambio, hay un grupo de personas que si bien no se pueden jubilar, continúan cobrando un sueldo como funcionarios del Sodre, pero sin tener tarea alguna para realizar, pese a que tienen que ir a firmar asistencia a la institución todos los días, afirma Chamorro.
Mariel Odera, de 59 años, que fue primera bailarina del ballet y le dedicó al Sodre 30 años de danza, se encuentra en la misma situación. “Yo estoy a disponibilidad, pero no para limpiar el piso o ir a cocinarle a los bailarines. Actualmente hay una presión muy grande en la cual se nos quiere sacar porque somos un ‘mal ejemplo’ para las nuevas generaciones. Yo fui contratada para bailar e ingresé porque se jubilaron otras personas. Las condiciones de juego eran unas, no pueden cambiarlas de la noche a la mañana y de golpe ahora sos viejo”, manifiesta.
Tanto Chamorro como Odera expresan admiración por cómo se viene desarrollando el BNS en cuanto a su dimensión estética, pero dicen sentirse muy dolidas por la situación en la que se encuentran y por una carta que la Dirección Artística del Sodre les envió en febrero. En ella se les solicita que ya no vayan a firmar al auditorio sino a la administración, ubicada en la calle Sarandí, porque esto “no genera un buen clima de trabajo y ejemplo para los bailarines que están en actividad”.
“Si tu borras el pasado vas a cometer un gran error, porque somos un muy buen ejemplo para gente que ahora tiene zapatillas, trajes, maestros, tiene un teatro. Nosotros hacíamos clases con apagón. Y es lo que está faltando en las funciones, falta la emoción, esa emoción que te da el pasado”, sostiene Odera.
“Yo tengo una foja de servicio intachable, si yo no estaba por morir no faltaba al teatro, tuve familia y a los 15 días estaba entrenando. No puede ser un mal ejemplo una persona que fue primera bailarina”, añade Chamorro. “Pero hay muchos más ñoquis, y muchos que sí pueden trabajar porque no tienen como nosotros impedimentos físicos. Siguen contratando gente nueva y los técnicos los mandaron a la Nelly Goitiño que casi no tiene programación. (…) Bocca trae su gente, entonces habemos muchos que no tenemos cabida en el teatro”, comenta.
Chamorro espera que o se le dé la jubilación o se le asigne una tarea. “Me gusta la parte de asistencia, de coreografía, siempre tuve facilidad, me hubiera encantado que me hubieran llamado para eso”, añade.
Por su parte, Eduardo Ramírez, de 76 años, que ingresó al Sodre en 1957, es uno de los primeros bailarines más recordados de la institución y llegó a dirigir al cuerpo de baile, también aboga por una ley jubilatoria. “En Estados Unidos, llega un momento en que te dicen ‘adiós que te vaya bien’. Pero en nuestro país, donde no hay otras oportunidades (el BNS es la única compañía del país), es difícil hacer eso, o sea que tiene que haber una ley jubilatoria especial”.
Dos formas de terminar
Mauricio Fernández y Francisco Carámbula colgaron las zapatillas de baile en el mismo espectáculo, pero para ambos las realidades fueron muy diferentes.
Para Carámbula, de 39 años, la transición hacia una nueva vida fue un proceso natural y deseado, ya que en paralelo con el ballet estudió arquitectura, profesión a la que se dedica actualmente. “Siempre pensé que la danza era una carrera corta, tenía la necesidad de hacerlo porque me gustaba y quería sacarme las ganas. Se complicó mucho ahora cuando llegó Julio por que la exigencia es mucho mayor y por el horario. Aparte tuve un hijo. En mi caso no lo sufrí porque me fui a otra cosa que es vocacional también”, comenta en la habitación de su casa, que usa como escritorio de trabajo.
El bailarín que en Hamlet ruso encarnó a “El Favorito” destaca que el BNS “mejoró 100 %” desde la llegada de Bocca, en lo artístico y la manera de trabajar, además de que la compañía, considerada en la actualidad como una de las mejores de Sudamérica, “no tiene techo” mientras esté el argentino.
No obstante, destaca que un tema que no está resuelto es qué hacen los bailarines cuando se retiran, teniendo en cuenta que muchos no llegan a terminar el liceo y es poco el tiempo que les queda para estudiar. “Otra manera de resolverlo es que el sueldo sea mayor y puedas ahorrar previendo el dejar de bailar”. En la actualidad el salario de un bailarín ronda los $ 25.000.
Más allá de lo que se pueda lograr a futuro, Carámbula tiene en claro que el después depende en gran medida del individuo: “Lo más sano es pensar que la danza no es para siempre y que hay que formarse para tener armas cuando dejás de bailar”.
Fernández, de 28 años, coincide en que la compañía mejoró a todo nivel, incluyendo los sueldos, pero para él las cosas se dieron de manera muy diferente. Tras muchos tiempo trabajando como extra y luego de su ingreso a la compañía durante la gestión de Bocca, el año pasado no se le renovó el contrato. Fernández reconoce que su nivel era “regular”, pero sostiene que cuando empezaron a audicionar muy buenos bailarines extranjeros él quedó relegado, algo que se acentuó, comenta, porque mide 1.70 y Bocca prefiere a los bailarines altos.
El joven denuncia que no se le quiere pagar un despido y alega que la negativa de Bocca a que los bailarines se sindicalizaran lo ha dejado indefenso ante esta situación. Fernández dice además sentirse dolido porque 15 minutos después de comunicarle al argentino que iba a ser padre se le informó del fin de su contrato.
Fernández no terminó el liceo y en la actualidad está trabajando a prueba en ventas online para la empresa de unos amigos. “Tuve que, sin haberme preparado, salir a buscar lo primero que encontrara”. Respecto a volver a intentar un camino en la danza, teniendo en cuenta que baila desde los 12 años, Fernández no lo considera, al menos en el corto plazo. “No quise buscar porque me fui bastante triste y disgustado (…).Quiero dedicarme al mundo real. Es más justo”. Y agrega: “de saber que me iba a pasar esto hubiera estudiado algo en lo que tuviera más posibilidades”.
Ramírez, quien tiene edad para ser el abuelo de Fernández, cree que no hay que cerrar la puerta.
“El problema es que dejes de bailar y estés rencoroso. Podés proyectar lo que aprendiste a otros. La danza es algo mágico y puede ser para todas las edades”, comenta el exbailarín, quien continúa dando clases tras más de seis décadas dedicadas al ballet.
Uruguayos o extranjeros
Sofía Sajac es de la misma generación de Chamorro y es una de las exbailarinas que quedó trabajando en el staff de Bocca, donde se desempeña como Maestra Asistente del argentino. Pese a que ha tenido “etapas de extrañar” bailar, se siente colmada con lo que hizo y está muy contenta de una etapa que siente como un desafío aún mayor porque ya no solo vela por sí misma sino por todos los bailarines. “Veo millones de opciones. Me veo siempre relacionada al arte, la danza o el teatro y no me imagino haciendo otra cosa”, comenta.
No obstante, reconoce, es difícil para estos artistas imaginarse sin bailar. “El bailarín se sube al escenario y vive en un mundo de fantasía. Pero la realidad es otra. Es una carrera que es corta y no todo el mundo tiene la posibilidad de dar clases, ser director o coreógrafo.”
Este año el BNS comenzó a impartir talleres para los bailarines de la compañía con miras a ser coreógrafos, de los cuales fueron elegidos tres proyectos de uruguayos. En octubre se realizará una muestra.
La realidad es que son pocas las compañías en el mundo que tienen resuelta la transición de sus bailarines una vez que estos cuelgan las zapatillas. No obstante, según publicó la revista The Atlantic en un artículo reciente, compañías como el New York City Ballet y el American Ballet tienen alianzas con universidades y en Estados Unidos existe una entidad denominada Career Transition For Dancers dedicada a brindar ayuda a los exbailarines después de su retiro.
Si bien Fernández, Chamorro y Odera creen que hay que cuidar el tema de la cantidad de extranjeros que ingresan a la compañía, Sajac no está de acuerdo en que este sea el problema detrás de la falta de bailarines uruguayos.
“No hemos tenido los bailarines uruguayos con las condiciones necesarias para entrar en una compañía profesional. Yo soy uruguaya y soy la primera que pelea por ello. Creo que tiene que ver con un problema de formación (de la Escuela Nacional de Danza). Y son muy pocos en cantidad los que egresan. Antes teníamos concurso cada muchos años, seis años cuando entré yo. Ahora las audiciones son anuales. Incluso hemos llamado uruguayos de afuera por si quieren venir a audicionar. Hay un tema de formación que corregir, pero los frutos no los ves en dos años, sino en cinco, seis”. De acuerdo a Sajac en la actualidad 19 de las 32 mujeres de la compañía son uruguayas, mientras que de los 29 hombres, 14 nacieron en el país.
Con respecto a los bailarines que cobran sin trabajar, Sajac afirma: “Es horrible que un bailarín tenga que firmar e irse a la casa. Yo no estaría en esa situación, haría algo para no estar en ella. No voy a dar nombres, pero si puedo decir que cuando Julio asumió a determinados bailarines que estaban activos en la compañía él les ofreció para hacer roles o dar clases y no quisieron”.
Sentir el alma
Más allá de las complicaciones que puedan devenir con la elección de la danza como carrera, lo cierto es que para la mayoría de los bailarines es un camino que volverían a transitar.
“Extraño la libertad que tiene el escenario. Es un lugar donde te sentís en tu territorio, donde te expresás de una manera que es única”, comenta Sajac, quien no descarta volver a las tablas si le proponen algo interesante.
Odera, con dos operaciones de rodilla a cuestas, está intentando tener menos alumnos pero dejar del todo le asusta. “Si me preguntás ¿qué es lo que más querés? ¿Ser directora?¿Coreógrafa? La respuesta es bailarina”, sostiene.
Para Ramírez, que se realizó tres operaciones de cadera, no hay otra opción en su vida que la danza. “Siempre sentí el alma. Cuando salía al escenario yo levantaba el Sodre. Si alguna vez salís al escenario y la platea se levanta, no lo vas a olvidar nunca más en tu vida”, comenta.
No obstante, la transición no le costó tanto porque muchos años antes de dejar había comenzado a dar clases. “Eso me salvó del crash total. Pero aun hoy, con 76 años, tengo crash y muchas veces sueño que bailo”.