La vigencia del rock bailable en una banda moderna de verdad
Mucho de lo mejor del rock bailable de mediados de la primera década de este siglo tuvo que ver con Clap Your Hands Say Yeah, que además fue de las mejores apariciones en cuanto a bandas de guitarra estadounidenses en general en los últimos diez años.
Es probable que, concentrados en hacer música, los Clap your Hands Say Yeah no hayan pensado jamás en lo importante que son las primeras impresiones. Pero aún así, la suya fue una de las mejores: en 2005 editaron un disco homómino que con diferencia fue no solo lo mejor que salió ese año en cuanto a rock bailable, sino también lo más destacado en cuanto al rock de guitarras en general.
Al salir, el disco mareó a la crítica: que los nuevos Wilco pero más movedizos, que la resignificación definitiva del concepto musical de los Talking Heads... Lo cierto es que la pulsión musical de este quinteto de Brooklyn se acercaba, de una forma muy personal arraigada en el particular registro de voz de Alec Ounsworth, al concepto de la mejor banda de guitarras estadounidense surgida en los últimos diez años. En una atmósfera etérea y a la vez recargada, acústicas, samplers y eléctricas se cruzan en canciones-hechizo que, rematadas por esa voz casi femenina, tocan la fibra más honda y confortable del que escucha.
Es, como dijo en su momento la revista Pitchfork “una de las pocas veces en la que es cierto eso de que todas sus influencias están mezcladas en un sonido original y propio”. Y además, es un disco que, en paralelo pero superando a la filosidad y la divertida arrogancia de los escritores de las canciones que en esos años movían a la internet (Franz Ferdinand, The Rapture), también tenía otras cosas para decir. Sus músicos parecían paradójicamente más modernos que sus colegas, precisamente porque esto no era una parte fundamental de lo que mostraban.
Precisamente esa hipótesis de que el tema de las impresiones no sea algo fundamental en los Clap Your Hands sea una explicación a Some loud thunder: un segundo disco editado en 2007 que a primera vista cualquiera llamaría “experimental” y que, tres escuchas más tarde, termina siendo un experimiento de indie pero en el otro extremo, más ruidoso, cercano al noise y la new wave, difuso, y en definitiva, olvidable. A partir de ahí, una ausencia de cuatro años que hacía pensar en la desaparición de la banda, que no conquistó los espacios que otros grupos sí hicieron.
Lo que nos trae a este año y en concreto, a la semana pasada, es cuando fue lanzado Hysterical. El tercer disco arranca con toda esa pompa liviana y tan indie que vuelve a transportar a una dimensión bailable, mientras la voz de Ounsworth recupera su increíble capacidad de mecer la cabeza de quien escucha en forma casi automática.
Hay incluso geniales toques de épica en Same mistake, esa primera gran canción que abre el disco. Lentamente, a medida que la segunda se vuelve a una pulsión más rockera, el concepto se va aclarando: en ese decisivo paso que son los terceros discos –cuestión de números, ahí la cosa se pone 2 a 1, a favor o en contra– Clap Your Hands Say Yeah lo va consiguiendo. La nerviosa Maniac es una canción con personalidad propia y potencial de hit radial.
También es cierto que a partir de ahí, la cosa se pone un poco más cercana a The Cure, como por ejemplo en canciones como Into your alien arms y ahí, esa esencia tan preciada de ese primer Clap Your Hands se difumina una vez más. Aún así, Hysterical también puede inscribirse en los discos que este año revivieron ese astuto y transportador sonido de mediados de década pasada, y que devuelve a la vida al último arrebato dentro del mundo del rock que realmente valió la pena.