ver más

A los 13 años, Jennifer Nicholson no tenía un objetivo claro en su vida. ¿Y cómo iba a tenerlo? Corría el año 1976 y ella era una chica que entraba a la adolescencia en una pequeña ciudad del centro del Estado de California, en Estados Unidos, esas ciudades donde uno puede ponerse un pastito en la boca y ver pasar un arbusto rodando por la polvorienta calle principal. ¿Alguien puede tomar una decisión trascendental para su vida a esa edad y en esas circunstancias?

Lo único que sabía Jennifer era que le gustaban los caballos. “Todo lo que quería era andar a caballo”, cuenta ahora Nicholson, 38 años después, en Montevideo, con aquella misma pasión inicial.

Su familia la inscribió en la Riata Cowboy Girls School de Three Rivers, del lado californiano de las montañas de Nevada, una región del lejano oeste con paisaje marcado por las altísimas secuoyas.

Allí en Riata, bajo la batuta del creador de la escuela, Tom Maier, Nicholson logró el sueño de su existencia: convertirse en una cowgirl, una chica capaz de dominar con profesionalismo el lazo así como el caballo, y hacer de los números de destreza su forma de vida.

En 1979, Riata se volvió una institución dedicada al espectáculo de las cowgirls y Nicholson se sumó a la troupe casi circense que recorrió de punta a punta Estados Unidos con números de destreza en lazo y acrobacias sobre caballos. Así se construyó una carrera.

“Al principio, mis padres, que no tienen nada que ver con el mundo del rodeo, creían que lo mío sería una moda pasajera. Creo que a esta altura ya entendieron mi punto”, cuenta con amplia y luminosa sonrisa en la cara.

El tiempo pasó. Hoy Nicholson tiene 51 años y desde 2002, cuando murió Maier, es la responsable de Riata Ranch. Su cara, a pesar de mostrar el efecto de años de sol sobre la piel, posee la delicadeza que remarca el maquillaje y las pestañas con rímel.

Esta rubia flaca pero fornida tiene puesto un sombrero vaquero de ala ancha de fieltro negro, una camisa azul de cuello con rosas bordadas en hilo azul más oscuro, un pantalón vaquero de tiro alto y unas botas de cuero con diseños de estrellas. Jennifer está vestida para su espectáculo de cowgirl pero su autenticidad es difícilmente discutible.

Del anonimato a la fama

Desde sus inicios hasta el presente, Riata se transformó en una organización innovadora que aceptaba chicas jóvenes para que se ejercitaran en las masculinas técnicas del oeste más rústico, a fin de convertirse en un grupo artístico de tal relevancia como para llegar a actuar en el castillo de Windsor en 2012, en el mismísimo acto central del jubileo de la reina Isabel de Inglaterra, amante de los caballos, jineta ella misma y confesa admiradora del trabajo de las cowgirls.

O a presentarse en exclusiva en el espectáculo del entretiempo, cuando la National Football League (NFL) de Estados Unidos, a modo de exhibición, llevó uno de sus partidos al Camp Nou de Barcelona.

Nicholson llegó a Uruguay junto a su compañera Spencer Rose Litwack, también oriunda de un pueblito del valle central de California. “I wish they all could be California girls...”, cantaban los Beach Boys, y esa canción resuena en los oídos al escuchar a Spencer contar su historia.

Hoy tiene 23 años, cuerpo robusto que sobrepasa los 1,80 metros de altura, pelo castaño y ojos verdes remarcados por una línea negra sobre el párpado.

Spencer tiene una historia similar a la de Nicholson, con la diferencia de que cuando empezó en Riata a los 12 años le tenía mucho miedo a los caballos.

Spencer confiesa que a esa edad se preguntaba qué podía hacerla feliz. “Era algo que realmente tenía que saber”, cuenta la jineta y experta en lazo, que llegó a Montevideo para participar de tres presentaciones públicas en la Expo Prado con sus destrezas.

En esta oportunidad, no van a realizar pruebas a caballo, ya que no tuvieron tiempo de trabajar y practicar con animales aquí.

Volviendo a la felicidad, cuando tenía 14 años realizó una gira por Australia y una foto de ella salió en la portada de un diario de ese país. “Nunca había visto mi cara con una sonrisa así. Supe que debía seguir con esto”, dice Spencer, y aunque suene a un documental promocional o al testimonio de un reality, la chica de mirada transparente solo está contando su forma de ver su vida y el mundo.

Tan bien le fue en su carrera, que la contrataron para que integrara el elenco del show Cavalia, el mayor espectáculo equino del mundo.

Spencer Rose es un fiel producto de las técnicas de entrenamiento de Nicholson, quien la considera su mejor artista.

La chica narra sus experiencias como alumna del Riata Ranch, donde pasó meses que se transformaron en años practicando con el lazo. Primero afinando la forma en que se debe girar la cuerda, donde puede demorar meses lograr solo completar un giro. Luego sopesando el movimiento de las muñecas (la base del arte del lazo), más el peso en los codos y luego en los músculos de los miembros superiores.

Después de ese escalón “operativo”, viene la coordinación con el resto del cuerpo, que se pone en juego en las pruebas.

Spencer, con un campera de jean gastada y con apliques de diamantes fantasía, vaqueros de rigor y botas del mismo cuero que Jennifer, explica sus experiencias con el lazo.

“La prueba más difícil a nivel técnico es el double Texas Tommy, que son dos saltos dentro del aro del lazo. Pero la tengo muy incorporada. Pero siento muchos más nervios en el gran final, cuando hago otra prueba llamada Texas skip”, dice Spencer.

Respeto ante todo

Nicholson explica que las dificultades de trabajar en un mundo eminentemente masculino tiene sus complejidades, a pesar de que ha cambiado un poco desde la década de 1970.

“Todavía es un ambiente muy macho-man. Hay que saber manejarse como mujer dentro de un espacio que es y ha sido siempre de hombres”, dice la experiente jineta.

Para resumir su postura, Nicholson lo expresa en una especie de eslogan que repite una y otra vez en Riata Ranch: “Respect in the arena, respect in the barn”, o sea “respeto en la pista y respeto en el establo”.

Eso significa que, más allá de sus trajes vistosos (en EEUU es muy común que las chicas actúen en ajustados trajes con la bandera de barras y estrellas) y sus movimientos provocativos, el show termina cuando culminan sus rutinas en la arena de la cancha de los rodeos.

El público uruguayo tiene la oportunidad de admirar hoy y mañana a estas mujeres bravas del oeste yanqui, que mezclan la fuerza de los lazos de apresar ganado con la gracia y la plasticidad de sus coreografías femeninas.

Son chicas vaqueras. Orgullosas y talentosas. Delicadas y de dar la mano fuerte.

Seguí leyendo